Capítulo 327
-Tengo que irme -anunció Anaís alejándose rápidamente de Bahía de las Palmeras. Necesitaba encontrar a Raúl; su mente estaba centrada en una sola misión.
Los recuerdos de su vida pasada eran escasos, y lo poco que sabía sobre medicina tradicional provenía de una conversación casual con su hermano. Al llegar a la villa de Raúl, lo encontró sumido en un profundo sueño sobre el sofá, rodeado por montañas de documentos que parecían haberlo vencido en algún momento de la noche. Anaís contempló su rostro, todavía con rasgos juveniles, y una punzada de culpa la atravesó al preguntarse si había sido justo empujarlo a semejante responsabilidad. Pero Héctor, en vida, siempre mostró una preocupación especial por su hijo, y ella había jurado no adueñarse de nada perteneciente a los Villagra. No podía, tras la muerte de Héctor, ocupar la posición de presidente.
Desde que recuperó la consciencia, Anaís nunca había logrado sentirse parte de aquella familia, aunque sabía que le debía respeto a Héctor como figura paterna. Se acercó y con suavidad tocó la mejilla de Raúl.
-Raúl, despierta.
El joven abrió los ojos lentamente, revelando una mirada inyectada en sangre por el cansancio acumulado.
-Anaís.
Ella tomó asiento junto a él, observando con preocupación su evidente agotamiento.
-Me contaste que antes de cumplir ocho años yo era muy enfermiza y casi no me veías. Luego fuimos al pueblo de papá con un médico tradicional y mejoré notablemente, ¿cierto?
Raúl asintió, recordando vagamente haber mencionado aquello en alguna ocasión.
-¿Recuerdas dónde estaba ese médico? Necesito ir personalmente a buscar algo que ayude al presidente Lobos con su insomnio.
“¿Señor Lobos?” Raúl creyó haber escuchado mal. ¿No era Efraín el hombre que su hermana más detestaba en el mundo?
-Parece que el terreno de la familia Villagra tiene problemas, y Efraín conoce la verdad del asunto–explicó Anaís, evitando entrar en detalles.
-Anaís, tu memoria sigue fragmentada. No recuerdas dónde queda el pueblo de papá ni conoces esa zona. Mejor déjame ir a mí.
Raúl bajó la mirada con un dejo de frustración en su voz.
-Honestamente, ya me aprendí estos documentos de memoria. Quedarme en San Fernando del Sol no sirve de mucho. Permíteme hacer esto, al menos así no me sentiré como un completo inútil.
A sus diecinueve años, había sido catapultado a una posición que lo llenaba de inseguridad.
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Capitulo 327
Temía constantemente convertirse en una carga para Anaís.
Ella, al notar su rostro exhausto pero decidido, le dio una palmada afectuosa en la cabeza.
-Está bien, te lo encargo. Vuelve en tres días, ¿vale?
Una chispa de ilusión iluminó la mirada cansada de Raúl, quien sonrió con renovada energía.
-Cumpliré esta misión con éxito, no te preocupes.
Anaís, al verlo tan resuelto, sintió un alivio inesperado. En ese preciso instante, su teléfono vibró con una llamada entrante de Fabiana, a quien puso al tanto de la situación.
Sorprendentemente, Fabiana conocía el lugar.
-La casa antigua de tu padre está en San Pedro del Valle, un pueblito bastante apartado.
Anaís no conservaba ningún recuerdo al respecto, pero seguramente le había mencionado algo a Fabiana en el pasado.
-Raúl me tiene impresionada -confesó Anaís con una sonrisa genuina-. Ha madurado mucho más rápido de lo que imaginaba.
Ansioso por tranquilizar a su hermana, Raúl comenzó a preparar su equipaje esa misma noche para partir cuanto antes. Jamás esperó encontrarse con Fabiana en la entrada del peaje a la mañana siguiente.
La había visto en ocasiones anteriores; era una persona cercana a Anaís. En aquel entonces, los sentimientos de Raúl hacia su hermana eran complicados, y su interacción se limitaba a peticiones culinarias en lugar de verdaderas conversaciones, ya que Anaís parecía siempre demasiado ocupada para prestarle atención. Con el tiempo, aquellas solicitudes para cocinar se convirtieron en uno de los pocos momentos donde podían verse.
Fabiana agitó el brazo para detener su vehículo.
-Raúl, hablé con Anaís y sé que vas a San Pedro del Valle. Qué coincidencia, yo también necesito ir. ¿Podrías llevarme?
Raúl, quien en el fondo era un joven algo arrogante, normalmente evitaba las conversaciones con desconocidos. Sin embargo, tratándose de una amiga de Anaís, no dudó un segundo en abrir la puerta del pasajero.
-Sube.
Fabiana dibujó una sonrisa en su rostro mientras un destello sombrío cruzaba fugazmente por sus ojos, y se deslizó al interior del automóvil.