Capítulo 406
Él agarró su mano y frotó su mejilla contra su palma con ansiedad palpable.
-Si tan solo pudieras perdonarme de verdad.
Anaís frunció el ceño y lo ayudó a incorporarse, preocupada por su estado febril. Ya había dicho suficientes incoherencias, y temía que la fiebre pudiera causarle daños más severos.
-Z, tienes una fiebre altísima. Vamos al hospital ahora mismo.
Él se recostó en su pecho como un niño buscando refugio.
-No quiero ir al hospital, Anaís. Treinta y tres veces.
-¿Qué?
La inquietud se expandió por su pecho como tinta en agua. ¿A qué se refería con treinta y tres veces? Levantó la mano para tocar nuevamente su frente, el temor creciendo ante la posibilidad de un daño cerebral.
De repente, él le agarró la mano con fuerza febril, presionándola contra su mejilla ardiente.
-Las veces que has querido matarme.
El corazón de Anaís dio un vuelco antes de que una sonrisa comprensiva se dibujara en sus labios.
-Estás delirando por la fiebre. Duerme un poco. Si cuando despiertes sigues así, iremos al hospital te guste o no.
En ese momento, sin importar sus objeciones habituales a ser visto, no tendría alternativa.
Z permaneció en silencio varios minutos, procesando lentamente que esto no era otra de sus alucinaciones. Cada vez que empeoraba, soñaba que ella atravesaba esa puerta y entraba a su vida. Lo había soñado tantas veces que la frontera entre realidad y fantasía se había vuelto borrosa en su mente.
-Estoy bien -murmuró con voz ronca tras un largo silencio-. Solo estaba soñando.
Anaís tomó una almohada cercana y lo obligó a recostarse con firmeza maternal.
-Descansa ya.
Su mano se aferró a la cintura de ella como un náufrago a su tabla, atrayéndola hacia él.
-Quédate conmigo.
El sofá era lo suficientemente amplio; Anaís se recostó a su lado, sintiendo el calor que irradiaba como un horno. No logró conciliar el sueño mientras las palabras del médico giraban en su mente como un remolino inquieto. Su mano descendió hasta tocar la pulsera de frijoles rojos y el anillo que ella le había regalado. Z se acercó aún más hasta envolverla por completo en un abrazo desesperado, suspiró profundamente y cayó rendido.
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Capitulo 406
Anaís permaneció despierta hasta las cinco de la mañana, cuando un leve movimiento le indicó que él había despertado. Levantó la mano para comprobar su temperatura; al menos la fiebre había cedido.
-El médico me contó que planeas tomar un medicamento con efectos secundarios graves. Me pidió que hablara contigo. ¿Qué estás pensando?
Fue directa, pero él permaneció en silencio obstinado.
Anaís se levantó de golpe, la frustración evidente en su voz.
-Z, normalmente respeto tus decisiones, pero esto es diferente. No puedes maltratar tu cuerpo así. Tu salud ya está comprometida. Si te pasa algo, ¿qué voy a hacer yo?
Su corazón se comprimió dolorosamente al pronunciar esas palabras.
Él guardó silencio por segundos eternos antes de tomar su mano y depositar una pastilla en su palma con delicadeza inquietante.
-Si me dices que no la tome, no lo haré. Pero, ¿puedes tomarla tú?
Sin siquiera preguntar qué era, Anaís se llevó inmediatamente la pastilla a la boca, un acto de confianza ciega.
Las pupilas de Z se contrajeron violentamente. Con velocidad sorprendente, apretó sus mejillas e introdujo un dedo en su boca para extraer la pastilla con brusquedad desesperada. Normalmente era extremadamente cuidadoso con ella; incluso enfermo jamás la lastimaría. Pero en ese instante aplicó tanta presión que sus dedos dejaron marcas rojizas en su rostro, evidencia de su pánico absoluto.
El dedo se humedeció y la pastilla fue recuperada a la fuerza. Sus ojos inyectados de sangre la miraban con intensidad aterradora, sin pronunciar palabra.
Anaís percibió su ira y se sintió desconcertada ante su reacción desmedida.
-¿No me acabas de pedir que la tomara?
Su voz emergió ronca, como si estuviera conteniendo un tsunami emocional.
-¿Sabes qué es esto?
-No.
No dijo nada más mientras apretaba el puño, pulverizando la pastilla entre sus dedos. Se dio la vuelta, respirando con dificultad, sus emociones bullendo bajo la superficie como lava.
Anaís se aproximó y, en un impulso protector, lo envolvió en un abrazo. Su pecho aún subía y bajaba agitadamente. Su confianza absoluta era como una espada atravesando su corazón, porque conocía perfectamente la verdadera naturaleza despreciable que habitaba en su interior.
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