Capítulo 333
Al regresar a casa, Anaís se sumergió en una exhaustiva investigación sobre los contactos de Valerio, descubriendo una conexión que la dejó completamente sorprendida. Durante el tiempo que Héctor vivía, Valerio había anhelado el control absoluto de la empresa, pero su limitada participación accionaria lo obligaba a sustentarse únicamente en su veteranía y experiencia profesional.
Fue su alianza con Fondo Luminoso lo que transformó radicalmente su actitud, dotándolo de una confianza inusitada. Esta empresa, originalmente sin ningún vínculo con el Grupo Villagra, había decidido apoyar a Valerio por un motivo inesperado: Anaís, cinco años atrás, había ofendido accidentalmente al hijo del propietario, quien desde entonces guardaba un profundo
rencor hacia ella.
Al llegar a este punto de su investigación, Anaís sintió una tremenda frustración. No lograba identificar a ese “gran señor” que tanto la detestaba. Profundizando en sus averiguaciones, finalmente descubrió un nombre: Gabriel Ramos.
Meditó sobre aquel nombre tratando de ubicarlo en sus recuerdos, pero al no conseguirlo, decidió llamar a Irene, quien ahora fungía como su enciclopedia personal.
-¿Gabriel? ¿El dueño de Fondo Luminoso? Si mal no recuerdo, perdió un ojo hace tiempo y desde entonces casi no se deja ver en público.
“¿Perdió un ojo? ¿Podría tener algo que ver conmigo?“, pensó intrigada.
-Irene, ¿yo tuve algo que ver con que quedara tuerto?
-Nunca escuché algo así. Lo que todo San Fernando del Sol comenta sobre ti es que te volviste la mano derecha de Roberto Lobos. Fuera de eso, mantienes un perfil bajísimo y rara vez apareces en público, solo te involucras en asuntos relacionados con Roberto.
Irene se sirvió una copa de vino mientras continuaba reflexionando.
-Aunque Gabriel es un tipo bastante perturbado y muy duro. Ha lastimado a muchísimas chicas jóvenes. ¿Recuerdas aquel rumor? Antes andaba obsesionado con Bárbara Villagra y varias veces proclamó públicamente que la conquistaría, pero después perdió el ojo de repente. Ya era un tipo sombrío de por sí, y ahora debe ser mucho peor.
Anaís decidió no enredarse con fantasmas del pasado. Si Gabriel estaba atacando a la familia Villagra, ella tenía todo el derecho de contraatacar.
Mientras tanto, después del aterrador encuentro con Fabiana Illanes, Bárbara había estado deambulando sin rumbo por las calles durante varios días.
A pesar de estar internada en un hospital psiquiátrico, el personal había dejado de prestarle atención desde que perdió el respaldo familiar. Aunque desapareciera por una semana completa, probablemente nadie la buscaría, pues la familia Villagra había pagado por
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adelantado una década de tratamiento.
Caminaba por la acera cuando repentinamente un automóvil se detuvo junto a ella. Desde el interior, una voz sombría pronunció su nombre.
-¿Bárbara?
El miedo había transformado a Bárbara en alguien extremadamente temeroso que percibía amenazas en todas partes. Al escuchar aquella voz, su instinto inmediato fue escapar, pero una mano surgió del vehículo, la sujetó con fuerza y la arrastró hacia el interior.
-¡Suéltame! ¡Déjame ir!
Al levantar la mirada, se encontró con un ojo de vidrio, carente de brillo pero inquietantemente hermoso. Desconcertada, no lograba reconocer al hombre. Se apartó bruscamente de su abrazo y se acurrucó temblorosa en la esquina del asiento.
-¿Ya no me reconoces? -preguntó Gabriel arqueando una ceja mientras soltaba una carcajada fría.
-No, de verdad no sé quién eres -respondió Bárbara con el rostro completamente pálido.
Gabriel extrajo súbitamente un cuchillo, la jaló hacia él y colocó el filo metálico sobre su cuello. -¿En serio no me reconoces? ¿O sólo estás fingiendo?
Bárbara recordó a Efraín, ese demonio, ese monstruo, y el terror la llevó al borde del desmayo.