Capítulo 335
Gabriel acarició su ojo mientras una risa gélida escapaba de sus labios. En su mente, revivía aquel maldito día en que una botella se estrelló contra su rostro, despedazando no solo su ojo sino también su dignidad. Durante años se había ocultado en las sombras, alimentando su odio. Ahora que Héctor había muerto y la familia Villagra se desmoronaba, su oportunidad de venganza finalmente había llegado. Su obsesión era convertir a Anaís en un despojo humano, arrancarle los ojos, quebrarle las piernas, reducirla a una muñeca rota abandonada sobre sábanas húmedas de lágrimas.
La anticipación de su venganza desató en Gabriel una carcajada ronca que resonó como un viento siniestro colándose entre trapos viejos.
Bárbara permanecía ahora en silencio, encogida en un rincón del auto, con un charco de orina bajo ella que evidenciaba su terror absoluto. Mientras más humillada se sentía, más intenso crecía su odio hacia Anaís. En su mente retorcida, bastaba eliminar a su hermanastra para que su camino hacia la felicidad quedara despejado de obstáculos.
Dos días después, Valerio salió de la comisaría con su vida personal convertida en comidilla pública. El constante ir y venir de familiares discutiendo por su situación le provocaba migrañas insoportables. Su principal preocupación seguía siendo conseguir que Renato Marín firmara el contrato de acciones, pero el teléfono del empresario no conectaba por más intentos que hacía.
Ignoraba que Renato había sido llevado contra su voluntad a la villa de Raúl, donde permanecía confinado en una habitación sin acceso a su celular, completamente impotente ante la
situación.
-Miguel, he sido un empleado leal de la empresa todos estos años -suplicaba Renato, con la frente empapada de sudor-. No tengo alternativa más que vender mis acciones a Valerio. Un hombre me ha amenazado de muerte si no lo hago. No es que desconfíe de Raúl y Anaís, pero temo por mi vida.
Caminaba nerviosamente por la habitación, aterrado ante la posibilidad de que aquel misterioso hombre descubriera su paradero y cumpliera sus amenazas.
Miguel, viejo zorro curtido en mil batallas empresariales, escuchaba sin creer una sola palabra. Renato, al verse desacreditado, solo pudo dejarse caer en una silla y exhalar un suspiro de resignación.
Mientras tanto, Anaís y Raúl ya ocupaban sus lugares en la oficina principal cuando Valerio irrumpió como una tormenta, descargando su furia con un puñetazo sobre el escritorio.
-¿Qué demonios le hiciste a Renato? -exigió saber, fulminando a Anaís con la mirada.
19:40
Capitulo 335
Anaís, cómodamente reclinada en el sofá lateral, esbozó una sonrisa divertida ante semejante
arrebato.
-¿De qué rayos hablas, Valerio? No tengo idea de qué me estás acusando.
Un destello malicioso atravesó la mirada de Valerio antes de dirigir su atención hacia Raúl, dibujando una sonrisa cargada de intención.
-Ya veo, ustedes tienen encerrado a Renato, ¿no? Eso es un delito, por si no lo sabían.
Anaís se acomodó mejor en su asiento, mostrando una indiferencia absoluta ante la acusación.
-Ve y denúncianos si quieres.
Valerio, recién liberado de la comisaría, no tenía ningún deseo de regresar a ese lugar. Su rostro se oscureció momentáneamente antes de componer una sonrisa sarcástica.
-Dime algo, Anaís, ¿ya tienes algún plan bajo la manga?
Anaís se inclinó ligeramente, con una sonrisa apenas perceptible en sus labios.
-Disfruto conversar con gente inteligente. Valerio, ambos sabemos que lo que realmente quieres es la empresa Villagra, ¿cierto? Hagamos un trato. Podemos entregarte la empresa, pero mi padre invirtió dos años en un proyecto, comprando un terreno por ochocientos millones. Propongo que subastemos ese terreno. Veamos quién logra adjudicárselo.
El rostro de Valerio reflejó absoluta incredulidad. ¿Subastar el terreno?
¿Acaso Anaís había perdido la razón? Cualquiera sabía que la familia Córdoba planeaba desarrollar proyectos alrededor de esa zona. Ya fuera un hospital o un centro comercial, las ganancias serían astronómicas sin apenas esfuerzo.
2/2