Capítulo 351
Existen momentos que para una persona representan un tesoro indeleble, mientras que para otra son apenas un suspiro efímero; esta asimetría de la memoria conlleva cierta crueldad
inherente.
Anaís Villagra percibió la vulnerabilidad emocional de Z y, con un movimiento instintivo, .entrelazó sus dedos con los suyos.
-¿No te he decepcionado antes, verdad?
Al pronunciar aquellas palabras, sintió con claridad la tensión que invadía cada fibra de su cuerpo. Anaís conocía tan poco de su propio pasado que, exceptuando la etiqueta que todos le asignaban como perpetua sombra de Roberto Lobos, parecía no haber dejado huella alguna en la memoria colectiva.
-No, eres maravillosa.
Un suspiro de alivio escapó de los labios de Anaís mientras la sonrisa regresaba a su rostro.
-Qué bueno que no te he fallado. En mis sueños aparezco muy chiquita, como de siete u ocho años. Si desde entonces te gustaba, ¿cuánto tiempo llevas sintiendo algo por mí? Ahora que lo pienso, Roberto me contó una vez que en la secundaria alguien se robó mi uniforme escolar y tuve que usar ropa normal para la foto de graduación. Fui la única de toda la clase sin el uniforme puesto. ¿Habrás sido tú?
El silencio se apoderó del momento mientras él agachaba la cabeza, revolviendo obsesivamente los restos de sopa en el tazón. Lo que Anaís había mencionado como una broma inocente comenzaba a tomar un cariz de verdad ante su reacción inconfundible.
-Si estuviste en mi graduación de la secundaria, ¿también fuiste a la de la universidad?
Aquel día de su graduación universitaria había quedado marcado por una tragedia: el automóvil donde viajaba con Efraín Lobos sufrió un accidente que le costó a Efraín la movilidad en ambas piernas. Todo sucedió precisamente durante su ceremonia de graduación. Los recuerdos se habían desvanecido casi por completo de su mente, pero siempre aparecía alguien dispuesto a removerlos.
Z le transmitía la sensación de amar con una devoción absoluta: observando siempre desde las sombras, anhelando acercarse pero temiendo que su intensidad consumiera al objeto de su adoración. Anaís cerró los ojos, aguardando pacientemente una respuesta.
-Estuve ahí -confesó finalmente con voz ronca y tenue.
Anaís abrió los ojos lentamente mientras una sonrisa genuina iluminaba su rostro.
-Así que sí estuviste ahí.
-Sí.
Una calidez reconfortante invadió su pecho, acompañada por un leve remordimiento por haber
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mencionado tan ligeramente la ruptura entre ellos. Desde el principio de esta relación, Anaís solo había buscado experimentar, ya que tras perder la memoria, todos le resultaban extraños excepto él, con quien sentía una conexión inmediata y sin resistencias.
Reconocía que su actitud había sido algo distante y que incluso llegó a pensar que si las cosas no funcionaban, tampoco importaría demasiado. Pero aquel sueño había transformado algo en su interior, ablandando las defensas de su corazón.
Cuando alguien te ama con tal sinceridad, observándote en silencio a través del tiempo, hasta el corazón más endurecido termina por ceder. Impulsivamente se levantó y, tomando su mano,
lo abrazó con firmeza.
-Si pudiera regresar el tiempo, hablaría más contigo.
El cuerpo de Z permaneció inmóvil antes de dejar el tazón sobre la mesita de noche para corresponder su abrazo con intensidad. Permanecieron así, fundidos en la oscuridad, hasta que finalmente Anaís dejó escapar un bostezo.
-Me siento algo cansada, voy a dormir. ¿Te quedas conmigo?
-Sí.
Obediente, abandonó el dormitorio para lavar los platos en la cocina, ducharse en el baño auxiliar y regresar finalmente a la habitación principal, deslizándose bajo las sábanas junto a ella. Anaís encontraba fascinante su comportamiento cauteloso, como si estuviera constantemente vigilando que ella no pudiera descubrir su rostro.
Había decidido respetar sus tiempos y no intentaría descubrirlo hasta que él mismo decidiera revelarse por voluntad propia. Una mano se deslizó suavemente alrededor de su cintura, sosteniéndola con ternura en un abrazo envolvente.
Anaís percibía la diferencia de tamaño entre ambos cuerpos; sorprendentemente, encajaban como piezas complementarias de un mismo rompecabezas. Relajó cada músculo, resistiendo al sueño por el deseo de prolongar su conversación.
-Z, no volveré a hablarte de terminar lo nuestro. No creas en lo que digo cuando estoy enojada. Los brazos que rodeaban su cintura se tensaron sutilmente mientras él preguntaba:
-¿Lo dices en serio?
Anaís detectó la vulnerabilidad tras aquellas palabras y no pudo contener una sonrisa.
-Totalmente en serio. Es solo que a veces me pasan cosas feas en mi vida y acabo desquitándome contigo sin querer. Pero cuando se me pase el coraje, yo misma te buscaré.
Su frente descansó sobre el hombro de ella, y su voz adquirió un matiz esperanzado.
-Está bien.
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