Capítulo 350
Anaís se quedó perpleja ante la pregunta de Roberto. Recordó súbitamente que cada encuentro con Z había sido intenso y apasionado, pero siempre tomaba discretamente una pastilla después, asegurándose de no quedar embarazada.
Bajó las pestañas y tensó los labios antes de responder.
-No es posible, tomé mis precauciones.
Su respuesta directa y sin rodeos evidenciaba su desinterés absoluto por Roberto. Los dedos de él, que colgaban a su costado, se contrajeron ligeramente. Sacó un cheque por quinientos mil pesos y se lo extendió.
-Anoche Sofía le confesó todo a Efraín. Esto te lo manda él a través mío. También contrató especialistas extranjeros para ti; las marcas del látigo no dejarán cicatrices permanentes. ¿Quieres que te lleve al hospital?
Anaís contempló el cheque frente a ella, imaginando la expresión impasible de Efraín.
“Me dieron una golpiza… sería tonto rechazar este dinero.”
Guardó el cheque y esbozó una sonrisa forzada.
-Agradécele al señor Lobos de mi parte.
Roberto, notando su malestar, intentó reconfortarla con palabras suaves.
-Sofía ha sido su consentida por años. Te recomiendo que te mantengas lejos de ella. Hace lo que quiere aprovechándose del cariño que Efraín le tiene.
Anaís bajó la cabeza, se enjuagó la boca y se lavó el rostro para recobrar la compostura.
-Lo tengo claro.
Por ahora, solo podía aceptar esta derrota. Pero el proceso de curación resultaba insoportable; las heridas le provocaban una comezón terrible que la hacía querer rascarse con desesperación.
En ese momento, Sofía le envió un mensaje amenazante:
[La próxima vez que te acerques a Efraín, te juro que lo de ahora te parecerá un juego de niños. Quedas advertida.]
Anaís sintió una oleada de irritación inmediata y bloqueó el número sin pensarlo dos veces.
Regresó a su casa y descanso tres días más. Z le envió un mensaje diciendo que quería verla. Como últimamente no tenía mucho que hacer y solo se había dedicado a descansar y sanar sus heridas, aceptó encontrarse con él.
Cada aparición de Z venía acompañada de oscuridad. Anaís, inexplicablemente, pensó en la cueva de su sueño.
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Capítulo 350
Capítulo 350
Anaís se quedó perpleja ante la pregunta de Roberto. Recordó súbitamente que cada encuentro con Z había sido intenso y apasionado, pero siempre tomaba discretamente una pastilla después, asegurándose de no quedar embarazada.
Bajó las pestañas y tensó los labios antes de responder.
-No es posible, tomé mis precauciones.
Su respuesta directa y sin rodeos evidenciaba su desinterés absoluto por Roberto. Los dedos de él, que colgaban a su costado, se contrajeron ligeramente. Sacó un cheque por quinientos mil pesos y se lo extendió.
-Anoche Sofía le confesó todo a Efraín. Esto te lo manda él a través mío. También contrató especialistas extranjeros para ti; las marcas del látigo no dejarán cicatrices permanentes. ¿Quieres que te lleve al hospital?
Anaís contempló el cheque frente a ella, imaginando la expresión impasible de Efraín.
“Me dieron una golpiza… sería tonto rechazar este dinero.”
Guardó el cheque y esbozó una sonrisa forzada.
-Agradécele al señor Lobos de mi parte.
Roberto, notando su malestar, intentó reconfortarla con palabras suaves.
-Sofía ha sido su consentida por años. Te recomiendo que te mantengas lejos de ella. Hace lo que quiere aprovechándose del cariño que Efraín le tiene.
Anaís bajó la cabeza, se enjuagó la boca y se lavó el rostro para recobrar la compostura.
-Lo tengo claro.
Por ahora, solo podía aceptar esta derrota. Pero el proceso de curación resultaba insoportable; las heridas le provocaban una comezón terrible que la hacía querer rascarse con desesperación.
En ese momento, Sofía le envió un mensaje amenazante:
[La próxima vez que te acerques a Efraín, te juro que lo de ahora te parecerá un juego de niños. Quedas advertida.]
