Capítulo 376
-¿Una pulsera hecha de frijoles rojos perforados y ensartados a mano? Si alguien la usara, sería el hazmerreír de todos.
Efrain permaneció en silencio, aunque por el rabillo del ojo todavía observaba a Anaís, quien seguía agachada junto a la ventana, seleccionando con meticulosa atención cada frijol para su siguiente pieza artesanal. Tras completar la selección de su propio conjunto, Anaís se colocó inmediatamente la pulsera en la muñeca. Al incorporarse, sintió un leve entumecimiento en piernas y pies por haber permanecido en cuclillas demasiado tiempo. Su piel, inmaculada y blanca como porcelana, contrastaba intensamente con los frijoles rojos que adornaban su muñeca, realzando aún más su palidez, semejante a nieve recién caída sobre un campo
invernal.
Consciente de su cita con Efraín a las siete y notando que la hora se aproximaba, decidió esperar exactamente donde estaba. Transcurrida una hora, tal como esperaba, Efraín y Samuel emergieron por la puerta principal del centro comercial. Al verla, Samuel frunció el ceño con evidente disgusto.
Anaís se posicionó discretamente tras Efraín, evitando el contacto visual con Samuel.
-¿Vamos ya hacia La Luna, señor Lobos?
Efraín respondió con un casi imperceptible “mm” de asentimiento, y ella lo siguió prestamente hacia el automóvil. Lucas conducía al frente, mientras Samuel ocupaba el asiento trasero. Tras un momento de reflexión, Anaís decidió entregar su obsequio.
-Le traje un pequeño detalle, señor Lobos. Es una disculpa formal por el asunto con Lucía.
El par de gemelos, evidentemente de marca prestigiosa, reposaba en una elegante caja de regalo que delataba su valor.
-Dicen que la familia Villagra anda corta de dinero últimamente, pero veo que no escatimaste en gastos comentó Samuel con una risa mordaz desde su asiento.
Efraín contempló la caja sin tomarla, su mirada desviándose hacia la muñeca de Anaís donde la pulsera de frijoles rojos resplandecía como pequeñas llamas encadenadas, vibrantes y sorprendentemente cautivadoras. Anaís mantuvo la mano extendida por un tiempo incómodo, pero él no hacía ademán de aceptar el regalo. Justo cuando buscaba palabras para salir del embarazoso momento, Efraín finalmente tomó la caja, depositándola a su lado con absoluta indiferencia.
Samuel, visiblemente complacido por la incomodidad de la situación, no pudo contenerse.
-Deberías sentirte afortunado, Efraín. Al menos no te tocó esa pulserita barata -luego giró hacia Anaís-. ¿Y esa pulsera? ¿A quién piensas dársela?
Anaís respiró profundamente; Samuel le resultaba insoportable con su ostentación y falta de consideración hacia los demás. Optó por no responder, lo que solo alentó a Samuel a continuar con su monólogo.
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Capitulo 376
-¿Es para tu novio secreto? Mira, tanto hombres como mujeres prefieren regalos caros; mientras más caro, más significativo. Le das a Efraín algo de miles de pesos, pero a tu novio le regalas una cosita de puesto callejero. Si se enterara, ¿no se sentiría menospreciado? ¿Tan mal está la familia Villagra?
-Es que el señor Córdoba simplemente no entiende.
Samuel había disfrutado de privilegios desde la infancia; nadie osaba desafiarlo, y mucho menos sugerir que carecía de entendimiento sobre algo. Desde pequeño, en el seno de la familia Córdoba, había sido instruido en innumerables disciplinas, preparándolo como digno heredero. Su mayor tropiezo vital fue aquel matrimonio arreglado por su familia tres años atrás, uniéndolo a una completa desconocida. Sin ese obstáculo, su existencia hubiera sido impecable.
Ahora, una mujer que era objeto de burlas en su círculo afirmaba que él no entendía. ¿No entendía qué exactamente?
Dominaba la equitación, el ajedrez, el golf, las finanzas, la gestión… era experto en prácticamente todo.
La situación le parecía hilarante, y se reclinó cómodamente en su asiento.
-A ver, explícame qué es lo que no entiendo. Anaís, esta noche vas a reunirte con un socio comercial, y este proyecto es algo que estoy facilitando solo por consideración a Efraín. Si tu respuesta no me convence, ni siquiera por él lo haré.
Anaís ya lo sospechaba vagamente. Apretó los labios antes de responder.
-No entiende nada de sentimientos.
Samuel proyectaba la imagen de un consumado mujeriego, pero hubo un tiempo en que amó sinceramente. En el pasado, había estado profundamente enamorado de una joven, pero la insistencia de su abuelo en imponerle una esposa lo obligó a romper con su primer amor. Huyó al extranjero durante tres años, solo para descubrir posteriormente que aquella mujer se había casado en el exterior, y desde entonces jamás volvió a verla.
Samuel albergaba un profundo resentimiento. Apenas regresó a su país, buscó compañía femenina para satisfacerse, planeando una silenciosa venganza contra aquel matrimonio forzado de años atrás. Sin embargo, tras varias noches, descubrió que realmente congeniaba con su actual compañera.
-¿Y cómo se supone que debo entender el amor? ¿Mujeres? Si ella es experimentada, me hago el inocente; si es ingenua, actúo picante. Solo hago lo contrario. Ni siquiera necesito entenderlo. La mayoría de las veces basta con soltar montones de dinero y ellas vienen
solitas.
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