Capítulo 50
La brisa vespertina agitaba suavemente las cortinas del balcón mientras el sol comenzaba su descenso, bañando Las Colinas con una luz dorada. Roberto, consciente de la imponente
presencia de su primo, adoptó una postura deferente.
-Primo–saludó con voz contenida.
-Primo–repitió Bárbara, imitando el gesto.
La mirada penetrante de Efraín se detuvo en las manos entrelazadas de la pareja. Sus ojos, agudos como los de un depredador estudiando a su presa, brillaron con un destello de desprecio.
-¿Quién le dio a la señorita Villagra el derecho de llamarme así? -su voz resonó con la autoridad de quien está acostumbrado a que sus palabras sean ley.
El rostro de Bárbara se transformó en un lienzo donde la vergüenza y la indignación pintaban matices de rubor. La pregunta la golpeó como una bofetada inesperada, recordándole que, a pesar de su belleza y encanto, había barreras que ni siquiera ella podía derribar con facilidad. Después de todo, él era Efraín, el líder indiscutible del Grupo Lobos. Incluso desde su silla de ruedas, su presencia emanaba un poder que hacía temblar a los más valientes.
“¿Por qué? ¿Por qué siempre me trata con tanta frialdad?“, se preguntaba Bárbara mientras sentía el ardor en sus mejillas. La frustración burbujeaba en su interior como agua hirviendo. “¿Acaso no soy lo suficientemente hermosa? Todo el mundo me adora, mi familia me venera… hasta Leopoldo, el hermano de Roberto, suspira por mí cada vez que me ve.”
En su mundo, una simple mirada suya bastaba para que los hombres cayeran rendidos a sus pies como fichas de dominó. Todos excepto él. Y quizás era precisamente esa resistencia lo que alimentaba su obsesión. Cuanto más inalcanzable se mostraba Efraín, más intenso se volvía su deseo de conquistarlo.
“Ya verás“, pensó con determinación. “Tarde o temprano, serás tú quien me ruegue por una migaja de atención.”
Roberto, percibiendo la tensión en el ambiente, rodeó la cintura de Bárbara con un gesto protector.
-Primo, mi compromiso con Anaís es solo una formalidad. Ella es quien se niega a romperlo -explicó, intentando sonar seguro-. Barbi es mi novia, y algún día será mi esposa.
Las últimas palabras salieron de su boca con un ligero temblor, traicionando su propia incertidumbre. La reciente distancia de Anaís lo perturbaba más de lo que estaba dispuesto a admitir, despertando en él un interés renovado que lo desconcertaba.
Efraín giró su silla con un movimiento controlado, su expresión tan impasible como una
máscara tallada en mármol.
-Cuando caíste al agua, fue Anaís quien arriesgó su vida para salvarte -su voz cortó el aire
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Capitulo 50
como un látigo de seda-. En ese momento, frente a todos, juraste que te casarías con ella.
Las palabras de Efraín golpearon a Roberto como un puñetazo invisible, desenterrando recuerdos que había preferido sepultar. Los fragmentos de su infancia junto a Anaís comenzaron a emerger: las risas compartidas, la amistad entre sus madres, y aquel día crucial cuando ella lo rescató. El compromiso no había sido un arreglo familiar, sino una promesa nacida de la gratitud y la emoción del momento.
Pero con el paso de los años, el amor incondicional de Anaís se había convertido en algo tan constante como el aire que respiraba. Tan presente que había dejado de valorarlo, convencido de que ella siempre estaría ahí, como una estrella fija en su firmamento personal.
Un roce suave en su brazo lo arrancó de sus reflexiones. Bárbara se había acercado, sus labios
casi rozando su oído.
-Rober… -susurró con malicia apenas contenida-. ¿No será que tu primo está interesado en
Anaís?
—¡Imposible! —la negación brotó de sus labios como un reflejo, mientras una sensación de inquietud se expandía por su pecho.
Su rostro se endureció, intentando ocultar la ansiedad que esa idea le provocaba.
-Barbi, no digas esas cosas -respondió en voz baja-. Efraín nunca ha mostrado interés por ninguna mujer. Si trata bien a Anaís es solo por consideración hacia mí.
Los ojos de Bárbara destellaron con un brillo venenoso. La simple idea de que Efraín pudiera tener algún tipo de consideración especial por Anaís le revolvía el estómago. Su obsesión por arrebatarle todo a su hermanastra crecía día a día como una enredadera venenosa.
-Solo pensaba en voz alta -murmuró, mientras su mirada se deslizaba por la figura de Efraín.
En su mente, ya saboreaba el momento en que ese hombre poderoso se arrastraría por su atención. Lo imaginaba adorándola como a una diosa, y ella, cual araña satisfecha, lo abandonaría sin piedad, jugando con sus emociones como una niña caprichosa con un juguete
nuevo.
El solo pensamiento la hizo estremecerse de placer anticipado, mientras una sonrisa cruel se dibujaba en las comisuras de sus labios.
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