Capítulo 397
-¿Conoces a la familia Córdoba de San Fernando del Sol?
Laura se detuvo un momento con las manos aferradas al volante. Su breve vacilación revelaba que el apellido no le era desconocido. Samuel esbozó una sonrisa ladeada, disfrutando del efecto de sus palabras sin necesidad de añadir más.
-¿Eres de aquella familia Córdoba?
-Sí.
El rostro de Laura se transformó completamente. Su ceño se frunció mientras parecía procesar aquella información, sumergida en un silencio tenso que duró apenas unos segundos.
-Señor Córdoba, por favor bájese del auto ahora mismo. No vuelva a contactarme ni intente buscarme.
Con un movimiento firme, detuvo el vehículo en la orilla de la carretera, dejando inequívocamente claro que exigía su salida inmediata.
-¿Me estás corriendo?
Samuel giró lentamente la cabeza, atónito ante lo que acababa de escuchar. Después de revelar su pertenencia a la familia Córdoba, ¿su primera reacción no había sido adularlo sino echarlo? En San Fernando del Sol innumerables personas se desvivían por ganarse su favor, personas a las que él deliberadamente ignoraba. Sin embargo, ahora que se acercaba por voluntad propia, lo rechazaban sin miramientos.
Laura mantenía una expresión impenetrable mientras borraba metódicamente todos sus contactos frente a él.
-Por el bien de ambos, no deberíamos volver a tener contacto. Si necesitas con quién acostarte, busca a alguien más.
Samuel sentía la ira hirviendo bajo su piel, incapaz de articular palabra. Permaneció inmóvil en el asiento hasta que la voz provocadora de Laura lo sacudió de su estupor.
-¿Ya te volviste adicto?
Aquello tocó una fibra sensible. Bajó del auto con un movimiento brusco y cerró la puerta con
violencia contenida.
-No te creas tan importante.
Apenas se cerró la puerta cuando el auto arrancó velozmente, dejándolo solo en medio de la
carretera.
Anaís observaba la escena desde su vehículo, indecisa sobre si debía detenerse. Conociendo el temperamento de Samuel, probablemente le exigiría que se marchara si lo hacía. Optó por ignorarlo y continuó conduciendo hacia su destino.
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Capitu
La furia de Samuel, ya considerable, aumentaba por momentos al verse abandonado.
Al llegar al estudio de Laura, la curiosidad venció a Anaís.
-¿Qué pasó entre tú y el señor Córdoba?
Laura, conservando una calma aparentemente inquebrantable, se acomodó un mechón de cabello con gesto despreocupado.
-Nada importante. Simplemente me equivoqué de persona y prefiero evitar problemas.
Anais no podía ocultar su asombro. ¿Sería posible que la mujer con quien Samuel traicionaba a su esposa fuera precisamente Laura? Recordó las marcas de besos en el cuello de Samuel días atrás. Evidentemente, estos dos compartían una pasión desenfrenada en la intimidad, ¿y ahora simplemente lo dejaba? De pronto, otro pensamiento cruzó su mente.
-Pero, Laura, ¿no me habías dicho que estás casada? ¿Cómo puedes estar…?
La pregunta quedó suspendida en el aire, reflejando su perplejidad ante la situación.
Laura se frotó las sienes con gesto de arrepentimiento apenas perceptible.
-Necesito que me ayudes a guardar esto en secreto. Mi esposo es muy estricto.
¿Así que estaba engañando a su marido? Anaís no podía conciliar esta revelación con la imagen que tenía de Laura; simplemente no parecía ser ese tipo de persona.
Cuando el ascensor llegó a su destino y salieron, Laura le advirtió en voz baja:
-Para todos los demás, soy una mujer correcta que sigue las reglas y no sabe nada de romances. Solo me atrajo el señor Córdoba. Porque claro, está guapísimo.
No era solo su atractivo físico. Estos hombres de familias adineradas poseían genes cuidadosamente seleccionados que, sumados a su porte distinguido y poder indiscutible, los hacían destacar en cualquier multitud. Ser la amante de Samuel no representaba una mala elección. Si Laura fuera más romántica, probablemente habría caído perdidamente enamorada de él, pero parecía absolutamente imperturbable.
Al abrirse la puerta de la oficina, el semblante de Laura adquirió una seriedad profesional.
-Anaís, mandé llamar a esos dos artistas. Dales un vistazo.
Anaís apartó de su mente el asunto de Samuel y esperó pacientemente. Tras unos minutos, dos jóvenes atractivos y de presencia magnética entraron en la habitación. Uno lucía una melena larga y sedosa mientras el otro exhibía un corte casi al ras. Ambos parecían ligeramente molestos por haber sido convocados.
-Hola, Laura.
Sus saludos fueron corteses al ver a la mujer. La mirada de Anaís se detuvo en el hombre de cabello largo, cuya belleza resultaba casi sobrenatural, demasiado perfecta para parecer completamente masculina.
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Como si hubiera percibido sus pensamientos, el joven le dirigió una sonrisa cautivadora.
-Señorita Villagra, me llamo Sergio Velasco, y él es mi hermano, Ismael Velasco.
Sin embargo, estos dos no compartían el menor parecido. Además, Ismael desprendía una frialdad implacable, como si la mera idea de entablar conversación le resultara insoportable. En contraste, Sergio, con sus astutos ojos de zorro, se mostraba extraordinariamente entusiasta al explicar la situación de ambos.
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