Capítulo 37
El instinto de supervivencia se apoderó de Anaís mientras empujaba la silla de ruedas hacia el interior del baño. Sus dedos, tensos sobre el respaldo, dejaban marcas invisibles en el cuero
negro.
-¡Rápido, que no nos encuentren! -susurró con urgencia contenida.
El agua de la regadera golpeaba contra los azulejos en una cortina líquida que llenaba el espacio con su rumor constante. Efraín mantenía los ojos cerrados; sus largas pestañas proyectaban sombras temblorosas sobre sus pómulos marcados.
Anaís se inclinó hasta que sus labios casi rozaron la oreja de Efraín.
-Presidente Lobos, ¿quiénes son esas personas? -Su.voz apenas era un susurro que se perdía entre el sonido del agua.
Con un parpadeo pesado, Efraín apartó el rostro de ella con un movimiento suave pero firme.
-Al parecer, son de la familia Lobos -respondió con voz ronca.
“Desde el accidente, desde que perdí el uso de mis piernas, los buitres no dejan de acecharme“, pensó Efraín. A pesar de toda la discreción empleada en este viaje, alguien había logrado
rastrear su ubicación.
Anaís observaba con creciente preocupación las gotas de sudor que resbalaban por el cuello de Efraín, evidencia del poderoso efecto del medicamento equivocado. Tomó una toalla limpia del estante, la empapó en agua fría y la presionó con delicadeza contra su rostro.
-Resista un poco más -murmuró, mientras sus dedos temblorosos sostenían la tela húmeda.
En ese momento, Efraín abrió los ojos. La máscara de frialdad se había desvanecido por completo; sus pestañas brillaban con gotitas de agua y en sus pupilas ardía un fuego primitivo, salvaje, que amenazaba con consumirlo todo a su paso.
Abrumada por lá intensidad de esa mirada, Anaís desvió la vista hacia el suelo de mármol.
-Lo siento mucho, alguien más puso esa sustancia -se disculpó en voz baja.
Para su sorpresa, la voz de Efraín surgió con una calma inesperada.
-¿Para quién estaba destinada?
–
-No era para nadie se apresuró a explicar Anaís-, mucho menos para Roberto. Solo… solo la guardé sin pensar, jamás imaginé que usted…
La mención de Roberto tensó el ambiente.
Los ruidos del exterior persistían. Alguien registraba la habitación entre maldiciones contenidas. Los golpes en la puerta del baño resonaron con violencia.
-¡Bam, bam, bam!
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Capítulo 37
Las suites VIP, normalmente un remanso de paz alejado del bullicio del salón principal, ahora se habían convertido en una trampa dorada. Era imposible pedir ayuda sin delatarse.
Anaís bajó la mirada hacia el suelo.
-Presidente Lobos, perdóneme por lo que voy a hacer.
Con las mejillas ardiendo de vergüenza, comenzó a emitir suaves sonidos sugestivos. La humillación le quemaba el rostro mientras actuaba esta farsa frente a alguien tan distinguido como Efraín, pero no había otra alternativa.
Los intrusos se detuvieron, desconcertados por los sonidos. Aprovechando la pausa, Anaís
alzó la voz:
-¿Quién está ahí? No necesito servicio a la habitación en este momento.
Dejó escapar otro gemido teatral.
-Ya basta, creo que viene alguien…
Los golpes cesaron. Los intrusos, confundidos por la escena que imaginaban, seguramente descartaron que Efraín pudiera estar allí. Después de todo, ¿cómo podría un hombre en silla de ruedas estar en el baño con una mujer?
Al no encontrar rastro de su objetivo, los pasos se alejaron con rapidez por el pasillo.
Anaís aguzó el oído hasta que el silencio volvió a reinar. Solo entonces dejó de actuar. No se atrevía a mirar a Efraín; únicamente escuchaba el suave roce de las ruedas sobre el piso y el agua corriendo en el lavabo.
Con movimientos precisos, Efraín humedeció nuevamente la toalla. Las venas se marcaban en sus antebrazos por el esfuerzo, testimonio silencioso de la batalla que libraba contra los
efectos del medicamento.
Anaís permanecía inmóvil junto a la puerta cerrada del baño, envuelta en una espera incómoda. Observaba cómo Efraín, con el cuerpo rígido por la tensión, presionaba la toalla mojada contra su rostro. Su pecho se movía en un ritmo apenas perceptible, mientras el aire denso de la habitación vibraba con el eco de su respiración contenida.
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