Capítulo 345
Roberto regresó a casa aturdido. Antes de entrar, ya escuchaba los sollozos desgarradores de Aurora Bolaños que inundaban el ambiente como una melodía fúnebre.
-¿Qué más quiere sacarme? ¿Hasta cuándo va a seguir burlándose de mi? ¡Ya estoy lista para enfrentarla cara a cara!
Aurora había estado sometida a un estrés constante; cerraba los ojos y solo visualizaba las burlas crueles de quienes la rodeaban. Su esposo se había enredado con su propia hermana, convirtiéndola en el hazmerreír de todos. Benjamín Lobos, incapaz de tolerar sus frecuentes arrebatos emocionales, había dejado de regresar a casa. Cuando Aurora intentó quejarse con el patriarca de la familia, después de tantas visitas infructuosas, incluso en la mansión familiar decidieron negarle la entrada. Sus días transcurrían encerrada, discutiendo obsesivamente con Jimena Bolaños, como si hubiera perdido la cordura.
Roberto entró empapado a la sala y recibió de lleno un cenicero lanzado furiosamente por Aurora. Ni siquiera registró el dolor; retrocedió varios pasos, contemplando atónito cómo la sangre goteaba formando pequeños charcos en el suelo.
Aurora se sobresaltó, apresurándose hacia él con expresión horrorizada.
-Rober, ¿estás bien?
Roberto, aún aturdido, levantó mecánicamente la mano para cubrir la herida palpitante. De repente, su memoria lo transportó al día en que Jimena se involucró con su padre, momento en que sospechó que Anaís estaba detrás de todo. Pero entonces desechó esa idea, convencido de que ella lo amaba y sería incapaz de orquestar algo tan perverso. Al final, decidió ignorar el asunto. Ahora, contemplando el caos que reinaba en su hogar, comenzó a reír con una risa hueca y perturbadora.
“Anaís posee algunos de los certificados más difíciles del mundo, no es ninguna ingenua. Cuando me perseguía, actuaba con tal convicción que solo demuestra su astucia calculadora.” Durante aquel periodo, su madre Aurora la hostigaba constantemente, empeñada en casarla con su tío Víctor Bolaños. Como resultado, el matrimonio de Aurora se desmoronó, y su tío también quedó atrapado en problemas graves. Al conectar todas las piezas del rompecabezas, Roberto estalló en carcajadas descontroladas.
Aurora se asustó, convencida de que el golpe había trastornado la mente de su hijo.
-Rober, no me espantes así. Vamos al hospital ahora mismo.
Su voz temblaba de miedo mientras intentaba guiarlo hacia la puerta.
Roberto permaneció inmóvil, limpiando con indiferencia perturbadora la sangre que manaba de su frente.
-Mamá, estoy perfectamente bien.
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Capitulo 345
Los ojos de Aurora se anegaron en lágrimas instantáneamente.
-Todo es mi culpa. Y ahora Jimena volverá a aparecer por aquí. ¡Ya no aguanto más su presencia!
Roberto se inclinó levemente, colocando sus manos sobre los hombros temblorosos de su
madre.
-Yo me encargo de todo.
Anteriormente, Roberto jamás habría asumido responsabilidad alguna; siempre había sido indolente, acostumbrado a que le resolvieran la vida. Aurora percibió que algo fundamental había cambiado en su hijo, aunque no lograba identificar exactamente qué.
Roberto se dirigió con determinación hacia la puerta principal.
-Rober, ¿seguro que estás bien? -preguntó Aurora, con angustia evidente en su voz.
Roberto volvió a reír, pero con el rostro manchado de sangre, su expresión resultaba
verdaderamente aterradora.
-De verdad, estoy perfectamente bien.
Salió con paso lento pero decidido, encendió varios cigarrillos uno tras otro, y efectivamente divisó a Jimena aproximándose a la entrada de la casa.
Jimena se había vuelto extremadamente arrogante últimamente, extorsionando millones a Benjamín, pero su ambición seguía insatisfecha. Su objetivo era usurpar el lugar de Aurora y convertirse en la señora absoluta de la casa. Cuando estaba a punto de entrar, vislumbró a Roberto fumando junto a la puerta, completamente empapado, goteando agua como una aparición espectral.
