Capítulo 348
Anaís bajó la cabeza mientras un dolor lacerante recorría cada centímetro de su piel. Cuando otro latigazo impactó contra su pecho, sintió que sus entrañas se contraían y el sabor metálico de la sangre inundaba su boca.
-Sofía, ¿de verdad esto te resulta satisfactorio?
Al escucharla, Sofía apretó el látigo con rabia desmedida entre sus dedos.
-¡Claro que sí! ¡Te lo buscaste, Anaís! Estás muerta, primero enredas a mi hermano y ahora vas tras la persona que quiero. Hoy mismo voy a destrozarte esa cara, a ver con qué piensas conquistarlos después.
Se abalanzó hacia ella con movimientos bruscos, agarrando un cuchillo cercano, decidida a marcar permanentemente el rostro de Anaís.
-Lo que realmente anhelas es que Efraín te quiera, ¿no? Puedo ayudarte con eso, además tengo novio, el mismo Anselmo sabe perfectamente que tengo pareja. Como bien dices, me acerco a Efraín por interés en mi empresa. Cuando él descubra mis verdaderas intenciones, solo sentirá asco hacia mí.
Anaís bajó la mirada, su expresión transformándose en una máscara de indiferencia absoluta.
-Para mí, Efraín no significa ni la mitad de lo que vale mi compañía. Ya me diste treinta latigazos. Si continúas, estarás cruzando la línea que él mismo trazó. Anselmo es un hombre refinado y jamás toleraría que alguien a quien ha educado se comporte como una salvaje. ¿Estás segura de poder aguantar su furia verdadera? Yo lo vi cuando mató a Damián.
El semblante de Sofía se transformó por completo.
Anaís arqueó ligeramente una ceja al notar que Sofía también estaba al tanto de que Damián había caído por mano de Efraín. ¿No le temía? ¿O acaso su obsesión por él era tan profunda que no importaba la monstruosidad de sus actos?
-Damián traspasó sus límites y lo eliminó sin pestañear. Has provocado la ira de Efraín más de una vez, ¿cierto? ¿Crees que esta vez te perdonará? Recuerdo claramente que la última vez te advirtió que si volvías a desobedecerlo, jamás volverías a verlo.
Para Sofía, la perspectiva de no volver a ver a Efraín resultaba más aterradora que la propia
muerte.
Retrocedió varios pasos, con los dedos temblorosos aferrándose al cuchillo como si fuera su
último salvavidas.
Anaís aprovechó ese momento de duda para intensificar la presión sobre sus ataduras.
Sus manos permanecían suspendidas en alto, y desde el primer azote había estado utilizando un clavo para desgastar metódicamente la cuerda.
El aturdimiento de Sofía ante las palabras de Anaís duró apenas unos minutos antes de que
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Capitulo 348
levantara bruscamente la mirada, con determinación renovada.
-No me importa nada, voy a destrozarte la cara ahora mismo. Quiero que te arrepientas cada día de tu miserable vida. Si Efraín se enfurece, ya veré cómo manejarlo después.
Con el cuchillo firmemente empuñado, Sofía arremetió contra ella con violencia.
En el instante crítico, Anaís logró liberarse del soporte y propinó una patada certera al estómago de Sofía.
Un gemido agónico escapó de la garganta de Sofía mientras el cuchillo resbalaba de sus
manos.
Anaís se apresuró a recogerlo y, concentrando sus últimas fuerzas, atravesó la mano de Sofía con un movimiento preciso.
La hoja del cuchillo perforó limpiamente la mano de Sofía, clavándola contra el suelo en un gesto definitivo.
Justo cuando Sofía intentaba gritar, Anaís le introdujo una cuerda en la boca con firmeza.
El terror puro se reflejó en el rostro de Sofía, paralizada por el dolor, incapaz de mover su mano atravesada y fijada al suelo.
Tras ejecutar esta maniobra desesperada, Anaís estuvo a punto de desvanecerse por completo. Cada fibra de su cuerpo palpitaba de dolor, mientras el sudor empapaba su piel lacerada.
Tras unos segundos cruciales, reuniendo sus últimas fuerzas, comenzó a arrastrarse hacia la
ventana más cercana.
Los guardias vigilaban únicamente la puerta principal; nadie había contemplado la posibilidad de que Anaís intentara escapar, dejando la ventana completamente desprotegida.
Cubierta de sangre y con temblores incontrolables, Anaís consiguió abrir la ventana, dejando huellas carmesí sobre el cristal.
Con un esfuerzo sobrehumano, logró deslizarse hacia el exterior, abandonando a Sofía mientras se alejaba tambaleante.
Las lágrimas surcaron el rostro desencajado de Sofía, con su mano atravesada por el cuchillo y la cuerda impidiéndole articular palabra alguna.
Cuando los guardias irrumpieron en la habitación, su sangre ya había formado un charco considerable en el suelo.
-¡Señorita Lobos!
Los guardias reaccionaron alarmados, extrayendo el cuchillo rápidamente, aunque el proceso resultó extremadamente doloroso para Sofía.
Su rostro había perdido todo color mientras dirigía su mirada hacia la dirección por donde había huido Anaís, con odio visceral brillando en sus ojos.
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-¡Anaís! ¡Anaís!
Gritaba enloquecida, deseando desmembrarla en ese preciso instante.
-Antes de perder el conocimiento, le ordenó al guardaespaldas: “Que Efraín no se entere de
esto.”
El guardaespaldas asintió rápidamente mientras la trasladaba al hospital.
Sofía conocía perfectamente a Anaís. Sabía que ella jamás le contaría lo sucedido a Efraín por iniciativa propia.
Anaís tenía la costumbre arraigada de sepultar sus problemas, acostumbrada a resolverlos sin ayuda externa. Mientras no la descubrieran en el acto, no se molestaría en quejarse ante nadie. Esa fortaleza constituía simultáneamente su mayor virtud y su debilidad más letal.
Anais había perdido la noción del tiempo mientras corría. Con la sangre abandonando su cuerpo, solo percibía cómo la oscuridad invadía progresivamente su visión.
Se desplomó al borde del camino, sin fuerzas siquiera para preocuparse por la posibilidad de
ser arrollada.
Un automóvil se detuvo frente a ella; alguien descendió, la levantó en brazos y la depositó cuidadosamente en el asiento del copiloto.
Intentó abrir sus párpados pesados, pero la claridad escapaba obstinadamente de ella.
En las brumas de su consciencia, podía evocar vagamente un nombre, aunque no lograba identificar a quién pertenecía.
Alguien, en algún momento de su vida, le había brindado esa misma calidez.
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