Capítulo 377
ncluso si viajara al extranjero, siempre habría una legión de mujeres persiguiéndolo. Apenas aparecía su lujoso automóvil, surgían innumerables féminas fingiendo confundirse de vehículo. Verdaderamente no necesitaba comprender la naturaleza del amor, lo consideraba un sentimiento trivial. Para él, lo primordial era su propia satisfacción, nada más.
Anaís sonrió. ¿Quién dictaminó que el amor profundo floreciera exclusivamente en familias acaudaladas? Para estos herederos de fortunas, el dinero representaba solo una secuencia de cifras, y las mujeres se reducían a simples caracteres en su inventario personal. Ellas evoloteaban a su alrededor como abejas atraídas por el néctar, y con tal abundancia de opciones, la sinceridad se desvanecía entre juegos de seducción e interés.
Dirigió su mirada hacia el exterior con expresión desapegada.
-Es porque todavía no encontraste a tu favorita. Cuando eso pase, vas a querer hacer mil cosas por ella. En ese momento, te va a importar si te regala cosas caras por el dinero o >orque realmente le naces. Entre más caro el regalo, más indiferente te vas a sentir y más te ra a doler.
Al escucharla, Efraín parpadeó y la observó disimuladamente por el rabillo del ojo antes de
desviar su atención nuevamente.
Samuel, con la cabeza recargada en su mano y el ceño fruncido, parecía sumergido en profundas reflexiones. Tras unos segundos de silencio, finalmente esbozó una sonrisa.
-No creo que sea tan complicado. Prefiero los regalos caros y de buena calidad, punto.
Apenas terminó de hablar, su celular vibró con una notificación entrante.
Había planeado encontrarse con su amante esa noche, pero últimamente ella parecía estar >cupada; ni siquiera le había enviado un mensaje. Samuel había compartido intimidad con ella aproximadamente diez veces, y siempre habían disfrutado mutuamente. Lo que más le complacía era que ella nunca iniciaba el contacto; cada vez que él la deseaba, simplemente le enviaba un número de habitación.
Este método le resultaba extremadamente conveniente, ya que realmente detestaba lidiar con mujeres pegajosas. Su único propósito era que la familia Córdoba supiera sobre sus aventuras para así facilitar su divorcio.
Sin embargo, después de tantos encuentros, justo cuando comenzaba a desarrollar cierto afecto, la actitud de ella continuaba siendo invariablemente distante.
Respiró profundamente al leer que ella no podría acudir esta noche por compromisos previos. Ya llevaban medio mes sin verse. ¿Acaso ella ya no lo deseaba?
Contempló la pantalla y cedió al impulso de preguntarle:
[¿Con qué estás tan ocupada que no puedes verme?]
No obtuvo respuesta.
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Capitulo 377
Diez minutos después, continuaba sin recibir contestación; su mensaje parecía haberse perdido en la inmensidad digital.
Samuel solo percibió un nudo en la garganta, imposible de expulsar o tragar. Pensaba que ya era lo suficientemente indiferente, pero jamás esperó encontrar a alguien aún más glacial que
él.
Su expresión se transformó en desagrado y, recordando la presencia de Anaís en el vehículo, emitió un resoplido de fastidio.
-Las mujeres son un problema. Especialmente ese adorno que tengo en casa, ni siquiera sé
cómo es su cara.
Anaís permaneció callada, temerosa de tocar algún punto vulnerable en él.
El automóvil se detuvo frente a La Luna, y los tres ingresaron al salón más privado del
establecimiento.
Apenas Anaís tomó asiento, Samuel le arrojó un contrato con tono hostil.
-Firmalo y vete. No quiero verte esta noche.
Al examinar el documento, comprendió que la familia Villagra ciertamente obtendría beneficios sustanciales, al menos mil millones. Algo desconcertada, dirigió su mirada hacia Efraín, quien había permanecido en silencio toda la velada; él también parecía malhumorado.
-Gracias, señor Lobos.
Efraín ni siquiera la miró; su vista permanecía fija en la muñeca de ella, absorto en sus pensamientos.
Anaís firmó el documento, se incorporó y se despidió antes de marcharse.
Sintiéndose incómoda por el estado anímico de Efraín, prefirió no permanecer allí y arriesgarse a provocar su furia. Se retiró apresuradamente, como si cada segundo adicional en aquel lugar le resultara insoportable.
Samuel colocó el contrato junto a las bebidas preparadas, con tono mordaz.
-No entiendo por qué la ayudas, no puede ser solo por Rober.
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