Capítulo 4
La bofetada resonó en el aire como un latigazo, y el rostro de Anaís se ladeó suavemente. Sus ojos, antes brillantes y llenos de vida, ahora parecían dos pozos vacíos, desprovistos de toda luz.
Bárbara se acercó a Victoria con pasos apresurados.-
-Mamá, tranquila, todo está bien -su voz destilaba una dulzura calculada-. En la tarjeta solo hay un millón de pesos. Me preocupa que mi hermana siga derrochando como antes, por eso no puse más.
Un dolor agudo atenazaba la garganta de Anaís. Con un movimiento brusco, abrió la puerta del taxi que permanecía estacionado junto a ella.
-Por favor, lléveme a… -las palabras murieron en sus labios mientras su mente se convertía en un vasto desierto sin referencias ni recuerdos. Solo atinó a observar a través del cristal
cómo aquella familia de cuatro personas se alejaba, como actores abandonando el escenario después de una obra particularmente cruel.
-¿Son tu familia o tus enemigos? -el taxista rompió el silencio con voz áspera-. Hace un momento no dijiste nada y ya te dieron una bofetada. Mejor bájate, no te cobraré los cien
pesos.
Las lágrimas que Anaís había contenido comenzaron a derramarse, cada una cargada con el peso de preguntas sin respuesta. ¿Eran realmente su familia o se habían convertido en sus verdugos?
A unos metros de distancia, Bárbara entrelazaba sus dedos con los de Roberto, mientras una
sonrisa de satisfacción bailaba en sus labios.
-Mamá, Rober, ¿y si mi hermana de verdad perdió la memoria? -su voz temblaba con fingida preocupación-. Tal vez deberíamos pedirle que entre.
El rostro de Victoria se endureció, sus facciones transformándose en una máscara de desprecio al hablar de su otra hija.
-¿Perder la memoria? ¡Si fuera así no habría encontrado el camino hasta aquí! -espetó con desprecio-. Roberto, mejor termina ese compromiso cuanto antes. No hagas sufrir a Barbi, elia
ya pasó por demasiado allá afuera. Como madre, no soporto verla caer de nuevo.
-No se preocupe, señora Larrain, cuidaré de Barbi toda la vida -prometió Roberto.
En su mente, reflexionaba sobre Anaís. A pesar de haber crecido juntos, los últimos años habían desgastado su paciencia. Además, aquel fatídico día cuando Anaís y Bárbara salieron juntas, fue Bárbara quien terminó secuestrada.
Hace cinco años, cuando finalmente encontraron a Bárbara, todos se enteraron de la verdad: ella había protegido a Anaís, suplicándole que corriera a buscar ayuda. Anaís huyó, pero no hizo nada más, abandonando a su hermana a su suerte.
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Capítulo 4
La maldad de Anaís había sido evidente desde pequeña. Tras el regreso de Bárbara, no cesó de acosarla, consumida por los celos al ver que el amor familiar ya no le pertenecía. Cada vez que Roberto defendía a Bárbara, Anaís montaba un espectáculo. Ahora estaba pagando las
consecuencias de sus actos.
La tarde moría lentamente mientras Anaís permanecía sentada en la acera, con la bata del hospital resaltando su vulnerabilidad. Un automóvil se detuvo junto a ella, el motor
ronroneando suavemente..
-¿Anaís?
Una voz femenina, joven y familiar, atravesó la bruma de sus pensamientos. Alzó la mirada, encontrándose con un rostro que le resultaba conocido, pero cuyo nombre se perdía en el vacío
de su memoria.
-¿Otra vez peleaste con Roberto? ¿No pudiste cambiarte antes de salir corriendo de casa?
-¿Quién eres?
Fabiana Illanes exhaló un suspiro cansado mientras abría la puerta del copiloto.
–
-Sube. A veces no culpo a los demás por hartarse de ti su tono mezclaba irritación y resignación-. Usas el mismo truco tantas veces que terminan por cansarse. No entiendo por qué insistes en ser tan buena con Roberto.
Anaís se deslizó en silencio hacia el asiento, su cuerpo tenso por el agotamiento físico y
emocional.
Fabiana condujo hacia su conjunto residencial.
-Te quedarás en mi casa esta noche. Aunque seguro mañana despertarás desesperada por buscarlo.
En el apartamento, Anaís se quitó los zapatos en la entrada con una familiaridad que sugería múltiples visitas previas. Se hundió en el sofá mientras Fabiana le ofrecía un vaso de agua
tibia.
El líquido pareció despertar cada célula de su cuerpo entumecido, devolviéndole poco a poco el
calor.
Fabiana dejó escapar un bostezo, el cansancio evidente en sus facciones.
-Me voy a bañar. Dormirás en el cuarto de siempre -hizo una pausa antes de añadir-. Cuando te vayas mañana, no olvides llevarte la ropa que dejaste.
-A veces quisiera que mostraras más valor, que no te rindieras tan fácil con Roberto -sus palabras resonaban con una mezcla de afecto y frustración-. Pero cada vez que te vas de casa, no aguantas ni tres días. En cuanto te llama, corres para que te maltrate. Con razón él y sus amigos te tratan así. Abre los ojos, querida Anaís. Si algún día de verdad pierdes la memoria, te juro que lanzo cohetes para celebrarlo.