Capítulo 358
Los ojos de Bárbara reflejaban puro terror mientras sus dedos luchaban inútilmente por abrir la puerta, pero sus manos ya no respondían a las órdenes desesperadas de su cerebro. Un escalofrío recorrió su espina dorsal al darse cuenta de la trampa en la que había caído. ¿Acaso Fabiana no le había prometido que juntas derribarían a Anaís de su trono de privilegios? La confusión y el miedo se entremezclaban en su mente cada vez más nublada.
-¿Por qué me hiciste esto?
Fabiana curvó sus labios en una sonrisa calculada y se agachó junto a ella, exhibiendo una falsa amabilidad que ahora resultaba escalofriante.
-No te engañé. Te dije que si cargabas con la culpa, yo me encargaría de destruir a Anaís. Mira ahora: el Grupo Villagra está al borde del colapso y Raúl está acabado. ¿No cumplí mi promesa? ¿No vale la pena pagar un pequeño precio para que Anaís nunca sospeche de mí?
Con la última chispa de consciencia que le quedaba, Bárbara extendió su mano temblorosa y se aferró desesperadamente al borde del pantalón de Fabiana.
-Por favor, no me hagas esto. ¡Dame el antídoto! ¡El antídoto!
Fabiana se incorporó con elegancia felina y apartó el agarre de Bárbara con una patada suave pero despectiva.
-Para llegar a la cima hay que ser más que malvada. Tú solo eres malvada, y eso te condena a ser mi escalón.
-¿No tienes miedo de que Anaís descubra quién eres realmente? ¡Tú eres quien me cuida! Si me convierto en vegetal, la primera sospechosa serás tú.
Una risita musical escapó de los labios de Fabiana mientras guardaba meticulosamente la jeringa en el botiquín, cada movimiento calculado con precisión quirúrgica.
-¿Crees que soy tan estúpida como tú? Esta droga la consiguió Valerio directamente de Gabriel, es completamente ilegal. Aunque te llevaran al hospital, los médicos pensarán que sufriste un derrame cerebral.
La desesperación consumía a Bárbara mientras las lágrimas surcaban su rostro demacrado. El arrepentimiento llegaba demasiado tarde, como una marea que sube cuando ya te has ahogado. Nunca debió enfrentarse a Anaís; nunca debió alimentar ese resentimiento incluso después de su internación en el hospital psiquiátrico, creyendo que podría derribar a su hermana. Cuando vio la complicidad entre Anaís y Raúl, los celos devoraron cualquier rastro de cordura que le quedaba.
Ahora lo veía claro. Su error comenzó desde el momento en que regresó a la familia Villagra. En aquel entonces, Anaís había mostrado genuina amabilidad hacia ella, incluso se enfrentó a Gabriel por protegerla, dejándolo tuerto. Pero Bárbara detestaba visceralmente la luz que Anaís irradiaba naturalmente. Cuanto más brillaba su hermana, más profunda se volvía la oscuridad en su propio corazón.
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Jamás consideró la posibilidad de forjar una relación sincera con Anaís. Había manipulado cada situación para regresar al seno familiar, y al ver a su hermana rodeada de admiración, su único pensamiento obsesivo fue arrebatarle todo lo que valoraba. Por eso no dudó en fabricar mentiras, asegurando que durante el secuestro ella sacrificó su libertad para que Anaís escapara, pero que esta última nunca llamó a la policía para rescatarla.
Distorsionó la realidad sin escrúpulos, y Anaís, por razones que Bárbara nunca entendió, jamás se defendió de tales acusaciones. A partir de ese momento, cada miembro de la familia Villagra comenzó a tratar a Anaís de manera diferente, con una frialdad que contrastaba con el calor que le prodigaban antes.
Bárbara había perfeccionado el arte de la supervivencia en ese círculo social gracias a su talento para posar como víctima perpetua, exhibiendo constantemente su supuesto sufrimiento como una joya preciosa. Su corazón se fue retorciendo paulatinamente, y cada vez que contemplaba la tristeza de Anaís, experimentaba una euforia enfermiza.
Pero ahora el arrepentimiento la aplastaba con su peso inmenso. Si desde el principio hubiera elegido otro camino, quizás Anaís jamás habría dejado de tratarla con esa bondad que ahora tanto anhelaba. Se arrepentía profundamente, pero como bien sabía, en este mundo cruel no existe un “remedio para el arrepentimiento“.
Entre sollozos ahogados, recordó las palabras proféticas que su abuelo le había susurrado antes de morir: “Tarde o temprano cosecharás lo que siembras“. Había plantado aquella semilla venenosa hace cinco años, y ahora probaba el amargo fruto de su cosecha.
Anaís recibió la noticia de la parálisis repentina de Bárbara con una mezcla de sorpresa y recelo. Se dirigió apresuradamente al hospital, donde encontró a su hermanastra postrada en la cama, con el rostro marcado por el sufrimiento. Junto a ella estaba Fabiana, exhibiendo una convincente expresión de preocupación y desconcierto.
Al ver llegar a Anaís, Fabiana se levantó inmediatamente de la silla donde vigilaba.
-No sé qué pasó. Poco después de que te fuiste, se desmayó de repente. El doctor dice que es algún problema psicológico.
La mano de Anaís se tensó imperceptiblemente mientras observaba a Bárbara sin sentir compasión alguna. Esa mujer había causado tanto daño a tantas personas que quizás este era simplemente el equilibrio natural del universo cobrando su deuda.
Consultó personalmente con el médico, quien confirmó el diagnóstico que Fabiana ya había mencionado. El agotamiento la invadió súbitamente al recordar que las filtraciones en línea continuaban y que esa misma noche alguien revelaría el nombre de Raúl. Justo en ese momento crítico, Bárbara yacía incapacitada, incapaz de proporcionar la información vital que necesitaba.
Anaís bajó las pestañas con resignación, y sintió la mano de Fabiana posarse suavemente sobre su hombro en un gesto de apoyo.
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-¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?
Desde que Anaís había despertado del coma, Fabiana había mostrado una lealtad inquebrantable hacia ella, incluso arriesgó su propia seguridad para protegerla durante un ataque. Sin embargo, este asunto posiblemente involucraba a Fondo Luminoso y a Gabriel. No podía, bajo ninguna circunstancia, arrastrar a Fabiana hacia ese peligroso abismo.
Fabiana era simplemente una persona ordinaria tratando de sobrevivir en un mundo despiadado.
-No te preocupes.
Fabiana esbozó una sonrisa cálida pero enigmática.
-Raúl me pagó muy bien, fue mi culpa no cuidarla bien. Voy a devolverle ese dinero.
-Quédate con él. Raúl anda muy ocupado últimamente.
No específicó el motivo de esa ocupación, y Fabiana tampoco preguntó. No era necesario; ella comprendía perfectamente la situación.
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