Capítulo 375
Raúl soportó el dolor mientras se acomodaba en una silla cercana y organizó con cuidado. todos los libros sobre la mesa. Había más de diez volúmenes gruesos, cada uno repleto de casos reales de negocios que exigirían toda su concentración y dedicación para comprenderlos.
Lucía había seleccionado meticulosamente aquellos textos, consciente de que su futuro matrimonio con Raúl dependería del éxito que él pudiera alcanzar; cuanto mejor le fuera a él en los negocios, más cómoda y próspera sería su propia vida.
-¿De verdad los vas a leer todos? ¿Y Anaís prometió que cuando termine podré verla?
Terminar aquella colección tomaría al menos seis meses, tiempo suficiente para que, probablemente, Anaís ya hubiera decidido liberar a Raúl de su encierro.
-Sí, eso dijo. También me pidió que te dijera que no la defraudes.
Raúl inhaló profundamente mientras su mirada se transformaba, adquiriendo una determinación que no había mostrado desde su llegada.
-No pienso decepcionarla.
Durante los tres días siguientes, Lucía cumplió religiosamente con sus visitas diarias. Como Anaís no había contactado al personal de seguridad, estos asumieron que la joven efectivamente era su enviada y no cuestionaron su presencia. Además, ella simplementer conversaba con Raúl cada día, sin comportamientos que despertaran sospechas.
Lo que ignoraban era que pasar tantas horas juntos inevitablemente generaría un vínculo emocional, especialmente en alguien como Raúl, que aún no alcanzaba los veinte años y se encontraba en una situación de extrema vulnerabilidad.
El plan de Anaís era sencillo: quería asegurarse de que su hermano aprendiera verdaderamente de sus errores antes de visitarlo cuando cumpliera los veinte años, marcando así un nuevo
comienzo en su vida.
Raúl estudiaba con dedicación cada día, sintiendo una profunda gratitud hacia Lucía por su compañía constante. En los momentos en que el dolor lo atormentaba, ella lo animaba a no rendirse, recordándole que Anaís jamás querría verlo derrotado. Esas palabras se convirtieron en el pilar que le impedía derrumbarse por completo.
Mientras tanto, Anaís se sumergía en sus ocupaciones profesionales. Tras finalizar varios acuerdos de inversión con Laura, comenzó a buscar activamente oportunidades de colaboración con otras empresas del sector. Sin embargo, no esperaba que Efraín la contactara por iniciativa propia.
-¿Necesitas hacer negocios?
Su voz mantenía ese tono controlado que la caracterizaba.
Anaís comprendió inmediatamente que aquello no era una pregunta casual. Con un simple
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gesto de Efraín, la familia Villagra podría asegurar su estabilidad financiera durante una década completa.
-Sí, ¿el señor Lobos está interesado en ayudar?
Efraín guardó silencio unos segundos antes de responder.
-A las siete, en La Luna.
Los ojos de Anaís brillaron mientras asentía rápidamente.
-¿Debo preparar algo en especial?
-No hace falta.
Tras esas palabras, cortó la llamada abruptamente, como si cada segundo adicional de conversación resultara insoportable.
Anaís intuyó que quizás Efraín seguía molesto por los acontecimientos recientes. Se aplicó un maquillaje sutil y se dirigió al centro comercial para comprar un obsequio apropiado. Para alguien de su posición, el regalo no podía ser cualquier cosa; un reloj resultaría demasiado común, y uno económico sería inadecuado para su estatus.
Optó por unos gemelos de plata con detalles en azul que costaban veinte mil pesos, una excelente calidad para ese tipo de accesorios. Después de efectuar la compra, salió del establecimiento y descubrió un pequeño puesto callejero donde vendían frijoles rojos tratados
para conservarse.
Al lado ofrecían hilo fino para ensartarlos manualmente. Anaís se sintió inexplicablemente atraída hacia aquellos humildes materiales. Se agachó y comenzó a seleccionar
cuidadosamente los frijoles, examinando cada uno contra la luz del sol para asegurarse de que estuviera perfecto, sin rastros de daños o perforaciones.
Siguiendo las instrucciones del vendedor, los ensartó con delicadeza en una fina cuerda roja. Era un trabajo minucioso que requería paciencia, pero pensó que a Z le encantaría ese detalle personal. Tras completar la primera cadena, empezó a seleccionar más frijoles para crear otra para ella misma, formando así un conjunto de pareja.
Mientras trabajaba en la segunda cadena, percibió pasos aproximándose a su espalda. Inicialmente no reaccionó hasta que escuchó la voz sarcástica de Samuel.
-¿No es ella? ¿La familia Villagra ha caído tan bajo que ahora vendes frijoles frente a tiendas de lujo?
Anaís frunció el ceño y giró para encontrarse con Samuel y, no muy lejos detrás de él, Efraín. Era una coincidencia que ambas familias, Lobos y Córdoba, estuvieran colaborando y que ambos hombres se encontraran allí realizando una inspección.
Samuel se sorprendió ligeramente, pues en situaciones como aquella normalmente sería Lucas quien asistiera, no esperaba que Efraín apareciera personalmente, lo cual resultaba bastante inusual.
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Estaba demasiado desinteresado para analizar aquello con profundidad. Ver a Anaís sin lanzar algún comentario mordaz le resultaba incómodo, como una oportunidad desperdiciada.
Anaís permanecía en cuclillas, con las cuentas rojas recién ensartadas colgando delicadamente de su dedo meñique. Samuel las tomó sin permiso, jugando con ellas despreocupadamente.
-¿A quién piensas regalar esta basura?
Anaís respiró profundamente mientras se incorporaba y recuperaba su trabajo con determinación.
-Señor Córdoba, eso es demasiado.
Efraín intervino entonces con voz firme.
-Samu.
Samuel resopló con desdén, encogiéndose de hombros antes de girar para regresar junto a Efraín. Al ingresar al centro comercial, no pudo contener su curiosidad.
-Parece que de verdad piensa regalárselo a alguien. Si alguna mujer me diera algo así, lo tiraría sin pensarlo. Es completamente indigno.
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