Capítulo 360
Anaís contempló el reloj con pesadez. Seis horas que parecían haberse estirado como siglos eternos, pero su firmeza inquebrantable y aquella estratégica donación de cinco millones habían conseguido lo impensable: el público ya no apuntaba sus dardos hacía la compañía. En su lugar, las redes bullían de elogios para la hermana que había asumido el timón tras la tormenta desatada por Raúl.
[Quería criticarla al principio, pero ahora me quedo sin argumentos. Cada paso que ha dado ha sido impecable.]
[Su gestión ha demostrado responsabilidad real. El comunicado conectó con nosotros y, aun sabiendo que el Grupo Villagra atraviesa problemas de liquidez, hizo una donación considerable.]
La joven presidenta observó la metamorfosis en la opinión pública y exhaló el aire contenido en sus pulmones. Junto a Miguel, había permanecido en vela durante aquellas interminables seis horas, monitorizando cada fluctuación en las tendencias digitales. Su estrategia de transparencia había desarmado por completo a quien filtró la información, dejándolo sin munición para continuar el ataque.
En las plataformas digitales, incluso los usuarios comenzaron a especular sobre la posibilidad de que todo fuera una elaborada manipulación contra Raúl. La masa crítica de internautas contemporáneos no se dejaba engañar fácilmente con cortinas de humo.
Tras asegurar esta victoria en el tribunal de la opinión pública, Anaís convocó de inmediato una reunión ejecutiva. Los antiguos subordinados de Valerio habían recogido sus pertenencias y desaparecido del mapa corporativo. Ahora, exceptuando a algunos directivos veteranos que permanecieron leales, el resto del equipo estaba conformado por talento joven personalmente promovido por ella.
Sentada junto al ventanal que dominaba la ciudad, Anaís había examinado meticulosamente cada uno de los proyectos futuros del Grupo Villagra durante esas horas de vigilia. Todos ellos navegaban peligrosamente cerca del abismo del fracaso financiero y, con un gesto resolutivo de su mano, decidió cancelarlos en su totalidad.
Uno de los presentes intentó protestar, pero al encontrarse con aquella mirada implacable, selló sus labios lentamente, tragándose las palabras. Entre los cinco veteranos que permanecían, destacaban Marcos Aldana y Esteban Pizarro, ambos cercanos a los cuarenta años y con suficiente perspicacia para leer la situación. Al notar la inminente objeción de su colega, Marcos lo sujetó discretamente del brazo.
-Recuerda cómo conseguiste ese puesto -susurró con firmeza-. ¿No quedamos en que íbamos a respaldar todas las decisiones de la presidenta Villagra? Créeme, conozco bien a la gente, y ella tiene un talento excepcional.
El cambio en la forma de referirse a Anaís no pasó desapercibido; de “señorita” a “presidenta” Villagra en cuestión de horas. El ejecutivo reprendido inhaló profundamente, sofocando su inquietud.
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-Está bien.
A partir de ese momento, ninguna de las resoluciones tomadas en aquella reunión encontró la más mínima resistencia. Los jóvenes ejecutivos recién ascendidos contemplaban a Anaís con admiración reverencial, reconociendo en ella un paradigma de liderazgo.
En la era de Héctor, la dirección había favorecido consistentemente a aquellos altos cargos que lo acompañaron desde los albores de la empresa. Sin embargo, resultaba evidente que estos – ejecutivos habían quedado anclados en paradigmas obsoletos; figuras como Valerio,
atenazadas por el miedo a perder su posición, habían sofocado sistemáticamente cualquier destello de talento emergente, provocando una hemorragia de capacidad en el Grupo Villagra.
Ahora Anais había extirpado ese lastre corporativo, elevando a posiciones de responsabilidad a quienes demostraban verdadera aptitud. Independientemente del rumbo que imprimiera a la compañía en el futuro, esta decisión ya la situaba en un plano superior al de Héctor en su momento de mayor esplendor.
Héctor había demostrado competencia en múltiples frentes, pero como acertadamente señaló Valerio, su debilidad radicaba en su excesiva lealtad a los lazos del pasado. En el implacable universo de los negocios, ese sentimentalismo constituía la vulnerabilidad más peligrosa.
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