Capítulo 332
-Señor Lobos, no se preocupe, todavía queda medicina en la olla. Voy a traerla de inmediato.
A pesar del intenso dolor que pulsaba en el dorso de su mano, Anaís decidió ignorarlo. Antes de que pudiera dar media vuelta para dirigirse a la cocina, Sofía se interpuso bruscamente en su camino.
-¡Ni se te ocurra! ¡Yo me encargo! ¡Tus manos solo contaminarían la vajilla de esta casa!
El empujón hizo que Anaís retrocediera varios pasos. Cuando por fin recuperó el equilibrio, Sofía ya había desaparecido en la cocina. Ella rozó suavemente la quemadura en su mano mientras permanecía inmóvil. Por el rabillo del ojo observó a Efraín, cuya mirada estaba fija en la entrada de la cocina. No supo discernir si su distracción era genuina o si realmente temía que Sofía pudiera lastimarse.
“Efraín realmente se preocupa mucho por ella“, pensó.
Anaís bajó la mirada, y en ese preciso instante, la voz de él rompió el silencio.
-¿Te duele?
La pregunta la tomó por sorpresa. Sintió que algo se atoraba en su garganta mientras se apresuraba a responder.
-No duele nada, señor Lobos. De verdad, lo siento muchísimo.
Sofía tenía razón al fin y al cabo. Después de todos los errores que había cometido, ¿con qué cara se atrevía a presentarse ante Efraín?
Efraín levantó la mirada, examinando su rostro. Tenía facciones delicadas que, en ese momento, reflejaban una mezcla de culpa y vergüenza. La punta de su nariz estaba ligeramente enrojecida y sus largas pestañas proyectaban sombras sobre sus mejillas. Rápidamente desvió la mirada y habló con tono indiferente.
-La familia Villagra tiene un terreno con un río subterráneo. No es adecuado para construir, pero esto solo lo sabemos Samu y yo. Por eso, cuando la familia Córdoba solicitó otros terrenos de alrededor, no pidió esa parte.
El rostro de Anaís se iluminó con asombro. Sin pensarlo, se arrodilló frente a la silla de Efraín.
-¡Señor Lobos, muchas gracias!
El brillo en sus ojos eclipsaba a las estrellas del firmamento. Efraín sintió como si ese resplandor lo quemara y apartó la mirada.
-Mm.
La emoción hizo que el corazón de Anaís latiera desbocado. El terreno del río subterráneo carecía de valor real. Los demás competidores, creyendo que la familia Córdoba lo reclamaría todo, no habían pujado por esa parcela, intentando ganarse su favor. Sin embargo, al no comprarlo la familia Córdoba, Héctor había resultado beneficiado con su oferta. Ahora que el
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Capitulo 332
secreto del río subterráneo seguía oculto para los demás, todavía tenía la oportunidad de encontrar a alguien ingenuo.
Su mente se dirigió inmediatamente hacia Valerio Madariaga. Él ya había mostrado intenciones hostiles contra la familia Villagra, y nadie sabía con qué empresa estaba aliado. Siendo así, encontrar a un incauto no representaría mayor dificultad.
Sonrió, contemplando con sinceridad el perfil de Efraín.
-¡Cuando resuelva este asunto, te invitaré a cenar sin falta!
-Mm.
Efraín continuaba mirando hacia otro lado, sin añadir nada más.
Anaís sintió un repentino arrepentimiento por aquella absurda decisión de buscar un reemplazo. No había medido el daño que podría causar; era prácticamente una profanación de sus sentimientos. Pero prefirió no mencionar más el tema para evitar incomodidades entre ambos.
Rápidamente encontró una excusa para marcharse, no sin antes contactar a Irene Moreno para coordinar la liberación de Valerio en dos días.
Efraín permaneció solo en la sala, envuelto en un viento cargado de soledad, hasta que Sofía reapareció con el remedio, hablando con desprecio.
-¿Ya se fue? Era de esperarse. En cuanto consigue lo que quiere, desaparece sin pensarlo dos veces. ¡Así es ella! Efraín, no puedes ser tan blando, ¡te está usando!
Efraín observó el tazón con la medicina perfectamente preparada. Era evidente el esmero que había puesto en su elaboración.
Bajó la mirada y bebió todo el contenido de un solo trago.
Sofía se mostró ansiosa, aferrándose a su brazo.
-Efraín, deberías odiarla.
Efraín depositó lentamente el tazón vacío.
-Es verdad, es detestable.
Cuando está en problemas busca a alguien más; sin problemas, busca a Anaís. Siempre había sido así.
Pero ella no tenía la culpa, simplemente no era capaz de amar.
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