Jimena se sobresaltó, conteniendo apenas una maldición que estuvo a punto de escapar de sus labios.
-Rober, ¿qué andas haciendo aquí afuera?
Roberto arrojó el cigarrillo al suelo, aplastándolo meticulosamente con la punta del zapato.
-Tía, necesito hablar contigo de algo importante. Ven conmigo, vamos por allá.
Jimena siempre había mantenido una relación cordial con él. A pesar de todas sus recientes maquinaciones, Roberto nunca la había humillado públicamente. Sin dudar, decidió acompañarlo.
-Rober, no culpes a tu tía por ser un poco despiadada. La gente es egoísta por naturaleza. Solo quiero vivir bien, nada más. No te preocupes, cuando corran a tu mamá de aquí, te voy a cuidar como si fueras mi propio hijo. Ahorita, tu papá solo tiene un hijo, y todo en esta casa será tuyo algún día. Aunque ya tengo dinero, todos siguen viéndome como una simple amante. Lo que quiero es estatus, ¿no crees que es justo?
Creía ingenuamente que sus palabras conmoverían a Roberto. Ambos caminaron hasta un
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rincón apartado del jardín, un lugar estratégicamente ubicado fuera del alcance de las cámaras de seguridad, pero junto a un estanque de considerable profundidad.
Roberto se detuvo abruptamente, giró sobre sus talones y la miró con una frialdad que hubiera congelado el infierno.
Jimena colocó las manos sobre sus caderas, buscando mentalmente otra forma de
persuadirlo, cuando de repente, Roberto la sujetó violentamente por el cabello y sumergió su cabeza en las aguas del estanque.
Jimena no tuvo oportunidad de pedir auxilio; intentó gritar presa del pánico, pero al abrir la boca, el agua invadió sus fosas nasales, impidiéndole emitir sonido alguno. La fuerza de Roberto era implacable, manteniendo su cabeza completamente sumergida.
Jimena luchó desesperadamente durante cinco minutos eternos antes de que sus movimientos se debilitaran gradualmente.
Roberto finalmente la soltó, observando impasible cómo su cuerpo inerte se desplomaba al suelo, con una expresión de agonía congelada en su rostro, evidencia del sufrimiento extremo en sus últimos momentos.
Encendió otro cigarrillo con calma, su mirada rebosante de un rencor profundo y oscuro.
-No es injusto lo que pides, pero no se puede ser tan ambiciosa.
Fumó lentamente, saboreando cada calada hasta que escuchó el grito horrorizado de Aurora.
Aurora, consumida por la preocupación, había decidido seguirlos sigilosamente. Jamás imaginó presenciar semejante escena. Aunque indudablemente aborrecía a Jimena hasta el punto de desearle la muerte, verla realmente sin vida la llenó de un terror visceral.
-Rober, ¿qué… qué has hecho?
Su voz era apenas un susurro tembloroso. Siempre había percibido a su hijo como alguien dócil y bondadoso, que ocasionalmente cometía errores menores, nada verdaderamente grave. Sin embargo, ahora había cruzado un umbral irreversible al arrebatar una vida.
Su intuición maternal no falló; Roberto había sufrido una transformación fundamental.
Aurora, horrorizada, retrocedió varios pasos, considerando momentáneamente llamar a la policía, pero era su único hijo, su sangre. Apretó los dientes con determinación y finalmente claudicó ante su instinto protector.
-Diremos que se cayó accidentalmente al estanque.
Roberto, con un cigarrillo consumiéndose entre sus dedos, pasó lentamente junto a ella, dejando tras de sí una estela casi palpable de frialdad y crueldad.
Aurora apretó los labios, con los ojos anegados en lágrimas silenciosas, y rápidamente contactó a alguien para eliminar toda evidencia del crimen, antes de seguir los pasos de su hijo.
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-Rober, si algo te está atormentando, recuerda que puedes contárselo a tu mamá.
Roberto se detuvo, contemplando con fascinación el cigarrillo que se consumía hasta alcanzar la punta de sus dedos. La brasa ardiente quemó su piel, pero no manifestó dolor alguno, sonriendo mientras pronunciaba:
-Solo estoy harto de que me traten como a un pendejo.
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