Capítulo 347
La firma de las acciones se realizaría al día siguiente. Raúl no cabía en sí de emoción y parloteaba sin cesar. Anaís mantuvo una actitud distante, y solo cuando verificó que todas las acciones de Valerio se habían transferido a nombre de su hermano, autorizó la devolución del dinero. Tras completarse la transacción, Raúl se dirigió hacia Valerio antes de que este subiera
al automóvil con un gesto de reconciliación.
-Mucha suerte en lo que venga, Valerio.
Valerio esbozó una sonrisa artificial mientras le daba una palmada en el hombro, calculador y
complaciente.
-Tu padre estaría orgulloso desde donde está. Cuida bien la empresa; estoy seguro que bajo tu mando crecerá como nunca.
Raúl asintió y, solo cuando el vehículo se perdió en la distancia, se volvió hacia su hermana con los ojos brillantes de admiración.
-¡Anaís! ¿Cómo le hiciste? ¡De verdad eres increíble!
Anaís observó aquel rostro sincero y le revolvió el cabello con una sonrisa cálida. Intuía que Valerio seguramente tramaba algo, aunque aún desconocía sus intenciones. Raúl, todavía rebosante de energía, aprovechó el trayecto de regreso para preguntarle:
-Has pasado tanto tiempo con tu novio, ¿no crees que ya es hora de presentármelo? ¡Soy tu hermano, por Dios!
Anaís, sentada en el asiento del copiloto con la mirada ligeramente perdida, le recordó con
seriedad:
-De ahora en adelante, ten mucho cuidado con cada paso que des. Le pedí a Miguel que te cuide; él es de confianza, búscalo si tienes dudas.
No compartía el optimismo de su hermano. Durante la gestión de Héctor, se había intentado revitalizar la empresa con esas propiedas, pero ahora que el proyecto estaba estancado, necesitaban idear estrategias para atraer nuevos negocios a la compañía que se tambaleaba. Raúl, al escucharla, bajó la mirada con humildad.
-Lo sé, me esforzaré por aprender.
Apenas terminó la frase, su celular vibró. Era Bárbara. Presa del pánico, apagó el dispositivo rápidamente y lo guardó. Anaís, percibiendo su sobresalto, frunció el ceño.
-¿Quién era?
-La escuela. Me anoté en unos cursos online, pero tengo varios proyectos en equipo pendientes.
Anaís lo miró de reojo, sin agregar nada más. Raúl era pésimo mintiendo; el sudor comenzaba a perlar su frente, Justo cuando temía ser descubierto, ella simplemente dijo:
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-Tarde o temprano tendrás que madurar.
El corazón de Raúl latía acelerado. Se sentía algo herido, pero comprendía que si era insensible hasta con su propia familia, ¿en qué clase de persona se convertiría? Entendía que Anaís no estaba equivocada; así funcionaban las reglas sociales: sobrevive el más apto. Sin embargo, él anhelaba, al menos una vez, vivir bajo sus propios términos.
Al llegar a casa, Anaís divisó varios guardaespaldas apostados frente a su edificio. En el interior, reconoció a alguien del clan Lobos. Su pulso se aceleró. Los guardaespaldas la identificaron y se acercaron con fingida cortesía.
-Señorita Villagra.
Probablemente el viejo solicitaba su presencia. Frunció el ceño y decidió acompañarlos al vehículo. Los guardaespaldas, siempre precavidos, arrojaron su teléfono fuera del complejo. Anaís ignoraba qué pretendía ahora el anciano, pero confiaba en que Efraín pronto visitaría a la familia Lobos.
Sin embargo, tras veinte minutos de trayecto, advirtió que no se dirigían hacia la residencia Lobos. Miró interrogante al guardaespaldas que tenía al lado.
-¿No es Anselmo Lobos quien me busca esta vez?
El guardaespaldas, manteniendo su falsa cortesía, respondió:
-Es la señorita Lobos.
¿La señorita Lobos? Eso significaba Sofía. Una desequilibrada obsesionada con Efraín, y quién sabía qué retorcido plan tenía ahora. Anaís bajó la mirada discretamente mientras deslizaba un clavo del rincón del auto hacia su bolsillo.
La condujeron hasta una villa en lo alto de una colina. Dos guardaespaldas la sujetaron firmemente por los brazos, uno a cada lado, hasta empujarla tras una puerta. En el centro de la habitación, sentada imponente, aguardaba Sofía.
Se había arreglado con especial esmero esa noche, sosteniendo un largo látigo entre sus manos. Al ver a Anaís, esbozó una sonrisa gélida y se levantó lentamente.
-Anaís, me han llegado ciertos rumores. Dicen que andas con Efraín, ¿es verdad?
Anaís retrocedió instintivamente, pero la estancia estaba custodiada por otros guardaespaldas. Con el rostro desfigurado por la rabia, Sofía ordenó:
-¡Agárrenla!
Los guardaespaldas se precipitaron hacia Anaís. Intentó retirarse, pero la salida estaba bloqueada. Dos hombres la atraparon y la suspendieron de un soporte. Sofía azotó el látigo contra el suelo con violencia, provocando un estruendo seco. Era evidente que dominaba el uso del látigo.
Todos los guardaespaldas abandonaron la habitación, no sin antes advertir:
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Capitulo 347
-Señorita Lobos, no vaya a causar una tragedia.
Efraín había impuesto límites a Sofía: nada de muertes. Ella había acatado esa norma durante años. Descargó el látigo contra Anaís con saña y soltó una carcajada perversa:
-¿Sabes? Aprendí a usar el látigo con Efraín. Es súper lindo conmigo y dice que tengo talento para esto. No quería llegar a este punto, pero eres tan desagradable. Te lo advertí, aléjate de Efraín, pero no te importó, así que te lo buscaste.
El rostro de Sofía destilaba ferocidad mientras propinaba veinte latigazos. Al contemplar la piel lacerada de Anaís, un brillo de satisfacción iluminó su mirada.
-Hoy no te voy a matar. Si piensas ir a llorarle a Efraín, te llevarás una sorpresa. Entre él y yo hay secretos. Nos necesitamos y nadie puede meterse en nuestra relación. Así que por más cruel que sea contigo, él no me va a castigar en serio. A lo mucho, me prohibirá comer tres días.