Capítulo 411
Anaís ya había estacionado el coche en la pequeña villa. Colocó con cuidado los alimentos que había traído sobre la mesita para bebidas y, al observar que Z dormía apaciblemente, sintió cómo una oleada de alivio recorría su cuerpo. Con delicadeza, le dio un pequeño empujón para despertarlo.
-Levántate y come algo. Después puedes seguir durmiendo. Voy a venir estos tres días, y si no duermes mínimo diez horas diarias, me voy a enojar contigo.
La fiebre había cedido y él se incorporó lentamente.
Anaís se giró con naturalidad hacia la ventana.
-No voy a mirar, ¿ok? Prende la lámpara que tienes al lado. No puedes comer a oscuras.
Él extendió su mano, tomó la de ella y se inclinó para encender la lámpara. La luz emanaba un resplandor tenue pero suficiente para iluminar los alimentos. Con una mano sostuvo firmemente la de ella, mientras con la otra se alimentaba pausadamente. Las pulseras de hilo rojo en sus muñecas se rozaron levemente, creando entre ellos un ambiente de calidez indescriptible.
Durante los tres días siguientes, Anaís cumplió su palabra: visitó la villa dos veces al día y evitó regresar a su casa por las noches. El cuarto día, cuando planeaba volver, recibió una llamada que cambiaría todo. Había borrado el número de Lucía hace tiempo, así que al contestar no supo de inmediato quién era, pero la voz familiar no tardó en soltar una revelación demoledora. -Estoy embarazada de tu hermano.
Anaís creyó haber escuchado mal. Tras un momento para procesar aquellas palabras, soltó una risa incrédula.
-¿Qué tonterías estás diciendo?
Lucía rebosaba de seguridad. En ese preciso instante, se encontraba de pie frente a la habitación donde Raúl permanecía bajo vigilancia.
-Anaís, lo que te digo es verdad. De hecho, estoy afuera del cuarto de Raúl. Ya hablé con él, pero los guardias no me dejan entrar. Tú seguro ya estuviste aquí, así que debes saber que antes yo era quien lo acompañaba.
Anaís recordó la visita a su hermano y aquella mirada cargada de culpa y duda. Con el corazón oprimido, se dirigió inmediatamente hacia allá en su automóvil.
Lucía se miraba impecablemente arreglada, proyectando una imagen completamente distinta a la de aquella estudiante universitaria tímida. Al ver llegar a Anaís, levantó la cabeza con orgullo desafiante.
-Ya se lo dije a Raúl. Es su primer hijo.
Capitulo 411
Anais entró directamente a la habitación. Encontró a Raúl sentado en la cama, con las manos entrelazadas nerviosamente. Respiró profundamente para calmarse.
-Raúl, quiero que me lo digas tu.
Raúl se tensó visiblemente antes de confesar con voz quebrada.
-Anais, perdóname. No sé cómo pasó.
Lucía entró tras ella, con los ojos humedecidos por lágrimas contenidas, y se arrodilló frente a él en un gesto dramático.
-Raúl, ¿vas a permitir que Anaís me obligue a abortar? ¿Eres así de irresponsable conmigo?
Raúl, aunque siempre había sido un vago en casa, había aprendido de Héctor que debía comportarse responsablemente con las mujeres. Abrió la boca intentando hablar, mientras miraba discretamente el rostro impasible de Anaís, sintiendo cómo los nervios lo consumían. Realmente no sabía qué hacer.
El semblante de Anaís se ensombreció; ya ni siquiera sentía impulsos de abofetear a su hermano. Raúl, interpretando erróneamente su silencio como perdón, se apresuró a hablar.
-Anaís, te juro que no lo hice a propósito. Te metí en problemas otra vez.
Anaís extrajo mecánicamente una tarjeta de su bolso.
-Aquí hay dos millones de pesos por ahora. Cuando salgas de aquí, vive tranquilo con ella. No quiero saber nada de sus problemas. En esta tarjeta se depositará dinero regularmente para que no les falte comida. Tu manutención, ropa y todo lo demás será igual que cuando papá
estaba vivo.
Dejó caer la tarjeta sobre la cama y giró para marcharse. Raúl, pálido de terror, se apresuró a sujetarle la mano mientras se arrodillaba suplicante.
-Anaís, no te enojes conmigo. Pégame si quieres, pero por favor no te enojes.
Anaís solo sentía un profundo hastío. Intentó liberar su mano, pero Raúl la sujetaba con firmeza, colocándola contra su propia mejilla en un gesto desesperado.