Capítulo 381
Lucía despertó al mismo tiempo, frotándose los ojos con suavidad. Su cuerpo no mostraba marcas evidentes, pues Raúl, inexperto en esos asuntos, carecía del conocimiento para dejarlas. Permaneció confundida varios segundos antes de levantarse bruscamente, con el rostro pálido y desorientado.
Su reacción convenció a Raúl de que, bajo los efectos del alcohol, había cruzado límites la noche anterior. Era su primera experiencia íntima con una mujer y se sentía completamente perdido.
De pronto, Lucía se desplomó de rodillas en el suelo.
-Si no quieres volver a verme, desde hoy desaparezco de tu vida.
La soledad había sido una constante para Raúl últimamente. Añoraba ver a Anaís, necesitaba su presencia. Pero ella ni siquiera lo llamaba, dejándolo sumido en confusión y dolor. La aparición de Lucía trajo un soplo de aire fresco capaz de mitigar su sufrimiento, aunque jamás imaginó establecer este tipo de vínculo con ella. Ahora solo sentía pánico e indecisión.
Por un momento consideró llamar a Anaís para pedirle consejo, pero Lucía, arrodillada, comenzó a golpear su frente contra el suelo.
-¿Podrías no decirle a Anaís sobre esto? No quiero que piense que soy esa clase de mujer.
Raúl solo podía concentrarse en su insoportable dolor de cabeza. Al ver sangre en la frente de Lucía, sintió compasión por ella. Los hombres suelen desarrollar un vínculo especial con su primera mujer. Respiró profundamente mientras presionaba sus sienes.
-Dame un momento para calmarme.
Lucía se secó las lágrimas discretamente.
-Está bien, me voy ahora mismo.
Se levantó tambaleante, casi cayendo debido a su malestar físico. Raúl la sostuvo rápidamente, con preocupación en su rostro.
-¿Estás bien?
Desconocía lo ocurrido la noche anterior y temía haberla lastimado. La mancha rojiza en las sábanas resultaba alarmante; también era su primera vez.
Lucía negó lentamente con la cabeza, manteniendo su palidez.
-Estoy bien, solo me siento mareada.
Raúl sirvió agua caliente del dispensador y la acercó a sus labios.
-Toma un poco de agua.
El rostro de Lucía reflejó sincera gratitud.
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-Gracias.
La inquietud consumía a Raúl. Temía que Anaís descubriera lo sucedido y, simultáneamente, que nunca volviera a verlo. Permanecieron en silencio durante una hora completa hasta que Lucía finalmente se marchó.
Incierta sobre el éxito de su plan, tocó su vientre con la esperanza de haber quedado embarazada inmediatamente.
Tras la partida de Lucía, la ansiedad se apoderó de Raúl. Golpeó la ventana intentando llamar la atención de sus vigilantes, pero solo después de que sus palmas enrojecieran, alguien acudió.
-¿Necesita algo?
Raúl sentía un dolor tan intenso en su garganta que sus ojos estaban enrojecidos.
-¿Anaís se ha comunicado con ustedes?
El guardia suspiró profundamente.
-Cuando cumpla veinte años, la señorita Villagra vendrá personalmente por usted.
Raúl apretó los labios y se encogió lentamente, proyectando desamparo.
-Necesito verla ahora, tengo algo muy importante que decirle.
-Ya es hora de que aprenda a caminar por su cuenta, no puede depender siempre de los demás.
Raúl comprendía que había arruinado todo antes, y ahora lo hacía nuevamente. Presentía que Lucía representaría un grave problema, pero ¿cómo había ocurrido lo de anoche?
Sus ojos enrojecidos reflejaban su desesperación.
-Díganle que voy a cambiar, lo digo en serio. No volveré a tocar esa cosa, prefiero morir. ¿Podría venir a verme, aunque sea una vez?
Solo para asegurarse de que no lo había abandonado.
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