Capítulo 395
Anaís permaneció inmóvil en la sala, observando con impotencia cómo aquel hombre desconocido se adentraba en el dormitorio principal. Se quedó junto a la puerta, aguzando el oído en un intento por captar algún sonido, pero el interior permanecía sumido en un inquietante silencio. Con creciente preocupación, tomó asiento en el sofá y esperó durante diez eternos minutos. Finalmente, el hombre de bata blanca emergió, y Anaís se precipitó
hacia él.
-¿Cómo está?
El desconocido la observó con sus ojos rasgados, que le conferían un aire intimidante cuando centraba su mirada en alguien.
-Está bien, esto le pasa seguido. Solo necesita tomar su medicina.
“¿Le pasa seguido?“, pensó Anaís. No era de extrañar entonces que a veces mostrara comportamientos tan obsesivos. Su mirada se posó en la caja que el hombre sostenía, repleta de medicamentos que parecían destinados a tratar algún tipo de trastorno mental.
-¿Estas medicinas no tienen efectos secundarios? ¿No lo ponen más inquieto?
El hombre arqueó ligeramente las cejas y esbozó una sonrisa.
-Lo que lo inquieta nunca ha sido un efecto secundario, señorita Villagra. ¿No se ha dado cuenta? Usted es su mejor medicina.
Anaís enmudeció de repente. Era plenamente consciente de las enormes expectativas que Z había depositado en ella, pero se sentía incapaz de corresponderlas, y eso era precisamente lo que lo hacía sufrir y lo mantenía en ese estado de inquietud permanente. Llevó su mano a la frente y dejó escapar un suspiro cargado de frustración.
-¿Eres médico? ¿Podrías ver si puedes curar mi amnesia? Tal vez cuando recuerde mi vida anterior, entendería por qué está tan intranquilo.
-Si recuperas la memoria, ¿todavía habrá un lugar para él en tu vida? Ese es el punto que tanto le preocupa. Cuando estás consciente de todo, nunca puedes verlo realmente.
Anaís había asumido que su amnesia era la causa de la ansiedad de Z, pero ahora descubría que lo que realmente le atormentaba era la posibilidad de que ella recuperara la memoria en cualquier momento. Una vez que los recuerdos regresaran, este sueño compartido se desvanecería como una simple burbuja.
-Yo…
Por un instante, las palabras la abandonaron completamente, mientras escuchaba al hombre recordarle:
-Ya tomó su medicina y está descansando. Señorita Villagra, debería acompañarlo.
Anaís despidió al hombre con cortesía y luego abrió con cautela la puerta del dormitorio
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principal. El interior estaba sumido en penumbras y silencio; parecía que Z se había acostumbrado a vivir en una perpetua oscuridad. A tientas, avanzó hasta la cama y se deslizó bajo las sábanas. Su mano buscó la de él bajo la manta hasta localizar la pulsera de frijoles.
rojos.
-Perdóname, no debí enojarme. Podemos hablar de la boda cuando no esté tan ocupada, ¿te parece?
Era un claro gesto de conciliación; había cedido terreno.
La mano de él estrechó la suya con suavidad, sin pronunciar palabra alguna.
Anaís se giró para acercarse más a su cuerpo.
-No me voy a quitar esta pulsera de frijoles rojos. La voy a traer siempre. Mientras la tenga puesta, significa que te sigo queriendo, aunque peleemos hasta hartarnos. Mientras no me la quite, siempre habrá una oportunidad para nosotros, ¿de acuerdo?
Había cedido un poco más.
Anaís realmente tenía principios. Hasta ahora, Z no había hecho nada para lastimarla. Era su novio, y sabiendo que tenía problemas mentales, lo justo era tratarlo con consideración y
amabilidad.
Z bajó las pestañas; quizás por efecto de la medicación, ahora se mostraba inusualmente
dócil.
-Mmm.
Anaís suspiró aliviada y cerró los ojos.
-Duérmete.
Ambos, en un tácito acuerdo, omitieron cualquier mención adicional sobre el motivo de su discusión y se entregaron al sueño juntos.
Cuando Anaís despertó, descubrió que él ya no estaba a su lado. Se alistó, abrió el armario con intención de cambiarse de ropa, pero notó que su cuaderno había desaparecido. Recordaba haber escrito en él: “No confíes en Efraín“. Como una frase anotada al azar, aún no había logrado recordar el motivo de esa advertencia. Solo Z había estado en su dormitorio; nadie más podría haberse llevado el cuaderno.
Respiró profundamente y lo llamó por teléfono.
La voz al otro lado de la línea resonó grave y profunda.
-Yo lo tomé.
Anaís de pronto se quedó sin argumentos. Siempre había sido demasiado indulgente con Z. En parte porque sentía compasión por él, viviendo solitario en las afueras, habituado a la oscuridad, vigilando la tumba de su hermano, reticente a cualquier contacto social. Y también porque se compadecía de su pasado, que no parecía haber sido precisamente feliz, a pesar de
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lo cual el continuaba profesándole su amor. La soledad, el amor no correspondido y muchas otras circunstancias que ella desconocía habían forjado su carácter actual. Al menos ahora, estaba dispuesta a adaptarse y ser comprensiva.
-¿Por qué te llevaste mi cuaderno? Eso lo escribí hace tiempo, y ni siquiera me acuerdo por qué puse esa frase. No hay nada entre Efraín y yo.
Preocupada de que pudiera sentir celos al ver ese nombre, Anaís se apresuró a aclarar su relación con Efraín.
Z, con sus largos y elegantes dedos, recorrió lentamente aquella línea de texto, su voz suave
como un susurro.
-Te creo.
Anaís continuó la conversación abordando otros temas. Al extraer la ropa del armario, su atención se detuvo en dos tarjetas.
། ༢ༀ ༠ ;
“Cuando todo termine, vendré a buscarte.”
“Anaís, feliz cumpleaños.”
Las dos tarjetas se desprendieron del bolsillo de la prenda y cayeron al suelo como delicados copos de nieve. Anaís se inclinó para recogerlas.
Hasta hoy, ignoraba quién había escrito aquellas notas.
Mientras tanto, Z extrajo su celular, donde guardaba una fotografía, precisamente de esas dos tarjetas. No se las había llevado, pero sí había capturado su imagen. Permaneció
contemplando aquellas dos frases, absorto, durante largo tiempo, hasta que sus ojos comenzaron a resentirse. Solo entonces apagó la pantalla del celular.
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