Capítulo 407
Anaís lo abrazaba en silencio, sintiendo un dolor intenso que pulsaba en la parte trasera de su cabeza con tanta fuerza que le provocaba náuseas, señal inequívoca de su creciente ansiedad. El calor de su cuerpo contra el suyo la reconfortaba de un modo que no podía explicar, como si algo primitivo en ella encontrara alivio en ese contacto.
-Z, cualquier pastilla que me des, la tomaré sin preguntar. No pienses en nada más, solo descansa bien. Voy a venir todos estos días a cuidarte. Necesitas dormir por lo menos tres días completos.
Colocó sus manos sobre los hombros de él y respiró profundamente, intentando calmar su propio nerviosismo mientras organizaba sus pensamientos en una secuencia lógica que pudiera transmitirle.
-Tengo que ver unos asuntos con los socios, regreso al mediodía para checarte, y ya no me voy a ir. Me quedo contigo hasta mañana. Te voy a traer algo de comer, ¿está bien?
Él tragó saliva y de pronto la envolvió con sus brazos, estrechándola contra su pecho con una desesperación casi imperceptible para cualquiera que no fuera ella.
-¿Podrías quedarte aquí conmigo?
Su voz sonaba tan baja que Anaís aún podía percibir el ligero calor febril emanando de su cuerpo, impregnando cada palabra con una fragilidad inusual en él.
Ella cerró los ojos y volvió a recostarse en el sofá, cediendo ante aquella súplica apenas murmurada.
-Muevo la junta para mediodía. Me quedo contigo hasta entonces, luego voy a la reunión, y cuando termine te traigo comida. ¿Comes y después sigues durmiendo?
Él, con los ojos cerrados, respondió con un sonido gutural apenas audible.
-Mmm.
Anaís esperó unos segundos antes de escuchar la respiración acompasada a su lado. “¿Se durmió tan rápido? ¿Tampoco pudo dormir anoche? ¿Qué estará pensando todo el tiempo?”
Al mediodía, se levantó con cuidado, condujo hasta el lugar de la reunión, encontró tiempo para almorzar y luego pasó por un restaurante fino para comprar comida antes de dirigirse rápidamente al alojamiento de Z. Pero apenas había avanzado unos cientos de metros cuando divisó a Irene parada junto a la carretera hablando por teléfono, ajustando sus gafas sin montura con sus dedos largos y elegantes.
Anaís detuvo el auto y tocó el claxon dos veces. Irene miró en su dirección, arqueó ligeramente las cejas, dijo algo apresuradamente al teléfono y colgó antes de aproximarse al vehículo.
-¿Resolviste lo de Sofía?
La última vez que Anaís había contactado a un abogado, le había mencionado algo al respecto,
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un asunto que prefería olvidar pero que parecía perseguirla.
-No seguí con eso, al final detrás de ella está la familia Lobos.
Irene subió al auto con naturalidad por el lado del copiloto y se acomodó en el asiento.
-Llévame un rato. No sabes lo cansada que ando estos días.
Levantó la mano para masajearse las sienes con movimientos circulares. Su expresión era serena, pero las marcadas ojeras bajo sus ojos resultaban evidentes, razón por la cual no sorprendía que llevara gafas de montura negra, intentando disimular su agotamiento.
-¿Qué pasó?
Apenas terminó de formular la pregunta cuando el celular de Irene volvió a sonar con insistencia. Ella inspiró profundamente, conteniendo su frustración.
-¿Qué pasó? Gracias al señor Lobos, la otra vez dijo que estaba considerando casarme con Gustavo, y ahora Iván no me deja en paz. El presidente de la familia Moreno me está presionando en mis negocios, tanto que hasta la familia Moreno se está dando cuenta.
Hace años que no tenía contacto con la familia Moreno, prácticamente había cortado lazos con sus parientes, todo para calmar a esa gente. Iván era el heredero en quien depositaban mayores esperanzas, y no podían permitir que circularan rumores sobre él y una hija adoptiva. Ella conocía perfectamente sus límites.
Anaís recordó lo que Efraín había comentado casualmente la última vez, sin imaginar que las consecuencias serían tan graves. Irene apenas se quejó un momento antes de notar los contenedores de comida empaquetados en el asiento trasero.
-¿Para quién es la comida?
-Para mi novio.
Irene pareció sorprendida, tardó varios segundos antes de responder con tono burlón.
-Tratas bien a los hombres. ¿Cuándo lo vas a presentar? Todos en el círculo están especulando cómo se ve el hombre que escondes tan bien. Algunos hasta apostaron.
“Qué aburridos.”
Anaís cambió de tema deliberadamente.
-¿Te llevo a tu casa o a otro lado?
-A casa, por favor. Necesito descansar. Llevo dos días seguidos en juntas.
Tras decir esto, se reclinó en el asiento y se quedó dormida casi instantáneamente. Anaís notaba que estaba verdaderamente exhausta, su respiración pesada delataba noches de insomnio.
El auto se detuvo frente al complejo residencial donde ambas vivían. Cuando Irene descendió del vehículo, parecía que sus piernas apenas podían sostenerla. Anaís rodeó el coche,
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dispuesta a dirigirse al encuentro de Z.