Capítulo 383
El chico temblaba de rabia, con los hombros crispados y los ojos inyectados en sangre, pero fue incapaz de articular una sola palabra en su defensa. Sus compañeros lo jalaron discretamente de la manga, indicándole con gestos nerviosos que abandonara la discusión antes de hundirse más en su propia vergüenza.
Anaís, con un gesto de displicente victoria, empujó la puerta del dormitorio y entró con paso decidido. Al levantar la mirada, encontró a Rodrigo ya incorporado en la cama, con las mejillas encendidas por la fiebre y una expresión de abatimiento que le transformaba el rostro.
-Tómate la medicina. Tu salud es lo más importante ahora -dijo Anaís mientras llenaba un vaso con agua y lo acercaba a sus labios, dejando las pastillas para la fiebre a su alcance.
Rodrigo, sin embargo, mantenía la mirada fija en sus compañeros de cuarto, quienes exhibían una expresión incómoda al saberse descubiertos. Eran conscientes de que había escuchado toda la discusión en la puerta. No obstante, como habían pasado un año entero tratándolo con indiferencia, apenas intercambiando palabras esenciales, su incomodidad se desvaneció rápidamente y volvieron a sus actividades habituales.
-¿Quieres rentar un lugar fuera de la universidad? -preguntó Anaís, aparentando no notar la tensión que flotaba en el ambiente del dormitorio. Solo se permitió relajarse cuando vio que Rodrigo finalmente tomaba su medicina.
-¿En serio quieres que todos piensen que alguien me mantiene? -respondió él con voz queda, mientras sus pestañas temblaban ligeramente.
Anaís soltó una risa breve; este muchacho conservaba intacto su orgullo.
-Aunque lo niegues, ¿crees que van a dejar de pensarlo? No tienes que dar tantas explicaciones.
Rodrigo se levantó bruscamente de la cama, inspirando profundamente varias veces, como si quisiera refutar algo pero no encontrara las palabras precisas para hacerlo.
-También podrías rentar algo dentro del campus. Cuando fui a la enfermería, pregunté y me dijeron que hay varios edificios de apartamentos cerca de donde tomas clases. Así no tendrías que ver a estos compañeros tan desagradables -insistió Anaís mientras comenzaba a empacar las pertenencias de Rodrigo.
-Señorita, seguimos aquí. ¿Nos considera muertos o qué? -intervino finalmente uno de los compañeros de cuarto, incapaz de contenerse más, con una tos forzada que revelaba su irritación.
Pero Anaís continuó recogiendo las cosas de Rodrigo como si no hubiera escuchado nada. El joven ni siquiera reaccionó. Siempre había tenido pocas pertenencias; durante los últimos dos años, para evitar conflictos con sus compañeros, incluso bajaba a lavar su ropa solo, lejos de miradas hostiles.
-Vámonos -indicó Anaís tras empacar todo en menos de diez minutos.
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20.11
Rodrigo abrió la boca, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
Desde el momento en que decidieron buscar un nuevo alojamiento hasta que se instalaron en él, transcurrió menos de media hora. La profesora encargada de los alquileres, cautivada por la belleza de Anaís, accedió de inmediato a sus peticiones, y ambas sostuvieron una animada conversación mientras completaban el papeleo. Rodrigo, en absoluto silencio, preparaba su cama mientras escuchaba el intercambio, con una mirada cargada de emociones contradictorias.
Anaís tomó una escoba cercana y comenzó a limpiar metódicamente el espacio de aproximadamente sesenta metros cuadrados. Al terminar, bajó para desechar la basura acumulada.
En ese preciso instante, el celular sobre la cama emitió su llamada. Rodrigo, creyendo que era el suyo, respondió por inercia.
-Hola, soy Rodrigo.
Era su saludo habitual al contestar, pero lo que jamás esperó fue que, tras unos segundos de desconcertante silencio, una voz desesperada estallara al otro lado de la línea.
-¿Por qué tienes el celular de Anaís? ¿Qué le hiciste? -el tono sonaba urgente, cargado de furia apenas contenida.
Rodrigo observó el dispositivo y comprendió su error: había contestado el teléfono de Anaís.
-Me equivoqué de teléfono -respondió con labios tensos, cortando inmediatamente la
comunicación.
Para Raúl, aquel corte abrupto desató un pánico devastador. ¡Significaba que Anaís lo había abandonado! Había ido en busca de Rodrigo para reemplazarlo como hermano. Sus piernas cedieron bajo el peso de esta revelación, y cayó de rodillas al suelo, sacudido por temblores
incontrolables.
Rodrigo contempló el celular en su mano, reflexionó brevemente y decidió eliminar toda evidencia de su error, borrando meticulosamente el registro de llamadas.
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