Capítulo 47
La tarde moría lentamente en Las Colinas cuando unos golpes suaves interrumpieron el reposo de Anaís. Media hora había transcurrido desde que se recostara a descansar, dejando que su mente vagara entre las sombras proyectadas por el sol poniente sobre las paredes de su habitación.
Al abrir la puerta se encontró con la figura impecable de Lucas, quien mantenía su característico porte profesional.
-Señorita Villagra, el presidente solicita el honor de su compañía para la cena – anunció con su distintiva formalidad.
El hambre comenzaba a hacerse presente, pues las manzanas que había estado degustando durante la tarde ya no bastaban para saciarla.
La habitación del presidente Lobos resplandecía bajo una cálida iluminación que bañaba una mesa dispuesta con refinada elegancia. Efraín, sentado al borde, estudiaba las páginas de un libro con atención meticulosa. Al percibir su presencia, elevó la mirada con parsimonia.
-Adelante, toma asiento -indicó con voz serena.
-Gracias, presidente Lobos -respondió ella, cediendo al llamado de su apetito mientras ocupaba su lugar.
La mesa era un festín digno de la realeza: más de quince platillos se desplegaban ante sus ojos como un lienzo gastronómico, desde aves preparadas con exquisita dedicación hasta mariscos que prometían los sabores del océano. La abundancia y variedad del banquete la dejaron maravillada.
Con delicadeza, comenzó a degustar cada bocado, permitiendo que los sabores danzaran en su paladar. Efraín apartó su libro y, tomando los cubiertos con elegancia estudiada, cortó un trozo de carne. Para cuando Anaís había saciado la mitad de su hambre, notó que él apenas había probado su comida. Le resultó peculiar que un hombre de su presencia tuviera un apetito tan moderado.
Un golpeteo en la puerta contigua interrumpió la quietud del momento.
-Anaís, ¿estás ahí? -La voz de Inés atravesó la madera, probablemente en busca de respuestas sobre un pedido sustancial que superaba los veinte mil pesos.
Al intentar incorporarse, un dolor agudo en su rodilla la traicionó. Por instinto, sus dedos se aferraron al mantel con demasiada fuerza, provocando que un tazón de cremosa sopa de calabaza y champiñones se volcara sobre los pantalones de Efraín.
El tiempo pareció detenerse por un instante. Cuando por fin reaccionó, sus manos volaron hacia las servilletas, intentando remediar el desastre. Sin embargo, la ubicación del derrame era comprometedora, y tras varios intentos infructuosos, la impropiedad de sus acciones la golpeó con claridad.
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Capítulo 47
Al alzar la vista, se encontró con la mirada penetrante de Efraín. Con un movimiento deliberado, él sujetó su muñeca.
-Es suficiente -murmuró con voz profunda.
-Lo lamento mucho, presidente Lobos. Mi rodilla… -se disculpó ella, mientras el dolor persistía como un recordatorio punzante.
La presión de sus dedos en su muñeca se mantuvo, y después de un momento que pareció extenderse indefinidamente, preguntó:
-¿Te duele demasiado?
La voz de Inés continuaba resonando desde el exterior, por lo que Anaís respondió:
-Ya casi no. Esta noche debo partir a Río Claro. Son dos horas en auto desde aquí, así que no podré regresar. También cultivan manzanas allá; quiero dialogar con los productores locales sobre los precios.
Aunque el proyecto de apoyo agrícola se centraba en Campo Alegre, Río Claro también formaba parte de la iniciativa. Sin embargo, sus manzanas, a pesar de su calidad, no gozaban de la misma fama que las de Las Colinas. El gobierno había priorizado la promoción de La Huerta de Oro, relegando a Río Claro al olvido en años recientes.
Dado que los agricultores de Las Colinas habían cerrado sus puertas, Río Claro se presentaba como una alternativa necesaria.
Percibió un sutil incremento en la presión sobre su muñeca, mientras el pulgar de Efraín trazaba círculos casi imperceptibles sobre su piel, despertando sensaciones que prefirió
ignorar.
Cuando por fin la liberó, su voz emergió cargada de conocimiento:
-Los productores de Río Claro pueden ser complicados. El abandono prolongado ha sembrado resentimiento hacia esta región.
La sorpresa se dibujó en el rostro de Anaís. ¿Habría considerado esa posibilidad si ella no hubiera mencionado Río Claro?
-Lo sé, pero mi sinceridad será mi carta de presentación. Además, la calidad de sus manzanas iguala a las de Las Colinas; solo les ha faltado reconocimiento.
Se disponía a retirarse cuando el teléfono de Efraín cobró vida. En la pantalla brillaba el nombre
de Roberto.
“Qué inoportuno“, pensó Anaís, frunciendo el ceño. ¿Qué motivos tendría Roberto para contactar a Efraín?
Con un movimiento deliberado, Efraín activó el altavoz.
–
-Primo, ¿en qué habitación se hospeda Anaís? Acabo de llegar a Las Colinas y necesito hablar con ella la voz de Roberto llenó el espacio.
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Capitulo 47
La mirada de Efraín se posó sobre Anaís.
Una sombra de fastidio cruzó su rostro. Las visitas de Roberto invariablemente traían
exigencias: ya fuera el regalo de un bolso de cuarenta mil pesos para su tía o disculpas forzadas hacia Bárbara. Nunca nada positivo.
-¿Cuál es el motivo? -inquirió Efraín con tono neutral.
-Todo esto por los problemas que ella provocó. Sus comentarios en el streaming han desatado una ola de insultos hacia Barbi. Está destrozada, y le he pedido que se disculpe. Al fin y al cabo, es su hermana mayor.
Anaís repasó mentalmente sus palabras durante la transmisión. Había mencionado la intimidad entre ellos, sí, pero era un hecho innegable. La aversión hacia Roberto se intensificó, y cualquier vestigio de amargura se transformó en pura irritación.
-Anaís se infiltró en el Grupo Lobos solo para perseguirme. Todo esto es un intento de llamar mi atención, pero no debería jugar con la reputación de Barbi. Con tanta audiencia en el streaming, si…
El sonido de la llamada terminada cortó su discurso.
-Presidente Lobos, me retiro. Inés me espera -anunció Anaís, respirando profundamente.
-Adelante.
Al abrir la puerta, divisó a Inés a cierta distancia. La sorpresa en su rostro era evidente, pero el momento no permitía distracciones.
-Anaís, los clientes están inquietos por sus pedidos. Bárbara insinuó en el streaming que estamos estafando a la gente, que no podemos cumplir con las entregas. Los compradores están alarmados.
Anaís avanzó con determinación hacia la salida, ignorando el dolor persistente en su rodilla.
-No te preocupes, partimos ahora mismo a Río Claro.
Tras diez minutos de caminata, al llegar al vestíbulo, se toparon con Bárbara. La posada se dividía en dos patios, oriental y occidental, separados por una calle de tres metros de anchura. Mientras ella se alojaba en el sector oeste, Bárbara ocupaba el ala este.
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