Capítulo 34
El interior de la limusina envolvía a Anaís como una jaula de cristal y terciopelo. Su corazón latía con un ritmo irregular mientras se acomodaba en el asiento, consciente de cada centímetro que la separaba de Efraín. Una inquietud antigua y familiar se deslizaba por su espina dorsal, como un presentimiento que se niega a ser ignorado.
Los documentos sobre las rodillas de Efraín crujieron suavemente cuando él comenzó a hablar, su voz tan medida como los latidos de un metrónomo.
-Las Colinas no solo cuenta con el Proyecto Manzana Compartida. El gobierno acaba de anunciar hace media hora la licitación para el desarrollo de una zona turística.
“¿Una zona turística?”
La mente de Anaís se disparó como un resorte ante esta revelación. Las Colinas, con toda su carencia material, atesoraba una riqueza que el dinero no podía comprar: paisajes vírgenes que cortaban la respiración, senderos inexplorados que serpenteaban entre montañas cubiertas de niebla, y esa sensación de estar tocando un fragmento de tiempo detenido. Las autoridades, tradicionalmente cautelosas, por fin habían decidido abrir esta caja de tesoros al mundo.
La perspectiva era vertiginosa. El corredor que conectaba Las Colinas con San Fernando del Sol estaba salpicado de joyas ocultas esperando ser descubiertas. Un desarrollo inteligente de la zona prometía rendimientos que harían agua la boca de cualquier inversionista.
Los dedos de Anaís volaron sobre el teclado de su nueva computadora, sus ojos absorbiendo ávidamente cada detalle sobre los puntos de interés cercanos a Las Colinas. La participación personal de Efraín cobraba sentido: el gobierno no solo había dado su bendición al proyecto, sino que la acompañaba con una generosa dote de incentivos.
Para el Grupo Lobos, esto era como encontrar un atajo hacia el éxito. El Proyecto Manzana Compartida les daba una ventaja estratégica invaluable. Una ejecución impecable les abriría las puertas para futuras colaboraciones.
Con renovado entusiasmo, Anaís trazó líneas sobre un mapa, su bolígrafo danzando sobre el papel mientras las ideas brotaban como burbujas en agua hirviendo.
-Presidente Lobos, ¿qué le parece si aprovechamos la ciudad fantasma de esta zona? Podríamos crear un parque temático de terror único. Los jóvenes de ahora buscan experiencias que los estremezcan hasta los huesos, y las casas del terror urbanas ya no les satisfacen. Un concepto así, en un entorno auténtico, sería irresistible.
Sus palabras fluían con la velocidad de un torrente montañoso. La nueva generación, pensó, estaba dispuesta a invertir en experiencias memorables; el precio era secundario si la aventura valía la pena.
Su dedo se deslizó por el mapa hasta otro punto estratégico.
-Y mire, aquí tenemos zonas perfectas para deportes extremos. Podríamos crear sinergias
19:10
Capitulo 34
increíbles.
Continuó señalando ubicaciones prometedoras, pero el rostro de Efraín permanecía tan inmutable como una máscara de porcelana. El entusiasmo de Anaís se evaporó como rocío bajo el sol de mediodía. La duda se instaló en su mente: quizás sus ideas eran demasiado atrevidas, demasiado juveniles. La cercanía con Efraín en ese espacio reducido comenzaba a oprimir su pecho como un corsé invisible.
Efraín apartó los documentos y se reclinó en su asiento.
-Descansa un poco.
El viaje a Las Colinas era una maratón de siete u ocho horas por delante.
Anaís asintió y estaba a punto de permitir que sus párpados cedieran al cansancio cuando su celular vibró con la intensidad de una avispa furiosa. El nombre de Jimena brillaba en la pantalla como una advertencia.
-¿Rober te llamó? ¿Por qué no me has devuelto mi bolso? -la voz de Jimena destilaba arrogancia por cada sílaba.
La respuesta de Anaís fue contundente: un bloqueo definitivo. Jimena, acostumbrada a que Anaís se doblegara ante sus caprichos, sintió la bofetada del rechazo con la fuerza de un huracán.
Desesperada, recurrió a Roberto, pero él también se encontró con un muro digital infranqueable.
En un rincón apartado de un bar, Roberto se agitaba en su asiento como si estuviera sentado sobre brasas. La noche había desplegado su manto sobre la ciudad cuando un codazo lo arrancó de sus cavilaciones.
-¿Qué pasa, señor Lobos? Parece que anda en la luna.
Leopoldo, que observaba la escena desde cerca, intervino con voz casual.
-¿Preocupado porque Bárbara va a Las Colinas?
Roberto arrugó el entrecejo.
-¿Barbi va a Las Colinas?
La sorpresa en su voz era tan palpable como el vaso de whisky entre sus dedos.
Leopoldo, consciente de su desliz, intentó suavizar el impacto de sus palabras.
-Me llegó el rumor -explicó con estudiada indiferencia-. La familia Villagra quiere meter la cuchara en el pastel del gobierno. Parece que Las Colinas tiene un proyecto turístico jugoso, y todas las empresas andan como tiburonés alrededor. Ya sabes que Héctor tiene un conocido en el gobierno, ¿no? Le consiguió chance de mandar a alguien a Las Colinas para el proyecto de apoyo a agricultores. Si la cosa sale bien, los Villagra podrían agarrar tajada en la licitación. Bárbara se apuntó solita para el trabajo.
212
19:10