Capítulo 40
-Quédense aquí revisando las direcciones de los pedidos, no hay problema.
La lluvia repiqueteaba contra la lona del toldo mientras Inés observaba cómo el conductor, quien se había unido al equipo apenas unas horas antes, organizaba los datos en la computadora portátil. A regañadientes, tuvo que permanecer en su puesto, siguiendo las instrucciones.
Anaís sujetaba la linterna con firmeza mientras continuaba su diálogo con los espectadores, su voz cristalina resonando en la oscuridad de la noche.
-Como pueden ver, está completamente oscuro. Estamos bastante alejados del pueblo, en plena montaña. Y no, no pienso regresar esta noche -sus palabras fluían con naturalidad mientras avanzaba por el lodoso sendero-. La tormenta nos ha obligado a acortar la temporada de cosecha y las manzanas no pueden esperar. Les agradezco muchísimo sus pedidos. Mañana temprano los agricultores comenzarán con el empaque y los envíos.
La tormenta arreciaba, y los comentarios en el chat desbordaban preocupación, rogándole que no se aventurara más lejos. Pero Anaís, quien ya llevaba treinta minutos caminando bajo la lluvia, mantenía su temple sereno, su voz tan clara como el agua que caía del cielo.
-El huerto es enorme, pero con este clima creo que hasta aquí llegaré.
Las palabras apenas habían abandonado sus labios cuando su pie resbaló en el fango. El celular se escapó de sus manos, describiendo un arco en el aire antes de estrellarse contra el suelo. Sus rodillas impactaron contra las piedras del camino, y las palmas de sus manos ardieron al intentar amortiguar la caída.
Sin perder un segundo, recogió el dispositivo y lo limpió con movimientos precisos. Para su fortuna, el aparato seguía funcionando, mientras los mensajes de preocupación inundaban el
chat.
-No se preocupen, solo tropecé pero estoy bien -su voz no traicionaba el dolor que sentía mientras cojeaba de regreso-. Esta lluvia sí que está intensa.
A pesar de la piedrecilla incrustada en su rodilla y su andar irregular, su voz permanecía serena, musical.
-Les puedo asegurar que las manzanas son deliciosas, increíblemente dulces. Pueden comprar con toda confianza. Recuerden que este es un canal oficial en colaboración con el gobierno, estamos aquí para apoyar a los agricultores.
Su impermeable rasgado y el cabello empapado no lograban opacar su belleza natural, que resplandecía aún a través de la pantalla mojada por la lluvia. Los comentarios no tardaron en cambiar de dirección.
[¡Es hermosa sin una gota de maquillaje!]
[Supera por mucho a cualquier artista. Deberías dedicarte al espectáculo, ganarías más que
Capítulo 40
ayudando agricultores.]
[¡Me llevo cien kilos! Tengo familia cerca de Las Colinas, les durará todo el año.]
Una cascada de mensajes similares inundó el chat.
[¡También tengo familia por allá! Van a estar fascinados.]
[¡Yo también compro cien kilos! No es por el dinero, es por el gusto de platicar con Anaís.]
Los pedidos se multiplicaban como gotas de lluvia.
Con un gesto delicado, Anaís apartó el agua que resbalaba por su mejilla y esbozó una sonrisa
luminosa.
-Les agradezco muchísimo su apoyo.
Apenas pronunció estas palabras cuando volvió a tropezar. La piedra en su rodilla se hundió más profundamente, y su rostro perdió todo color. Conteniendo un gemido de dolor, levantó la pierna con cautela.
-No se preocupen, ya casi llego al toldo. Solo se movió un poco la cámara.
De vuelta en el refugio improvisado, persistió con la transmisión durante toda la noche, alternando entre mordiscos de manzana y respuestas a los comentarios de los espectadores. A su lado, Inés sucumbió al cansancio y se quedó dormida.
Cuando Inés despertó, el reloj marcaba las diez de la mañana. La voz de Anaís seguía flotando en el aire, tan constante como el murmullo de la lluvia.
-¿No has dormido nada? -preguntó Inés, incorporándose de golpe.
Anaís respondió con un movimiento de cabeza, señalando la pantalla de ventas.
-Trescientos mil kilos vendidos.
En una sola noche, habían logrado vender la mitad de las manzanas almacenadas. Inés se levantó de un salto, sus ojos recorriendo incrédulos los números en la pantalla.
Las palabras se le atoraron en la garganta mientras abrazaba a Anaís por los hombros.
-¡Eres increíble! ¡Dios mío, esto es asombroso!
Consciente de la transmisión en curso, Inés evitó mencionar el nombre de su compañera, manteniendo la discreción que habían acordado.
El rostro de Anaís reflejaba el agotamiento de la noche en vela. Su ropa, antes empapada, ahora estaba seca y arrugada. Tantas manzanas había probado durante la transmisión que su estómago protestaba, amenazando con devolver todo. Al ver a Inés despierta, se permitió frotar sus ojos cansados.
-Toma mi lugar, solo tienes que responder preguntas. Nos quedan varios días más. Si no logramos vender todo, continuamos cuando despierte.
213
19:11
2/2
Capítulo 40
Las palabras de Anaís, libres de cualquier presión o exigencia, conmovieron a Inés hasta las lágrimas. ¿Quién se atrevía a hablar mal de ella? Después de esta noche, defendería el nombre de Anaís contra cualquier rumor malintencionado.