Capítulo 391
Anaís no encontró motivos para rechazar aquella propuesta; a pesar de haber perdido sus recuerdos, el vínculo con Roberto persistía desde la infancia, entrelazando sus vidas como raíces de un mismo árbol. Primero se dirigió a la oficina para instruir a varios ejecutivos, ordenándoles vigilar minuciosamente la colaboración con la familia Córdoba. El contrato firmado significaba el inicio del proyecto, con posibles contingencias que requerirían comunicación constante. Además, en días próximos visitaría el estudio de Laura para evaluar a los artistas que firmarían, generando ingresos adicionales para el Grupo Villagra.
Al descender del edificio, se sorprendió al encontrar a Roberto esperándola pacientemente. -¿Qué haces todavía aquí? -preguntó mientras abría la puerta del vehículo.
-Tu coche sigue en el taller por los rayones y no tengo nada que hacer estos días. Te llevo a
casa.
Sin ceremonias innecesarias, Anaís subió directamente al automóvil.
Mientras pasaban frente a su antigua escuela secundaria, Roberto rompió el silencio que los envolvía.
-Anaís, no recordar tu pasado puede ser una desventaja. ¿Quieres que te cuente cómo eran las cosas antes?
Al notar que ella no rechazaba la oferta, los labios de Roberto se curvaron ligeramente. Cuando estaba por continuar, Anaís lo interrumpió:
-¿Cómo era yo antes?
Una sombra oscureció el rostro de Roberto; la verdad lo golpeó como una revelación tardía: no lo sabía realmente. Desconocía la esencia de su personalidad. En cada encuentro, ella desbordaba entusiasmo, aparentando estar perdidamente enamorada de él. Ahora comprendía que tales sentimientos carecían de autenticidad. Se había engañado, alimentando una ilusión fabricada por él mismo. Más allá del tiempo compartido, ignoraba completamente en qué ocupaba Anaís sus horas; ni siquiera la familia Villagra podía responder a esta incógnita. Para todos, Anaís representaba simplemente una joven superficial persiguiendo a Roberto. Pero esa joven superficial había burlado a todos magistralmente. Apretó gradualmente el volante, mientras su semblante se ensombrecía.
-Tu personalidad era muy buena, claro. Tenías mucha determinación, cocinabas excelente y siempre ayudabas a los demás. Si no, nunca te hubieras hecho amiga de Fabiana. La ayudaste mucho.
Anaís se reclinó en el asiento. Aunque reconocía los halagos en aquellas palabras, estas no le proporcionaban información verdaderamente útil, como el método para obtener aquellos certificados tan difíciles o sus actividades más allá de seguir a Roberto.
Cerró los párpados y súbitamente preguntó:
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Capitulo 391
-¿Te mencioné alguna vez a tu pretendiente?
-¿Qué pretendiente?
La reacción de Roberto parecía auténtica; evidentemente desconocía a quien se refería.
Esto confirmaba que solo Z poseía esa información. Anaís permaneció en silencio hasta que el vehículo se detuvo frente a su edificio, donde divisó a Fabiana esperándola.
Fabiana se había esmerado particularmente en su arreglo aquel día y sonrió al verla llegar.
-Tengo días libres en el trabajo, así que te traje algo para cenar.
Su mirada atravesó a Anaís para posarse en Roberto.
-Ya me voy–dijo Roberto escuetamente, apenas dirigiéndole una mirada a Fabiana.
Anaís asintió, descendió del auto y tomó las bolsas de manos de Fabiana. En ese preciso instante, Fabiana sugirió:
-Traje bastante comida, señor Lobos, ¿por qué no se queda a comer algo antes de irse?
Al ver las cinco bolsas rebosantes que Fabiana había traído, Anaís extendió la invitación a Roberto.
Con amabilidad, Roberto tomó las bolsas y siguió a las dos mujeres.
Subieron por
el ascensor hasta el departamento, donde Anaís procedió a abrir la puerta. Justo cuando extendía su mano hacia el interruptor, sintió que alguien sujetaba su muñeca.
Se detuvo sobresaltada, comprendiendo instantáneamente que Z había llegado.
Z detestaba ser visto y protegía celosamente su identidad.
Inspirando profundamente, se volvió hacia Roberto y Fabiana:
-Esperen un momento. Mi novio está adentro y no le gusta ver gente. Lo llevaré al cuarto.
Tras estas palabras, ingresó rápidamente y tomó el rostro de Z entre sus manos.
-¿Por qué viniste sin avisar?
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