Capítulo 382
El guardia no tuvo más remedio que comunicarse con Anaís, resignado ante la insistencia de Raúl. Ella se encontraba absorta revisando documentos del proyecto Córdoba cuando la notificación iluminó su pantalla. Dudó unos segundos, su dedo suspendido en el aire antes de aceptar la llamada con gesto contrariado.
-¿Qué sucede?
-Señorita Villagra, el estado mental de su hermano parece estar deteriorándose.
Anaís frunció el ceño mientras apartaba los documentos, súbitamente alerta. La preocupación oscureció su mirada como una sombra pasajera.
-¿Qué le pasa exactamente?
El guardia, convencido de que Lucía había sido enviada por órdenes de Anaís, omitió cualquier
detalle sobre la visita.
-Solo quiere verte desesperadamente.
Anaís inhaló profundamente, conteniendo la mezcla de frustración y afecto que siempre le provocaba su hermano.
-Que aguante. Necesita aprender la lección esta vez. Además, lleva tiempo sin contacto con esas sustancias. Con suficiente determinación, debería poder recuperarse.
El guardia miró la puerta cerrada de la habitación, donde sabía que Raúl esperaba, y exhaló un suspiro cargado de compasión.
-Señorita Villagra, si tiene oportunidad, debería visitarlo. Al final, es su hermanito.
Anaís masajeó sus sienes, cediendo finalmente.
-Iré por la tarde.
Terminó ágilmente los pendientes y estaba por salir cuando su teléfono vibró con una llamada de Miguel.
-Presidenta Villagra, tenemos problemas con Rodrigo. Desde ayer no responde mis llamadas.
Anaís giró el volante inmediatamente, desviando su ruta hacia la Universidad de San Fernando del Sol para buscar a Rodrigo. Al llegar y tocar la puerta de su habitación, descubrió que tenía fiebre alta.
Se posicionó junto a su cama, comprobó su temperatura con el dorso de la mano y abrió la puerta del balcón para ventilar la sofocante habitación.
-¿Con semejante fiebre y no dejas que tus compañeros te ayuden?
La testarudez de Rodrigo resultaba desconcertante en momentos como este.
-No necesito que te preocupes por mí, presidenta Villagra -apartó la mano de Anaís con un
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movimiento brusco, su voz rasposa quebrándose en un ataque de tos.
Anaís comprendió repentinamente que era como un erizo: incapaz de mostrar vulnerabilidad ante nadie. No quería que sus compañeros lo vieran así, probablemente porque su relación con ellos era inexistente o tensa. Recordando el incidente con Raúl, una sensación incómoda se instaló en su pecho. ¿Estarían Raúl y los demás aislándolo deliberadamente?
Este tipo de exclusión era típico en niveles educativos inferiores, cuando la inmadurez colectiva podía manifestarse con crueldad. Pero los universitarios deberían tener criterio propio, ¿no?
Sin atreverse a preguntar directamente, se dirigió a la enfermería para conseguir medicamentos. Al regresar, se encontró con algunos compañeros de habitación de Rodrigo, quienes la observaron con evidente sorpresa.
-¿Y tú quién eres?
-Soy familiar de Rodrigo. Tiene fiebre y vine a cuidarlo.
La incredulidad se reflejó en sus rostros. Uno de ellos la examinó descaradamente de arriba abajo, notando tanto su belleza como la calidad de su vestimenta.
-¿Qué tipo de familiar? Pareces más bien su sugar mama.
Anaís comprendió entonces que Rodrigo no era simplemente impopular; su situación era verdaderamente adversa. Frunció momentáneamente el ceño antes de esbozar una sonrisa
afilada.
-¿Tan seguro estás? ¿Será que tú también le entras a eso? Quizá una sugar mama preferiría a Rodrigo sobre ti, muchachito.
El rostro del joven se encendió instantáneamente, balbuceando con indignación mal disimulada.
-¿De qué te sientes tan orgullosa? ¡Solo porque tienes dinero!
Anaís avanzó un paso hacia él. Al tenerla tan cerca, el chico enrojeció aún más, incapaz de articular nuevas ofensas ante su imponente presencia. Normalmente acostumbrados a intimidar a Rodrigo, ahora no podían ni sostener la mirada frente a una mujer de semejante presencia.
-Chicos, son jóvenes todavía -dijo Anaís, dándole una palmada condescendiente en el hombro. No hay necesidad de hablar así. Entiendo que tienen envidia de Rodrigo, pero tranquilos. Cuando arregle sus asuntos, les presentaré otras sugar mamas. Aunque quizá no tengan su suerte y les toque alguna de sesenta años, ¿les parece bien?
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