Capítulo 371
La chica poseía un temperamento volátil que fluctuaba con la misma rapidez que los caprichos del viento. Su ingenuidad quedaba manifiesta en cada palabra; de otro modo jamás habría revelado tantos detalles íntimos de su familia simplemente por una pequeña risa ajena que percibió como burla.
-Debe ser igual de guapo que mi cuñado, no sé cómo explicarlo bien, pero tiene algo como angelical, aunque su carácter es terrible.
Se aproximó a Anaís con entusiasmo desbordante, sus ojos brillando como dos luciérnagas encendidas por la emoción del recuerdo.
-¿Vives en este edificio también? ¿En qué piso estás? Si te gustan los hombres guapos, podríamos ser amigas y vernos seguido.
Era evidente que pertenecía a la élite privilegiada, una joven criada entre algodones, protegida por el confort que solo proporciona la abundancia material y el apellido correcto.
Anaís apenas conocía a una persona en este complejo residencial, Irene, y su círculo social era tan reducido como sus esperanzas actuales. No dudó en aceptar el ofrecimiento, intercambiando números telefónicos con aquella chica entusiasta que parecía no tener filtros. Al despedirse, la joven agitó su muñeca fracturada con descuido.
-Anaís, nos vemos luego. Voy a comer con mi prima ahora.
-Claro, nos vemos.
Con una sonrisa cordial, Anaís observó cómo se alejaba antes de abordar su propio vehículo rumbo a las instalaciones del Grupo Villagra, donde los compromisos de la jornada la aguardaban con impaciencia.
Rodrigo ya había estampado su firma en el contrato, pero representaba una inversión a futuro que no generaría valor tangible para la compañía hasta transcurrido al menos un año completo.
La empresa seguía sedienta de pedidos que sustentaran su operación inmediata. En las reuniones corporativas recientes, Anaís había expresado todo lo necesario; ahora correspondía a la alta dirección demostrar su valía estratégica, desplegando recursos para conseguir órdenes comerciales. Naturalmente, como directora general, Anaís debía mantenerse al frente de la batalla.
Examinó meticulosamente los informes recientes y su mirada se detuvo en una compañía del sector entretenimiento que destacaba entre las demás.
La familia Villagra había construido su imperio sobre productos electrónicos, sin incursionar jamás en la industria del espectáculo, aunque años atrás, durante su época dorada, contrataron figuras mediáticas menores para promocionar sus productos. Héctor, anclado en
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paradigmas tradicionales, siempre se mostró reacio a destinar grandes sumas al ámbito publicitario.
Si existía un universo donde el capital fluía con vertiginosa facilidad, ese era sin duda el mundillo del entretenimiento.
Esta compañía particular operaba en pequeña escala, pero contaba con una agente extraordinariamente hábil: Laura Monzón. Anaís se interesó precisamente porque Laura aparentemente había tenido desavenencias con su superior y había establecido su propio estudio, lo que evidenciaba su necesidad inmediata de financiamiento.
Anaís también requería capital con urgencia, pero tras liquidar todo el patrimonio inmobiliario de los Villagra, al menos disponía de fondos suficientes para mantener la operación durante el próximo semestre. Si esos recursos retornaban oportunamente, la empresa podría sostenerse un tiempo adicional.
Inspiró profundamente y contactó a Laura sin dilación, proponiendo una reunión donde expresaría su interés inversor. La otra parte aceptó con sorprendente rapidez, acordando lugar y hora para el encuentro.
Al llegar, Anaís quedó impactada por la juventud y belleza radiante de Laura. Con un destello de perspicacia en su mirada, esbozó una sonrisa calculada.
-Señorita Laura, ¿nunca pensó en entrar al mundo del espectáculo? Si debutara, sería un éxito garantizado.
Aquel día, Laura vestía con la sobriedad propia de una ejecutiva. A diferencia de la estética gélida que caracterizaba a Anaís, la apariencia de Laura oscilaba magistralmente entre lo seductor y lo deslumbrante, alcanzando un equilibrio perfecto.
-Ya estoy casada, no me conviene meterme en ese ambiente.
Anaís tomó asiento y solicitó café para ambas. Fue entonces cuando escuchó la inesperada pregunta de Laura.
-Anaís, parece que de verdad perdiste la memoria.
La sorpresa se dibujó brevemente en el rostro de Anaís, quien elevó la mirada hacia su interlocutora.
Laura sonrió con enigmática complicidad, apoyando delicadamente una mano bajo su barbilla. -Somos amigas, ¿no crees que por eso acepté verte? Mi tiempo vale oro.
-¿Muy buenas amigas?
-Depende cómo lo definas. Pero diría que somos confidentes. Cuando mi antigua empresa me estafó, tú pagaste los cuarenta millones de pesos de multa. Mi familia me dio la espalda, pero tú me apoyaste.
Pronunció estas palabras sin rastro de adulación, acompañadas de una sutil sonrisa y
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rodeadas por su imponente presencia.
Anaís realmente no conservaba memoria alguna sobre sus acciones pasadas. Por los comentarios de la familia Villagra y los amigos de Roberto, solo conocía la percepción generalizada sobre ella: una aduladora oportunista cuya existencia había transitado por caminos humillantes. Pero sobre sus verdaderos actos y motivaciones, nadie parecía tener
conocimiento cierto.