Capítulo 380
Lo que siguió fue casi inevitable; últimamente había descuidado demasiado a esta persona. Anaís tomó con naturalidad el medicamento de la gaveta contigua y comenzó a ingerirlo cuando escuchó su pregunta.
-¿Qué estás tomando?
Su mano permanecía anclada en la cintura de ella, cálida y posesiva.
En la mente de Anaís, Z era simplemente un camarero común; hasta ahora no había distinguido claramente sus facciones, seguramente ordinarias como imaginaba, pero sorprendentemente poseía un cuerpo que despertaba algo primario en ella cada vez que lo contemplaba.
-Anticonceptivos.
La mano masculina se tensó imperceptiblemente sobre su piel.
-¿No quieres tener hijos?
Anaís ya había tragado la pastilla, el sabor amargo disolviéndose en su garganta.
-No, no es el momento todavía.
-Pero no deberías tomar eso. Dicen que te hace daño. ¿Por qué no los tomo yo?
La sorpresa atravesó a Anaís; no esperaba tal nivel de consideración de su parte. Sabía que existían opciones anticonceptivas masculinas en el mercado. Una sonrisa tenue se dibujó en sus labios mientras volvía a recostarse entre sus brazos.
Tenía absoluta claridad mental respecto a ese tema: jamás había contemplado seriamente la posibilidad de hijos. Al menos no durante los próximos cinco años.
Un bostezo escapó de su boca. La noche había sido extenuante y ahora el cansancio reclamaba su cuerpo sin piedad.
Cuando estaba deslizándose hacia el sueño, lo escuchó preguntar:
-¿No te gustan los niños?
-No es eso. Solo que voy a estar concentrada en la empresa estos años. Tengo muchas reuniones con clientes y no es buen momento para embarazarme.
Giró su cuerpo hasta quedar con la espalda pegada al pecho masculino. Cuando él hablaba, su barbilla descansaba sobre su cabeza, creando una intimidad que resultaba extrañamente reconfortante.
Z inclinó el rostro, pensativo, y depositó un beso suave sobre su cabello.
-Duérmete.
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Anaís había asegurado varios contratos recientemente. Uno con Laura y otro con Samuel,
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suficientes para mantener a flote a la familia Villagra durante dos años. Solo necesitaba encontrar la dirección correcta para el futuro del clan y lograr que Rodrigo diera lo mejor bajo su liderazgo.
Miraba hacia el futuro con inquebrantable confianza.
Mientras tanto, Raúl había memorizado un libro completo esa noche.
La sensación era insoportable. El dolor que por momentos estallaba en su cuerpo resultaba verdaderamente mortal.
Un sufrimiento constante que solo podía mitigar arañando su propia piel, deseando desgarrarla en jirones para liberarse de aquella tortura invisible.
Esa noche, Lucía había traído algunas botellas de vino, sugiriendo que si realmente se sentía mal, intentara beber para comprobar si ayudaba a mitigar el tormento.
Aunque en el pasado Raúl había mostrado cierta rebeldía juvenil, rara vez consumía alcohol fuerte. Ahora no tenía más alternativa que probarlo.
Inspiró profundamente y bebió media botella de un solo trago.
Lucía, observándolo con la mirada perdida en el vacío, curvó sus labios en una sonrisa glacial antes de llamar a Fabiana.
-¿Lo hacemos esta noche?
El ceño de Fabiana se contrajo en un gesto de enfado.
-¿No te dije que solo me llamaras si era urgente? Hazlo cuando creas que puedes lograrlo. Raúl es mucho más fácil que su hermana. Si estás con él cuando más te necesita, te va a
valorar toda la vida.
A Lucía le desagradaba profundamente el tono condescendiente de Fabiana, pero debía reconocer que aquella mujer era extraordinariamente competente.
Después de finalizar la llamada, se acomodó lentamente junto a Raúl.
Él no había experimentado aún el amor físico, así que cuando la mano de Lucía lo tocó, su cuerpo se petrificó completamente.
Lucía poseía un atractivo considerable; de lo contrario, Anaís jamás la habría seleccionado
como sustituta.
Esa noche, después de ordenar que los vigilantes externos se retiraran, lo besó sin preámbulos. Raúl no tuvo tiempo de reaccionar antes de que todo hubiera ocurrido ya.
A la mañana siguiente, despertó sujetándose la cabeza, que parecía a punto de explotar, y de inmediato percibió otra presencia en su lecho.
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Capitulo 380
Se quedó petrificado y, presa del pánico, casi se precipita fuera de la cama.
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