Anaís sintió una oleada de irritación inmediata y bloqueó el número sin pensarlo dos veces.
Regresó a su casa y descansó tres días más. Z le envió un mensaje diciendo que quería verla. Como últimamente no tenía mucho que hacer y solo se había dedicado a descansar y sanar sus heridas, aceptó encontrarse con él.
Cada aparición de Z venía acompañada de oscuridad. Anaís, inexplicablemente, pensó en la cueva de su sueño.
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Capitulo 350
Eran las nueve de la noche. La casa permanecía en penumbras y ella yacía en la cama, escuchando apenas los sonidos provenientes de la sala.
Cuando él entró a la habitación, trajo consigo el aroma reconfortante de sopa de cebolla. Una cucharada colmada fue acercada a sus labios.
Anaís solo le había mencionado que se sentía mal, sin especificar dónde, y Z ya estaba preparando sopa para cuidarla. Este gesto le provocó una calidez inesperada en el corazón.
Aunque no tenía hambre realmente, tomó un sorbo y habló de repente.
-Tuve un sueño extraño. Soñé que un niño y yo caíamos en un hoyo profundísimo. Él estaba muriendo, así que me mordí la muñeca y le di de beber mi sangre.
-Tink.
Apenas terminó de hablar, escuchó el sonido metálico de la cuchara cayendo dentro del tazón.
La oscuridad envolvía la habitación por completo. Anaís apretó los labios y buscó la mano de
-¿Eras tú ese niño?
Los dedos de él se contrajeron levemente, intentando alejarse.
Anaís apretó con más fuerza, entrelazando sus dedos con los de él, que temerosos buscaban
retirarse.
-Z, ¿eres tú?
No lograba distinguir el rostro del niño en su sueño, pero recordaba vagamente aquellos ojos brillantes, como los de un cachorro abandonado anhelando ser rescatado.
Podía sentir la tensión en el cuerpo de Z. Al darse cuenta de su insistencia, suspiró profundamente.
-Si no quieres hablar de eso, está bien.
Todos guardamos secretos.
-Sí, era yo.
Su voz sonaba muy baja. Cuando hablaba con ella habitualmente, también bajaba intencionalmente el tono, sonando apagado y lastimero.
El corazón de Anaís dio un vuelco. Solo había formulado esa pregunta al azar, sin esperar realmente que fuera él.
En el sueño, las heridas del niño eran gravísimas. De no ser por la sangre que ella le ofreció, probablemente no habría sobrevivido.
-¿Estabas muy malherido entonces? ¿Cómo llegaste a esa cueva?
Los recuerdos del sueño estaban incompletos. No sabía cómo habían llegado allí, así que solo
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podía preguntarle al otro protagonista de aquella historia.
Z removía lentamente la sopa en el tazón. Sus emociones parecían ahora más controladas.
-Me arrojaron allí. Querían que muriera solo, pero te encontré a tí.
-Entonces, ¿soy tu salvadora?
Intentó decirlo para aligerar la tensión, pero él no respondió.
Anaís temió haber tocado un tema doloroso para él, así que rápidamente cambió de asunto.
-Tengo algo de hambre, ¿me das más sopa?
Su reacción pareció algo lenta, hasta que finalmente respondió.
-Sí, eres mi salvadora. Me gustas, me has gustado desde entonces.
Anaís casi se atraganta con la avena en su boca, tosiendo repetidamente. Él tuvo que darle palmadas en la espalda durante varios minutos hasta que finalmente logró calmarse.
Ahora entendía por qué la quería tanto; existía una conexión especial entre ellos.
Se conocieron en el momento más desesperado, cuando ella lo alimentó con su propia sangre. Aunque después Anaís hiciera cosas que lo lastimaron profundamente, en su corazón siempre quedaría grabada aquella primera impresión resplandeciente.
Anaís de pronto no supo cómo responder, porque había olvidado completamente aquel episodio.
De no haber sido por la reciente golpiza que recibió, que desenterró fragmentos olvidados de su memoria, probablemente nunca habría recordado ese pequeño pero significativo capítulo de su vida.
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