Capítulo 36
La luna menguante iluminaba tenuemente Las Colinas cuando Anaís y su comitiva arribaron al destino. El reloj marcaba las diez de la noche, y la brisa nocturna susurraba entre los árboles centenarios que bordeaban el camino. El encargado local, un hombre de mediana edad con ademanes nerviosos, los guio hacia un edificio que parecía extraído de un daguerrotipo colonial: columnas de cantera labrada sostenían arcadas majestuosas, mientras patios interiores dejaban entrever jardines donde el tiempo parecía haberse detenido. Era, según les explicó con orgullo mal disimulado, el alojamiento reservado para sus visitantes más distinguidos.
Las suites asignadas a Anaís y Efraín se encontraban una frente a la otra, separadas por un pasillo de baldosas que resonaban con cada paso. El encargado, visiblemente incómodo ante la presencia de Efraín en su silla de ruedas, apenas lograba mantener la compostura mientras sus ojos evitaban el contacto directo.
-Mañana a primera hora acompañaré al presidente Lobos a recorrer las instalaciones
-balbuceó con voz trémula.
Un asentimiento silencioso de Efraín bastó para que el hombre se despidiera apresuradamente, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo arrugado.
Lucas, al descubrir que su habitación se ubicaba en el ala opuesta del edificio, frunció el ceño con evidente disgusto, aunque se guardó sus comentarios para sí mismo.
Cuando el silencio nocturno envolvió el lugar, Anaís se acercó a la puerta de Efraín.
-Que descanse, presidente Lobos -murmuró con suavidad.
La imponente presencia de Efraín, que ni el tiempo ni las circunstancias habían logrado menguar, se manifestó en un simple gesto de asentimiento antes de que la puerta se cerrara tras él.
Después de refrescarse con una ducha, Anaís descubrió que el secador no funcionaba. El reloj marcaba las once, y la recepción quedaba a diez minutos de caminata por los pasillos solitarios. Optó por tocar a la puerta de Efraín.
Al abrirse la puerta, la imagen que la recibió provocó un vuelco en su corazón: Efraín, con el cabello húmedo y envuelto en una bata negra que acentuaba la palidez de sus labios, mostraba una vulnerabilidad inusual que contrastaba con su habitual aura de poder.
-Presidente Lobos, disculpe la molestia. El secador de mi habitación no funciona. ¿Podría prestarme el suyo? ¿Lo está usando?
Una negación silenciosa precedió a un ataque de tos.
Anaís tomó el secador, pero al girarse, otra tos llamó su atención.
-¿Tiene resfriado? Traigo medicinas conmigo, ¿quiere que le dé algunas?
Para su sorpresa, Efraín la siguió hasta su habitación, el suave zumbido de las ruedas de su
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silla marcando cada metro recorrido.
-Las pastillas están en mi bolso–señaló Anaís-. Voy por agua.
Mientras Efraín tomaba la medicina, su mirada se perdió en el paisaje que enmarcaba la ventana: un patio interior donde las sombras de la noche jugaban entre columnas y arcos, creando un cuadro digno de un maestro del claroscuro.
Al terminar de secarse el cabello, Anaís encontró a Efraín aún absorto en la contemplación
nocturna.
-¿Necesita secarse el cabello, presidente Lobos?
El silencio que siguió fue diferente. La tensión en el cuerpo de Efraín era palpable, como si librara una batalla interna. Gruesas gotas de sudor resbalaban por su rostro enrojecido, delineando sus facciones aristocráticas.
El corazón de Anaís se detuvo cuando su mirada se posó en las pastillas sobre la cama. Eran las que Irene le había entregado esa mañana, mezcladas fatalmente con las medicinas para el
resfriado.
Un hormigueo de pánico recorrió su cuero cabelludo mientras comprobaba la temperatura de Efraín: ardía en fiebre. No solo eso: había ingerido la medicina equivocada.
“Ni arrojándome al río más caudaloso podría limpiar mi nombre si Lucas se entera de esto“, pensó con angustia.
-Presidente Lobos, iré a buscar un médico de inmediato.
En ese preciso instante, el murmullo de voces se coló por la ventana, acompañado del crujir de pasos sobre la grava del jardín.
-Efraín está hospedado aquí.
-Hay que actuar ya. Me dijeron que esta noche está solo.
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