Capítulo 399
Anaís descendió por las escaleras, pero se detuvo en la acera sin marcharse de inmediato. Aquella sensación persistía: estaba segura de haber visto a esos dos antes, pero los contornos del recuerdo se difuminaban cada vez que intentaba alcanzarlos. Con gesto frustrado, se frotó el entrecejo mientras buscaba un taxi, cuando un deportivo plateado se detuvo bruscamente frente a ella.
Era Sofía nuevamente.
-¡Anaís! Parece que te encuentro en todas partes.
Sofía, luciendo unas aparatosas gafas de sol que se quitó con un gesto estudiado, la observaba con satisfacción desde el asiento del conductor. Anaís optó por ignorarla y se apartó para intentar detener otro vehículo, pero Sofía maniobró ágilmente, bloqueando su camino con deliberada provocación.
-¿No me oyes? Te estoy hablando con un movimiento calculado, dejó las gafas colgando de su dedo índice mientras curvaba los labios en una sonrisa venenosa-. Ahora que sabes que Efraín me apoya, ¿ya no te atreves a enfrentarme?
Anaís consultó la hora en su celular con evidente fastidio.
-¿Ya terminaste?
Le había hecho perder tres valiosos minutos.
El rostro de Sofía se ensombreció ante la indiferencia. ¿Por qué esta mujer nunca aprendía? Respiró hondo, contemplando sus opciones, y marcó un número en su celular mientras una sonrisa gélida se dibujaba en sus labios.
Poco después, Anaís abordó un taxi, todavía irritada por el desagradable encuentro. Sin embargo, pronto notó que el vehículo no seguía la ruta hacia el Grupo Villagra. Estudió discretamente al conductor, quien llevaba un sombrero calado hasta las orejas en un evidente intento por ocultar su identidad.
Sin revelar su creciente inquietud, Anaís mantuvo una compostura perfecta en el asiento trasero mientras el paisaje urbano daba paso gradualmente a la periferia desolada. El conductor esperaba que entrara en pánico, pero tras dos horas de trayecto silencioso, ella permanecía impasible.
En su bolso, Anaís aferraba una navaja plegable. La sujetaba con firmeza mientras mantenía la palidez en su rostro, buscando que el hombre bajara la guardia. Cuando finalmente el vehículo se detuvo en un área despoblada, el conductor la agarró violentamente y la obligó a salir.
-¡Muévete, desgraciada! ¡Hoy no te escapas!
Al enfocar la mirada, Anaís distinguió a otros tres hombres a corta distancia, todos de complexión robusta y actitud amenazante. El del sombrero la empujó con brusquedad mientras ordenaba a los otros preparar una cámara de video.
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Capitulo 399
El lugar era un páramo desolado en las afueras, con una tienda de campaña improvisada que evidentemente habían montado específicamente para ella. Anaís evaluó rápidamente su entorno y, al ver que uno de los hombres se abalanzaba sobre ella, preguntó con voz firme:
-¿Quién los envió?
Métodos tan viles solo podían significar un odio profundamente arraigado.
Los hombres intercambiaron miradas cómplices y sonrieron con lascivia.
-Eso no te importa, señorita Villagra. Hoy solo tienes que complacernos a nosotros.
El más impaciente le propinó una bofetada contundente.
-¡Eso es! ¡Desgraciada, quédate quieta! Si te resistes, hoy mismo acabamos contigo.
Pero en el siguiente instante, una navaja cortó el aire con precisión letal.
Los agresores, habituados a infundir terror pero no a enfrentarlo, palidecieron instantáneamente ante la visión de la sangre brotando.
El hombre que recibió la cuchillada abrió los ojos con incredulidad. La hoja había seccionado su garganta y ahora tosía violentamente mientras la sangre manaba a borbotones.
Anaís, más próxima a él, recibió algunas gotas de sangre en su mejilla. Tibias, con aquel intenso aroma ferroso que ningún perfume podría disimular.
Retiró la navaja con un movimiento fluido. Durante el trayecto, había estudiado meticulosamente al conductor y sabía que no era alguien con experiencia en violencia real.
Estos hombres actuaban por simple lujuria desenfrenada, y como tales, compartían una característica fundamental: la cobardía inherente al depredador cuando encuentra resistencia
inesperada.
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