Capítulo 43
En la residencia Villagra, Raúl se hundía en el sofá de terciopelo bordó, con el celular entre sus manos inquietas. El silencio de Anaís durante los últimos tres días pesaba sobre él como una
densa bruma.
“Qué raro que no haya vuelto todavía“, murmuró para sí mismo, recordando cómo antes, tras cada desacuerdo, ella regresaba en menos de dos días con algún regalo para contentarlo.
“Ni siquiera sabe hacer gran cosa, solo anda detrás de cualquier hombre que le hace caso“, pensó con desprecio. “Aunque… hay que admitir que cocina como los dioses y siempre está al pendiente de lo que necesito. Después de tantos años, hasta un perro callejero te genera
cariño.”
El resplandor de la pantalla del celular captó su atención al terminar una partida. Un aviso le indicaba què Bárbara estaba transmitiendo en vivo, y para su sorpresa, competía directamente con Anaís en una transmisión paralela.
Un suspiro de alivio escapó de sus labios. Suponía que Anaís seguía resentida porque Bárbara se había entrometido con Roberto, pero eso no justificaba que lo castigara a él, su hermano, privándolo de sus atenciones culinarias.
Decidió enviar diez “cohetes” a la transmisión de Bárbara, manteniéndose deliberadamente ausente de la de Anaís, seguro de que ella reconocería su nombre de usuario.
Para su desconcierto, el rostro de Anaís permaneció imperturbable mientras continuaba respondiendo preguntas con serenidad.
-Disculpen, pero no conozco a esa persona que está enviando cohetes. Mejor sigamos hablando de las manzanas -comentó ella con una indiferencia que le atravesó el ego.
La sangre le hirvió en las venas. En un arrebato de orgullo herido, sus dedos se movieron frenéticamente sobre la pantalla, enviando cohete tras cohete hasta alcanzar casi el millón de pesos en donaciones.
El sistema de la plataforma anunció la presencia de un gran donante, atrayendo una oleada de espectadores curiosos a la transmisión de Bárbara.
[Bárbara, no te excedas. Está bien querer ayudar al campo, pero en casa no nos hace falta el dinero.]
Las mejillas de Bárbara se sonrojaron con fingida modestia al leer el mensaje.
-Gracias por preocuparte, hermanito. Aunque tengamos una buena posición, me llena de satisfacción poder ayudar a otros.
Los espectadores intercambiaban comentarios, confirmando que no era una actuación: Bárbara emanaba ese aire inconfundible de la alta sociedad. Sin embargo, la verdadera naturaleza del conflicto entre las hermanas seguía siendo un misterio que alimentaba su curiosidad.
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Capítulo 43
Mientras Bárbara y Raúl interpretaban su emotiva escena fraternal, Anaís continuaba promocionando sus manzanas con una serenidad que desquiciaba a Raúl. Su orgullo le impedía visitar la transmisión de su hermana, pues hacerlo significaría admitir la derrota.
Una ligera sonrisa se dibujó en los labios de Anaís al ver el contador de órdenes ascender
constantemente.
-Hemos alcanzado la meta de diez mil pedidos, equivalentes a cien mil kilos de manzanas, eso agregado a los otros diez mil pedidos de ayer. Les agradezco infinitamente su apoyo, pero anoche me lastimé la rodilla y necesito atenderla, además de coordinar con los agricultores el envío de los pedidos. Nos vemos en la tarde.
Su abrupta despedida dejó a la audiencia con un sabor agridulce, como quien muerde una fruta
sin terminar de madurar.
Bárbara aprovechó la ocasión para mostrar su faceta más comprensiva.
-Deberías pasar por su transmisión. Seguramente está dolida. La próxima vez mejor no hagas eso; cuando regrese, podrías enviarle algunos detalles.
[¿Para qué voy a ir? Quién sabe qué intenciones tiene en Las Colinas. A lo mejor fue a buscar otro pretendiente o a fastidiarte la vida.]
-No hables así de ella. Ve a descansar; yo seguiré vendiendo estas manzanas que se han acumulado. Espero terminar con esta labor social en unos días.
Al cerrar la transmisión, Raúl permaneció inmóvil, con la mirada clavada en la pantalla del celular, aguardando una notificación que no llegaba. Diez minutos de silencio digital solo incrementaron su inquietud.
En ese mismo momento, Anaís enfrentaba una situación tensa en la oficina del encargado del Proyecto Manzana Compartida. El funcionario se retorcía las manos, visiblemente incómodo.
-Señorita Anaís, tengo algo importante que comunicarle. Los agricultores… anoche firmaron un acuerdo con otro equipo y han decidido no continuar la colaboración con usted. Los pedidos que vendió no podrán ser surtidos porque confían más en el equipo de la señorita Bárbara.
-Mire–continuó mientras se rascaba la cabeza—, aunque la señorita Bárbara ofrece un precio más bajo, prometió aportar un millón de pesos como subsidio para los agricultores. Sacando cuentas, se dieron cuenta de que podrían vender toda la cosecha y obtener más ganancias que en temporadas anteriores. Por eso optaron por no seguir con usted. Quise advertirle anoche, pero la señorita Bárbara insistió en dejar que usted vendiera primero.
Inés, que había permanecido en silencio, explotó con indignación.
-¡Es el colmo! ¡El Proyecto Manzana Compartida es un compromiso formal que firmamos! Anoche, bajo la tormenta, Anaís estuvo transmitiendo en vivo, preocupada por las pérdidas de los agricultores, ofreciéndoles un precio superior al del año pasado. ¿Y mientras ella se desvivia por ayudarlos, ustedes conspiraban con Bárbara para tenderle una trampa? Ahora que vendió todos esos pedidos, si no los entregan, ¡la van a crucificar en redes! ¿Por qué esperaron
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Capitulo 43
hasta el mediodía para decírnoslo, después de que vendiera diez mil pedidos más? ¡Pudieron haberlo mencionado anoche o esta mañana!
La estrategia era evidente: dejar que Anaís se esforzara en promocionar el producto para después, sin mercancía que entregar, convertirla en el blanco de todas las críticas.
Las lágrimas de rabia asomaban a los ojos de Inés, mientras la impotencia y la injusticia le oprimían el pecho al ver cómo habían traicionado a Anaís.
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