Capítulo 320
Anaís observó la espalda de Renato mientras se alejaba, mordiéndose el labio con frustración. Su plan meticuloso, las propuestas que había elaborado durante la noche entera, todo parecía desmoronarse ante sus ojos. Ni siquiera se había dignado a mirar el documento que con tanto esmero había preparado.
“¿Qué pudo haber salido mal? Renato siempre fue leal a papá“, pensó mientras apretaba el folder entre sus manos. Decidida a intentarlo una vez más, corrió hacia el vehículo donde Renato ya se disponía a marcharse.
-Renato, por favor, solo cinco minutos…
El motor rugió como respuesta. Renato pisó el acelerador y el auto se alejó levantando una pequeña nube de polvo, dejándola con la palabra en la boca y la propuesta en la mano.
Anaís inhaló profundamente, recomponiéndose con rapidez. En un movimiento decidido, se dirigió a su propio vehículo para seguir al ejecutivo. No podía darse el lujo de rendirse tan fácilmente.
Renato condujo directamente hacia las oficinas del Grupo Villagra. Durante la noche había preparado meticulosamente el contrato de venta de acciones, decidido a concretar el trato
cuanto antes.
Al presenciar la determinación inquebrantable en cada movimiento de Renato, Anaís comprendió que sus esfuerzos serían en vano. La decisión estaba tomada.
Valerio no había llegado aún a la oficina, así que Renato esperaba impaciente en la sala de reuniones mientras recogía sus pertenencias personales. En cuanto firmara el acuerdo, abandonaría la empresa para siempre. El patrimonio acumulado durante años de trabajo le permitiría vivir cómodamente sin tener que arriesgar lo más valioso: su vida.
Anaís, reconociendo la futilidad de insistir por ese camino, optó por buscar alternativas. Respiró hondo para calmar sus nervios y se dirigió al despacho de Raúl.
Al verla entrar, Raúl se levantó de inmediato. La preocupación se reflejaba en cada línea de su rostro mientras tomaba la muñeca de Anaís con ansiedad.
-¿Y ahora qué hacemos? Se nos acaban las opciones.
Su pulso acelerado delataba el temor que lo consumía. Si Valerio tomaba control de la empresa, sería una traición imperdonable a la memoria de Héctor, a su legado y al trabajo de toda una vida.
Anaís posó su mano sobre la de él en un gesto tranquilizador.
-La salida a bolsa en Estados Unidos normalmente toma entre doce y dieciocho meses, pero papá ya había avanzado bastante con los preparativos. Tal vez podríamos acelerar el proceso.
Si conseguían que la empresa cotizara en la bolsa, podrían atraer inversiones significativas que diluirían el poder accionario de Valerio dentro del grupo.
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Pero el proceso requería asociarse con un banco de inversión y comprometer cien mil millones como mínimo. El Grupo Villagra operaba ya con números rojos y, aunque Anaís vendiera todas sus propiedades, el flujo de efectivo seguiría siendo insuficiente.
Además, cualquier escándalo durante el proceso de salida a bolsa sería catastrófico para la operación. Ambas condiciones parecían imposibles de cumplir, especialmente con los recientes dramas familiares que habían salpicado el apellido Villagra.
Respiró profundamente, sintiendo cómo esa alternativa también se desvanecía entre sus dedos. No podía simplemente eliminar a Valerio de la ecuación.
Aunque se esforzaba por mostrar seguridad ante Raúl, internamente las dudas la carcomían.
-Anaís, no sé qué más hacer…
El rostro de Raúl había perdido todo color, su mente incapaz de concebir solución alguna ante la inminente catástrofe.
Anaís bajó la mirada momentáneamente antes de preguntar:
-¿Emilio está en algún hospital psiquiátrico?
-No, Valerio lo mantiene encerrado en una habitación privada.
Era comprensible. Valerio solo tenía un hijo; jamás lo enviaría a una institución mental, sin importar las circunstancias.
Anaís apoyó su mano en el hombro de Raúl con firmeza.
-Eres el presidente, no puedes mostrar debilidad ahora. Yo me encargaré de resolver esto. Tú concéntrate en estudiar cada documento hasta que los domines completamente.
Los ojos de Raúl se humedecieron instantáneamente. Quería desplomarse, liberar toda la tensión acumulada, pero el temor a decepcionar a Anaís lo contuvo. Simplemente asintió, apretando los labios para contener la emoción.
Anaís regresó a la sala de reuniones donde Renato continuaba aguardando la llegada de Valerio. Una vez que se firmara aquel contrato, no habría vuelta atrás.
Preguntó discretamente sobre el paradero de Valerio y le informaron que estaba en camino a las oficinas. Sin perder tiempo, bajó al estacionamiento, subió a su automóvil y partió con un nuevo objetivo en mente: encontrar a la amante de Valerio.
La vida privada de estos ejecutivos rara vez era inmaculada; simplemente eran expertos en ocultar sus indiscreciones. La mayoría de estos hombres, tras alcanzar cierto nivel de riqueza, comenzaban a despreciar a las esposas que los habían acompañado desde los inicios, reemplazándolas con múltiples amantes que mantenían en secreto.
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