Capítulo 326
Roberto se quedó paralizado ante la pregunta de Anaís, su rostro perdiendo todo rastro de color. Un silencio pesado se instaló entre ambos mientras la nieve caía suavemente a su alrededor, depositándose sobre sus hombros con delicadeza.
Anaís recogió la ropa del suelo y se la lanzó sin contemplaciones.
-Esa ropa cuesta una fortuna. Aprende a cuidar lo que tienes; todo lo que gastas ahora es dinero de los Lobos. Ni siquiera has comenzado a generar ingresos propios.
Las palabras golpearon a Roberto con dureza, borrando cualquier vestigio de dignidad en su semblante. Cabizbajo, abrazó las prendas contra su pecho como si fueran lo único que le quedaba. Al abrir la puerta de su coche, sus ojos brillaban con humedad contenida.
-Anaís, ¿quién es ese novio tuyo? ¿Puedo conocerlo?
Roberto necesitaba entender dónde había fallado. Por muy inútil que fuera, ¿cómo podía valer menos que un simple empleado?
Anaís cerró los ojos con determinación absoluta.
-¿Para qué quieres verlo? No le gusta andar socializando.
“¿Un empleado antisocial? Seguro que es horriblemente feo y tiene miedo de avergonzar a Anaís frente a otros,” pensó Roberto con amarga satisfacción.
Después de todo, Anaís siempre había estado rodeada de hombres apuestos. Incluso su hermano Raúl era extraordinariamente atractivo. Roberto subió al coche y cerró la puerta con
violencia.
“Ya verás, voy a descubrir quién es ese tipejo insignificante.”
Tras la partida de Roberto, Anaís permaneció inmóvil bajo la nieve hasta las nueve de la noche, cuando finalmente apareció el vehículo de Efraín. Esta vez ni siquiera intentó llamar su atención, asumiendo que seguiría molesto con ella.
Para su sorpresa, el coche se detuvo justo frente a ella. La ventanilla descendió ligeramente y una voz grave emergió del interior.
-Sube.
Anaís quedó momentáneamente desconcertada. Tardó unos segundos en reaccionar antes de abrir la puerta y deslizarse dentro del vehículo.
Todo su cuerpo temblaba de frío, pero el calor que emanaba del interior la hizo estremecerse mientras frotaba sus manos entumecidas. Efraín mantenía la mirada fija en los documentos sobre sus rodillas, evitando cualquier contacto visual con ella.
Anaís observó disimuladamente las profundas ojeras que enmarcaban sus ojos. Aunque no disminuían la belleza de sus facciones, le conferían un aspecto agotado, casi vulnerable.
20.02
Capítulo 326
El vehículo avanzó hasta la residencia principal de Bahía de las Palmeras. Anaís descendió primero, apresurándose para abrirle la puerta a Efraín. Cuando lo acompañaron al estudio, él mantuvo un silencio impenetrable, y ella no encontraba palabras para romper esa barrera
invisible.
Se sentó a su lado, organizando documentos en completo silencio hasta que Lucas entró con un frasco de medicamento.
-Señor, aquí está la medicina que trajeron del extranjero durante la noche.
Efraín asintió levemente, tomó el frasco y con un vaso de agua ingirió una pastilla sin
comentario alguno.
“¿Será para el insomnio? Pero no parece un somnífero convencional,” pensó Anaís, intrigada por la situación.
Se levantó rápidamente y siguió a Lucas fuera del estudio, deteniéndolo en el pasillo con urgencia.
-Martínez, ¿ese medicamento es para el insomnio?
Lucas la miró con frialdad absoluta mientras apartaba su mano.
-No es de su incumbencia, señorita Villagra.
Anaís, consciente de su responsabilidad en la situación, insistió.
-¿El insomnio del presidente ha empeorado?
Lucas soltó una risa cargada de desdén.
-Gracias a sus detalladas atenciones, señorita Villagra.
Anaís sintió una punzada de culpabilidad atravesarla. Seguramente al ver el rostro de su verdadero amor, Efraín había quedado tan perturbado que el sueño lo abandonaba por completo.
Mordió su labio inferior, devastada por la situación. A pesar de todo, Efraín nunca la había recriminado por lo sucedido; al contrario, era ella quien seguía obsesionada con los acontecimientos de la isla.
Respiró profundamente para calmarse.
-En el pueblo de mi padre hay un curandero extraordinario. Me gustaría llevar al presidente para que lo consulte.
-Señorita Villagra, no es necesario. Ya no confío en usted.
Anaís se sonrojó intensamente, bajando la mirada avergonzada.
-Raúl dice que antes de cumplir ocho años yo era extremadamente enfermiza. Casi nadie me vio en esa época, pero después de visitar el pueblo de mi padre y consultar a ese curandero, me recuperé por completo.
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Capitulo 326
-Así que, señorita Villagra, ni siquiera tiene certeza, pero pretende que el presidente desperdicie su tiempo. ¿Sabe cuánto dinero puede generar en tan solo un minuto?
Anaís quedó sin argumentos. No había considerado las implicaciones.
-Entonces iré personalmente al pueblo a preparar el medicamento.
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