Capítulo 400
El hombre apuñalado se desplomó frente a ella. Tras un leve tambaleo, quedó inmóvil sobre el suelo polvoriento, mientras la sangre formaba un charco oscuro a su alrededor. Los otros tres retrocedieron aterrados; uno de ellos intentó sacar su celular con manos temblorosas para
llamar a la policía.
El del sombrero le arrebató el aparato de un manotazo, con los ojos desorbitados por el pánico. -¿Estás loco? Somos secuestradores. Si llamas a la policía nos van a meter a la cárcel a nosotros también.
-¡No, ya se murió uno! ¡Esta vieja está completamente loca!
La sangre había empapado los zapatos de Anaís. Levantó la mirada lentamente. Su expresión era tan gélida que, junto con las salpicaduras carmesí en sus mejillas, proyectaba una imagen verdaderamente aterradora. El hombre del sombrero, pálido como un fantasma, recogió un palo del suelo intentando defenderse.
-¡No te acerques!
El que intentaba hacer la llamada recuperó su celular del suelo y continuó marcando frenéticamente. Anaís apretó con fuerza la navaja en su mano. Permanecieron así, en un tenso equilibrio, durante lo que pareció una eternidad, hasta que su cuerpo comenzó a entumecerse por la inmovilidad. Finalmente, como animales asustados, los hombres huyeron precipitadamente en su vehículo.
Cuando las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos, en la escena solo quedaban ella cadáver tendido sobre la tierra.
El frío metal de las esposas en sus muñecas la hizo sentir viva nuevamente.
-Fue en defensa propia.
A pesar de la brillante marca rojiza en su mejilla, habló con una serenidad pasmosa. Los oficiales la reconocieron y suspiraron resignados.
-¿Otra vez usted, señorita Villagra?
Anaís esbozó una tenue sonrisa.
-Pueden revisar las cámaras. Eran cuatro tipos, me secuestraron y querían abusar de mí.
y
el
Las cámaras estaban ahí, junto a la carpa improvisada. Cualquiera podría deducir las intenciones de aquellos hombres, pero determinar si fue legítima defensa dependería de las circunstancias específicas del momento.
La escoltaron hasta la patrulla mientras otros oficiales salían tras los fugitivos. Anaís agachó la cabeza, ocultando su mirada. Cuando intentaron quitarle la navaja, se resistió instintivamente, y la hoja casi cercena la mano del policía.
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Capitulo 400
-Si sigue resistiéndose, señorita Villagra, vamos a considerarlo como agresión a la autoridad.
Anaís se contuvo, soltando lentamente su única protección, dejando caer la navaja.
Durante el trayecto a la comisaría, divisó el auto deportivo de Sofía. Apenas unas horas antes, Sofía había conducido ese mismo vehículo para burlarse de ella, y Anaís reconoció la matrícula instantáneamente. ¿Por qué estaba el coche de Sofía en esa dirección? ¿Qué hacía una señorita Lobos en el campo a esa hora?
Recordando la llamada que Sofía había hecho anteriormente, Anaís empezó a sospechar que todo esto podría ser obra suya. Tragó saliva con dificultad. Cuando llegaron a la estación, sus labios estaban resecos por la tensión.
Un oficial le ofreció amablemente un vaso de agua. Como no habían logrado capturar a los secuestradores, nadie podía corroborar la versión de Anaís por el momento.
Permaneció sentada en silencio, sin molestarse en limpiar la sangre de su rostro, hasta que Sofía irrumpió en la comisaría, señalándola acusadoramente mientras gritaba:
-¡Asesina! ¡Eres una asesina! ¡Oficiales, tienen que castigarla, mató a un hombre!
Anaís levantó la mirada con una calma inquietante.
-¿Cómo sabes que maté a alguien?
El rostro de Sofía se iluminó con una satisfacción casi enfermiza.
-¡Claro que lo sé! ¡Estás acabada, Anaís, pasarás el resto de tu vida en prisión!
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