Capítulo 388
Anaís respiró hondo para contener su indignación.
-¿Quieres conocer a Laura? Te puedo dar su número directamente.
Samuel bajó la mirada con desprecio evidente, como si la presencia de Anaís lo fastidiara profundamente.
-No tengo la paciencia de Efraín. Una palabra más y te largas de aquí.
La ira ascendió por el cuerpo de Anaís como una llamarada silenciosa, pero era consciente de su posición vulnerable frente al poder de Samuel. Reprimió cualquier respuesta y guardó silencio mientras la humillación le quemaba por dentro.
Al llegar al vestíbulo de la empresa, el malestar persistía como una nube densa sobre ella. Tan distraída estaba que no advirtió la figura que se aproximaba hasta chocar frontalmente, obligándola a retroceder varios pasos para recuperar el equilibrio.
Sofía, la causante del encontronazo, elevó su voz hasta un registro estridente apenas reconoció
a Anaís.
-¡Anaís!
Desde el incidente de los latigazos, Anaís había evitado meticulosamente cualquier encuentro con esa mujer, pero hoy el destino parecía tener otros planes. Bajó la cabeza e intentó continuar su camino, pero Sofía se plantó firmemente, bloqueando su paso con determinación. -¿Ya te recuperaste? ¿Vuelves a las andadas? ¿Qué haces aquí? No me digas que viniste a perseguir a mi hermano otra vez. Como Efraín no te hace caso, ahora vas tras mi hermano, ¿verdad?
El rostro de Sofía era un mapa de odio visceral, sus ojos revelaban el deseo de sacar nuevamente el látigo y repetir la humillación anterior. Anaís quedó momentáneamente desconcertada ante la mención de Roberto. ¿Qué hacía él en el Grupo Córdoba?
Sin ánimo para confrontaciones, levantó el pie para marcharse, pero Sofía, siempre impredecible en su irracionalidad, le arrojó su bolso con violencia. Anaís logró esquivarlo por instinto, pero no pudo evitar la bofetada que impactó directamente en su mejilla al segundo siguiente.
Sofía había empleado toda su fuerza y ahora arqueaba las cejas con una expresión de triunfo
malicioso.
-¿No entendiste que te alejaras de mí? La próxima vez que te vea, te golpearé de nuevo.
El dolor en el rostro de Anaís pulsaba como fuego vivo bajo la piel. Con un movimiento rápido, levantó la cabeza y lanzó el contrato que sostenía directamente al rostro de Sofía.
La agresora retrocedió varios pasos, sus ojos humedeciéndose por el golpe inesperado.
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Capitulo 388
Justo en ese momento, Roberto emergió por el pasillo. Sofía corrió hacia él inmediatamente.
-¡Hermano! ¡Mira lo que me hizo!
En el suelo, los papeles del contrato yacían esparcidos mientras Anaís se agachaba para recogerlos uno por uno.
Roberto apartó a Sofía con un gesto brusco, su voz grave cargada de severidad.
-Te lo he dicho muchas veces, no abuses del cariño de Efraín para maltratar a la gente.
Sofia hizo un puchero infantil.
-¿Y qué importa? Efraín nunca me va a regañar. Anaís se lo buscó, se lo merece.
-¡Sofía! ¡Ya basta! Deja de decir esas cosas, Efraín no lo toleraría.
Con un gesto desafiante, Sofía sacó la lengua y deliberadamente se acercó a Anaís. Pisó con fuerza los papeles que ella intentaba recoger, dejando una huella profunda y clara de su zapato
sobre el documento.
-¡Sofía Villagra! -pronunció Roberto su nombre completo con autoridad.
La joven salió corriendo, no sin antes soltar un sonido despectivo, su comportamiento idéntico al de una niña consentida que jamás ha conocido consecuencias.
Roberto recogió uno de los papeles, intentando sacudir el polvo adherido, pero la marca del zapato resultaba imposible de eliminar. Miró a Anaís con genuina preocupación.
-No te enfades. Efraín la consiente demasiado. Hablaré con él sobre esto.
El rostro de Anaís permanecía imperturbable. Conocía perfectamente la devoción irracional que Efraín sentía por Sofía y sabía que cualquier intento de cambiar esa dinámica sería inútil.
Tras recoger todos los papeles, se levantó lentamente. Roberto también lo hizo.
-Vamos juntos–ofreció él.
Al salir del edificio, un nuevo golpe esperaba a Anaís. Su automóvil exhibía múltiples rayones en la carrocería y una de las llantas estaba completamente desinflada. La identidad de la responsable resultaba evidente para ambos.
Roberto extrajo su celular inmediatamente y marcó el número de Efraín.
-Sofía rayó el auto de Anaís y pinchó una llanta.
Efraín, a punto de ingresar a una reunión importante, preguntó con desconcertante calma:
-¿Cuánto cuesta arreglarlo?
Roberto apretó los labios con frustración.
-Veinte mil.
Antes de que pudiera añadir algo más, Efraín cortó la comunicación. En menos de diez
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segundos, el celular de Roberto emitió la notificación de una transferencia entrante: exactamente doscientos mil pesos.
Con rapidez, Roberto transfirió el monto completo a Anaís.
-¿Te llevo de regreso? -preguntó con tono apologético.
El humor de Anaís había alcanzado un punto crítico. Sin dignarse a responder, extrajo su propio teléfono y marcó el número de la policía con determinación.
Quien lo hizo, que pague.
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