20.13
Capítulo 385
Anaís regresó precipitadamente a la habitación donde Raúl se encontraba y lo sujeto con firmeza del cuello de la camisa, sintiendo una mezcla de alarma e inquietud que le recorría el
cuerpo.
-¿Lucía te dio de comer mientras estuvo aquí?
Raúl sintió el dolor en su cuello, pero respondió con sumisión:
-Solo me trajo comida casera, todo el personal la vio. ¿No la mandaste tú para acompañarme? La inquietud seguía atormentando a Anaís, así que llamó inmediatamente al médico para una revisión exhaustiva. Únicamente cuando confirmó que Raúl estaba en perfectas condiciones pudo exhalar con alivio.
-¿Pasó algo raro entre ustedes?
Lucía no habría venido sin motivo alguno. ¿Habría algo más allá de intentar desviar a Raúl nuevamente por senderos oscuros?
El rostro de Raúl se tiñó brevemente de incomodidad antes de bajar la mirada con rapidez.
-No, nada pasó.
Anaís, sin considerar cuestiones de índole romántica, estaba convencida de que Lucía había aparecido para tentar a Raúl a recaer en sus adicciones. Afortunadamente, su plan había fracasado hasta ahora.
Convocó a todos los guardias a la habitación con determinación.
-A partir de este momento, nadie está autorizado a verlo excepto yo.
Al escuchar estas palabras, Raúl experimentó un destello fugaz de alegría, pero luego intentó
defender a Lucía con timidez.
-¿Lucía no es tu amiga? Me trajo varios libros, ya los leí todos y me sirvieron mucho.
-¡Cállate ya!
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Anaís al imaginar lo que podría haber sucedido. Verificó múltiples veces con el médico el estado de Raúl y luego insistió categóricamente a los guardias:
-¿Entendieron? Nadie lo visita solo. La comida la lleva uno de ustedes personalmente.
Los guardias también se estremecieron ante la gravedad de la situación. Con esta advertencia, resultaba evidente que Lucía no representaba una verdadera amistad para Anaís.
-Sí, señorita Villagra.
Anaís amaba profundamente a Raúl, y además llevaba grabadas las últimas palabras de
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Capitulo 385
Héctor, por lo que no podía permitirse ninguna negligencia. Raúl había crecido en un entorno tan protegido que carecía de defensas contra las intenciones ajenas.
Le revolvió el cabello con un gesto de ternura genuina.
-Cuando cumplas veinte, vengo por ti. Si quieres leer más, le digo a Miguel que te traiga libros. Raúl había contemplado confesar lo ocurrido entre él y Lucía, pero viendo que Anaís finalmente mostraba una mejor disposición hacia él, temía decepcionarla con la verdad de sus acciones.
Ella ya había visitado a Rodrigo, quien no era una buena persona; era como un depredador disfrazado de mansedumbre. Rodrigo lo despreciaba y anhelaba sustituirlo, razón por la cual había contestado aquella llamada telefónica.
Pretendía arrebatarle a Anaís.
Raúl cerró los puños con determinación. No podía permitir que Anaís descubriera lo sucedido.
-¿Raúl?
Anaís lo llamó repetidamente, observando su distracción, y le propinó una bofetada para devolverlo a la realidad.
-¿Me estás escondiendo algo?
Raúl negó con la cabeza y esbozó una sonrisa repentina:
-Te voy a esperar. Te prometo que voy a cambiar. Cuando salga, quiero conocer a tu novio, ¿sí? Anaís suspiró aliviada, convencida de que verdaderamente no existía ningún problema, y
asintió con la cabeza.
Al volver al automóvil, su espalda estaba empapada de sudor frío. Condujo hasta su residencia, se dio una ducha reparadora y le pidió a Miguel que enviara algunos libros sobre finanzas. Después continuó trabajando intensamente en el proyecto con la familia Córdoba.
Al caer la noche, alguien golpeó la puerta de su casa con insistencia.
Revisó la cámara de seguridad, pero no logró distinguir a nadie. Al abrirla, notó una pequeña mancha de sangre, como si alguien hubiera golpeado apresuradamente antes de huir.
Cerró la puerta y rebobinó la grabación, pero sorprendentemente, la imagen aparecía distorsionada como si hubiera sufrido interferencia, mostrando únicamente estática.
El hombre había saltado desde la azotea de ese edificio al contiguo, ya gravemente herido. Apenas consiguió llegar donde su gente lo esperaba, sosteniendo su pecho ensangrentado.
Aquel disparo casi le arrebata la vida.
Su rostro estaba mortalmente pálido mientras escuchaba la pregunta de su acompañante:
-¿Señor Lobos, respondemos al ataque?
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Capitulo 385
Andrés Lobos soltó una risa cargada de amargura y negó con la cabeza. Desde su regreso a San Fernando del Sol, había enfrentado varios intentos de asesinato diariamente. Aparte de Efraín, no podía considerar a nadie más como responsable.
Efraín, al sostener aquella fotografía, temía que su secreto fuera descubierto por él.
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