Capítulo 324
Anaís permaneció en silencio frente a su teléfono. La vorágine de trabajo de los últimos días la había absorbido por completo, dejándola sin tiempo para atender otras cuestiones. La idea de terminar la relación cruzaba nuevamente por su mente, pero cada vez que recordaba aquel momento en que Z estuvo al borde del precipicio, algo dentro de ella se ablandaba irremediablemente. Sin embargo, la realidad era que ahora tenía asuntos urgentes que resolver y no disponía del tiempo ni la energía para consolarlo. La experiencia le había enseñado que cada episodio dramático con él la dejaba completamente agotada hasta el día siguiente.
Miraba fijamente la pantalla con los párpados entrecerrados, incapaz de redactar el mensaje que pondría fin a todo, cuando otro texto de Z apareció ante sus ojos.
[No puedo renunciar a ti. Sé perfectamente que siempre estás considerando terminar lo nuestro, pero me resulta imposible dejarte ir. Te extraño tanto que duele. Necesito verte todos los días. No tienes idea del sufrimiento que estoy atravesando en este momento.]
Los párpados de Anaís temblaron con intensidad mientras una oleada de culpa la invadía repentinamente. Sentía como si cada palabra hubiera impactado directamente en su punto más vulnerable, provocándole un profundo remordimiento. No sabía si respondía a algún tipo de instinto femenino, esa tendencia innata a sentir compasión cuando su pareja mostraba tal nivel de vulnerabilidad. Y después de todo, él no había cometido ninguna falta.
Frunció ligeramente los labios mientras escribía su respuesta.
[También te extraño, pero estos días han sido una locura de trabajo. Cuando termine con todo esto, podrás tener toda mi atención, ¿te parece?]
Para su sorpresa, él se tranquilizó inmediatamente, respondiendo sin demora.
[Confío en ti, no te preocupes.]
El corazón de Anaís se ablandó al instante. Siempre había preferido la gentileza sobre la dureza, así que incluso esbozó una pequeña sonrisa mientras le enviaba un emoticono de corazón como respuesta.
Al dejar el teléfono, su mente regresó inevitablemente al problema de los terrenos. ¿Debería buscar a Samuel? La sola idea de enfrentar su mirada glacial la hacía preferir mil veces hablar con Efraín; al menos con él tenía la certeza de salir con vida del encuentro.
Sin pensarlo más, tomó las llaves y condujo directamente hacia Bahía de las Palmeras. Esperó pacientemente hasta que, ya entrada la medianoche, divisó a lo lejos los faros del auto de Efraín aproximándose. Con determinación, se plantó en medio del camino para forzarlo a detenerse y se acercó rápidamente a la ventanilla.
-Señor Lobos.
En cuanto pronunció estas palabras, la ventana descendió con parsimonia, revelando apenas un perfil severo e impasible.
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Capítulo 324
La mirada de Efraín permanecía fija en unos documentos sobre sus rodillas y su voz sonó perturbadoramente tranquila.
-Anaís, ¿realmente crees que soy incapaz de enfadarme?
El corazón de Anaís dio un vuelco mientras presionaba los labios, intentando articular alguna respuesta, pero en ese momento él giró la cabeza para mirarla directamente.
Su mirada reflejaba tal frialdad que parecía querer congelarla en el sitio, como si cada segundo bajo su escrutinio la convirtiera gradualmente en piedra.
Anaís quedó completamente paralizada. Ahora comprendía con absoluta certeza que su decisión de buscar una sustituta había enfurecido a Efraín, quien siempre se había mostrado impecablemente cortés con ella.
Permaneció inmóvil, observando cómo el vehículo se deslizaba lentamente tras las imponentes puertas de hierro, mientras un intenso arrepentimiento la invadía por completo.
“La verdadera amada de Efraín murió hace años y él jamás buscó a otra mujer. Incluso visita su tumba regularmente. Su amor trasciende cualquier definición convencional. Buscar una sustituta fue insultar la profundidad de su fidelidad.”
Con súbita desesperación, extrajo su teléfono del bolsillo y marcó su número.
La llamada sonó insistentemente sobre la mesa de Efraín, pero él no hizo ademán alguno de
contestar.
Determinada a ofrecer una sincera disculpa, Anaís decidió permanecer fuera de Bahía de las Palmeras, dispuesta a esperar el tiempo necesario hasta que Efraín se calmara lo suficiente para escucharla.
A las tres de la madrugada, Efraín consultó con el guardia de seguridad y confirmó que Anaís continuaba allí, erguida como un asta de bandera, manteniendo su postura firme en la intemperie.
Bajó lentamente los párpados al escuchar esta información, sin mostrar la más mínima reacción externa ante la noticia.
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