Capítulo 316
Lucas sintió una descarga de adrenalina y condujo con premura al hotel. Anaís había seleccionado la suite de Efraín, consiguiendo de Lucas los privilegios necesarios para que Lucía aguardara en el dormitorio. La joven temblaba de nerviosismo, temerosa de que quien llegara fuese un hombre desagradable. En realidad, su situación económica era tan apremiante que de no ser por esta oportunidad, pronto se entregaría a cualquier otro; sin embargo, Anaís había mostrado considerable generosidad. Inspiró profundamente mientras un destello de determinación cruzaba su mirada. Si el hombre resultaba presentable, estaba decidida a aprovechar esta oportunidad al máximo.
En la sala de estar, Anaís había creado una atmósfera íntima. Apagó las luces principales dejando solo una lámpara de ambiente y perfumó la habitación con aquella fragancia cítrica que Irene le había confirmado era la preferida de la difunta señorita Córdoba. El sonido de una silla de ruedas se percibió desde el pasillo, provocando que Anaís se incorporara de inmediato.
Efraín, sentado en la silla de ruedas, golpeó suavemente la puerta entreabierta. Maniobró hacia el interior, captando el aroma del perfume. La iluminación era tan tenue que apenas distinguía una silueta borrosa. Ella se aproximó, cerró la puerta y se colocó detrás para empujar la silla.
-¿Tú…?
El ambiente oscuro y la fragancia en el aire dificultaban mantener la mente clara. Anaís, a sus espaldas, inclinó sutilmente la cabeza.
-Señor Lobos, está todo preparado.
Los dedos de Efraín se contrajeron bruscamente sobre el reposabrazos.
-¿Preparado?
Anaís curvó sus labios, acercando su aliento al oído de él.
-Sí, le va a fascinar lo que tengo para usted.
Las pestañas de Efraín vibraron repetidamente mientras su mano se tensaba y relajaba en un
ciclo constante.
Anaís lo condujo hasta el dormitorio, completamente a oscuras. Colocó sus manos sobre los ojos de Efraín.
-Le he preparado algo muy especial.
Había oscurecido deliberadamente la habitación para avivar sus anhelos más profundos. Cuando viera el rostro de la chica, quedaría completamente cautivado.
Al pronunciar estas palabras, Efraín elevó su mano, cubriendo con sus fríos dedos el dorso de la mano de Anaís. Ella, al sentir esa frescura sobre sus párpados, se estremeció ligeramente.
Aquella mano firme transitó de la frialdad a una calidez que se transmitió a través de su piel. Se sintió momentáneamente desconcertada, pero recordó su objetivo y contuvo su reacción.
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-Señor Lobos, cuando retire mis manos de sus ojos, encenderé la luz. ¿Está listo?
-Sí.
Aunque solía pronunciar esta palabra con frecuencia, esta vez su voz revelaba un tono de genuina alegría.
Anaís, al percibirlo tan complacido, experimentó un destello de orgullo. Parecía que su obsequio había logrado conmover profundamente su corazón.
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