Capítulo 349
Anaís sintió como si hubiera dormido una eternidad. En su mente, los sueños se apilaban como fragmentos desordenados de un rompecabezas sin resolver.
La última escena de su sueño transcurría en una cueva sombría, donde apenas un haz de luz se colaba desde lo alto, dibujando en el aire partículas suspendidas que nadie apreciaba. Ella .era apenas una niña, quizás de siete u ocho años, dando suaves palmadas en la mejilla de un niño para mantenerlo consciente. Las heridas de él eran demasiado graves; su cuerpo perdía calor con cada minuto que pasaba. Al segundo día atrapada, mordió su propia muñeca para darle de beber su sangre, gota a gota, durante dos días completos, hasta que finalmente abrió los ojos. El rostro infantil de Anaís estaba pálido, pero aun así sostuvo la cara del niño entre sus pequeñas manos.
-¿Ya te sientes mejor? Me diste un susto tremendo. No te preocupes, alguien vendrá por nosotros pronto.
-¿Qué me diste a beber?
-Sangre. En momentos críticos puede salvarte la vida.
Ella ocultó su muñeca lastimada y luego, con timidez, se rascó la mejilla.
-Todavía tienes fiebre. Deberías descansar otro rato.
El niño guardó silencio, emanando una madurez impropia para su edad. Anaís siempre intentaba ver con claridad su rostro en el sueño, pero nunca lo conseguía. Todo era confuso, ni siquiera recordaba cómo habían logrado salir de allí.
Anaís abrió los ojos de golpe, encontrándose con la mirada inquieta de Roberto. Intentó levantar la mano para tocarse la cabeza, pero él la detuvo suavemente por la muñeca.
-Estás cubierta de heridas. Mejor quédate quieta.
Trató de hablar, pero su garganta estaba áspera, como si alguien la hubiera estrangulado, impidiéndole articular palabra alguna. Roberto le acercó un vaso con agua a los labios.
-Tal vez no lo sepas, pero encontraron el cuerpo de Damián. La familia Lobos está vuelta loca. El abuelo ordenó investigar todo y Efraín, como cabeza de la familia, anda ocupadísimo con eso. Anaís, ¿cómo acabaste tirada en plena calle toda lastimada? ¿Quién te hizo esto?
Anaís bebió en silencio la mitad del vaso, sintiendo alivio en sus labios resecos. Cada pequeño movimiento le provocaba un dolor punzante, como si miles de agujas le perforaran la piel. También quería saber por qué Roberto había aparecido justo en ese momento. ¿De verdad ignoraba quién le había causado esas heridas?
Le lanzó una mirada inquisitiva, pero en los ojos de Roberto solo encontró preocupación genuina. Este hombre, aunque algo torpe, jamás había mostrado malicia ni calculado a su
costa.
Cerró los ojos, con el rostro marcado por el agotamiento.
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Capitulo 349
-Roberto, ¿sabes por qué el señor Lobos consiente tanto a tu hermana?
En un ángulo que ella no podía ver, Roberto arqueó ligeramente una ceja. Algo fugaz cruzó por su mirada, pero rápidamente recuperó su expresión habitual.
-Efraín salvó la vida de Sofía. Sin él, mi hermana estaría muerta. Ella depende mucho de Efraín y él la cuida como nadie. De toda la familia Lobos, él es quien más se preocupa por ella.
Pero Anaís recordaba claramente a Sofía afirmando que Efraín la necesitaba. ¿Qué secreto existía entre ellos? ¿Acaso ella tenía algo comprometedor contra él? Después de todo, el presidente del Grupo Lobos no era alguien fácil de manipular. Si alguien tuviera algo en su contra, su primera reacción sería eliminar a esa persona. Sin embargo, permitía que Sofía cruzara sus límites una y otra vez.
-Anaís, si esto involucra a mi hermana, mejor déjalo así. Antes hubo otras personas que sufrieron por ella, pero Efraín solo les dio dinero para que desaparecieran.
Anaís esbozó una sonrisa débil. Nunca se había sentido especial para Efraín y entendía que lo sucedido antes era simplemente porque él era un hombre de principios. Intentó respirar profundo, pero sus pulmones ardían con cada inhalación.
Roberto la ayudó a recostarse con cuidado.
-El chef preparó algo de comer. Deberías probar aunque sea un poco. También llamé a Raúl para decirle que necesitas descansar, así que no te molestará por ahora.
Anaís cerró los ojos y asintió. Estaba completamente exhausta, especialmente después de aquella secuencia de sueños perturbadores que la habían dejado sin energía.
Roberto se dirigió a la sala, se sentó en el sofá y meditó un momento antes de acercarse a la cocina para pedirle al chef que preparara algo nutritivo.
Cuando Anaís despertó nuevamente, ya era mediodía del día siguiente. Con gran esfuerzo logró levantarse, asearse un poco y beber algo de sopa. Apenas había dado unos sorbos cuando tuvo que agarrar el bote de basura para vomitar.
Probablemente los sueños llenos de imágenes sangrientas, especialmente la escena donde alimentaba a alguien con su propia sangre, le habían quitado por completo el apetito. No había comido casi nada, así que al final solo expulsó un poco de bilis amarga.
Roberto, de pie junto al baño, observó su malestar y de pronto preguntó:
-¿Estás embarazada?
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