Capítulo 403
Pero nadie pudo responder a sus dudas. Lucas ya se había subido al auto y partido. Sofía permanecía de pie en la acera, sintiendo la sangre hervir en sus venas mientras el odio por Anaís se intensificaba con cada latido. Deseaba con todas sus fuerzas que aquella mujer desapareciera de sus vidas, que se esfumara como si nunca hubiera existido. Sus ojos enrojecidos por el llanto captaron una figura familiar: Roberto estaba a punto de salir.
Las lágrimas volvieron a brotar sin control y no pudo contener su angustia.
-¿También vas a verla? ¿A esa maldita de Anaís?
El rostro de Roberto permanecía impasible. Con un gesto casi paternal, levantó la mano y le revolvió el cabello con suavidad.
-Sofía, mejor entra a la casa.
El dolor había formado un nudo tan grande en la garganta de Sofía que las palabras ya no podían salir. Sin fuerzas para discutir, entró directamente a la residencia.
Roberto se quedó inmóvil en aquel sitio durante diez largos minutos, tanto tiempo que sus piernas comenzaron a entumecerse bajo el peso de sus pensamientos. El silencio de la noche desierta fue interrumpido por el timbre de su celular y una voz alarmada al otro lado de la línea. -Señor Lobos, nuestros compañeros están muertos. El dinero que nos dio no alcanza, tiene que compensar la vida de mi amigo.
Si Anaís hubiera estado presente, habría reconocido inmediatamente aquella voz: pertenecía a uno de los secuestradores que intentaron raptarla ese día.
Roberto dejó escapar una calculada.
-¿Te parecen suficientes cinco millones? Seguro ya están por pasar el control de seguridad, ¿verdad? Tranquilos, el dinero ya está en la cuenta extranjera. No vuelvan nunca.
El hombre no añadió nada más; cinco millones eran más que suficientes para compensar una vida, especialmente para matones como ellos, cuya existencia ya de por sí carecía de valor significativo en el mercado de la violencia.
La situación esa noche había sido extraordinariamente compleja. Todo comenzó cuando Sofía los contactó ofreciéndoles veinte mil a cambio de atropellar a Anaís. Poco después, Roberto los buscó con una oferta mejor: un millón para que en lugar de atropellarla, simplemente la llevaran a las afueras y simularan humillarla. Las complejidades dentro de las familias adineradas escapaban a su comprensión; ellos solo cumplían con el trabajo asignado sin hacer preguntas innecesarias.
Pero la reacción de Anaís había sido completamente inesperada. Actuó con una ferocidad sorprendente, arrebatando una vida con un solo golpe certero, algo que realmente los aterrorizó hasta lo más profundo.
Pensaron que la policía los localizaría en cuestión de horas, pero Roberto los contactó nuevamente para facilitar su salida del país. En menos de dos horas, abordaron el vuelo más próximo con la promesa de que alguien se encargaría de todo en su país de destino.
La policía ya había comenzado a rastrearlos, pero salir del país les ofrecía la posibilidad de una vida mejor, así que aceptaron la oferta sin vacilación alguna.
Roberto colgó el teléfono y sonrió mirando hacia el cielo oscuro y nublado, guardando para sí mismo los pensamientos que cruzaban su mente.
Mientras tanto, en la comisaría, el abogado de Anaís ya había llegado. Los policías que fueron enviados a buscar a los secuestradores regresaron sin éxito; aunque investigaron todas las entradas principales, solo encontraron el vehículo abandonado, sin rastro de sus ocupantes.
Anais permanecía sentada con aparente tranquilidad, solicitando formalmente que se investigaran las transacciones bancarias de Sofía para confirmar si aquellos secuestradores habían sido contratados por ella.
Sin embargo, la cuenta de Sofía estaba protegida por su estatus como cliente preferencial del banco. Sin su consentimiento explícito, la policía no podía acceder a esa información, a menos que tuvieran pruebas contundentes de su implicación en el delito.
Anaís bajó la mirada, y súbitamente pensó en Roberto. Tal vez él podría verificar las transacciones de su hermana sin despertar sospechas. Lo llamó y, para su sorpresa, él respondió con una eficiencia inusual: en menos de diez minutos había enviado el historial de
movimientos recientes de la cuenta de Sofía.
Anaís identificó inmediatamente la transferencia de veinte mil realizada a una cuenta sospechosa y entregó esta información a la policía. Esos veinte mil representaban el pago que Sofía había ofrecido a los secuestradores; esta vez no estaba acusando a nadie injustamente, Sofía era la verdadera responsable.
La policía verificó la información y confirmó que efectivamente correspondía a la cuenta bancaria de uno de los secuestradores identificados.
-Señorita Villagra, todavía no hemos localizado a los secuestradores que siguen con vida, así que no podemos determinar si su caso fue legítima defensa. Pero si quiere continuar con la investigación contra la señorita Lobos, procederemos con las diligencias correspondientes.
Anaís bajó sus párpados cansados y se recostó en la silla, dejando escapar un suspiro de resignación.
-No sigan con esto. El resultado será el mismo.
‘De todos modos, Efraín siempre protegerá a Sofía, sin importar lo que ella haga“.