Capítulo 51
Anaís extrajo el spray desinfectante de su bolso. Sus movimientos eran precisos y metódicos a atender la herida en su rodilla. El camino hacia Rio Claro se extendía ante ellos como una serpiente de asfalto, prometiendo dos horas de viaje bajo el cielo que comenzaba a teñirse de tonos cobrizos.
Inés le extendió una botella de agua mineral, sus ojos reflejando una preocupación maternal.
-Anaís, no te desanimes. Cuando regrese a la oficina, si escucho a alguien hablando mal de ti, voy a poner las cosas en claro.
Una sonrisa fugaz cruzó el rostro de Anaís mientras rociaba el desinfectante por segunda vez
sobre la herida.
-No tiene importancia. La gente siempre va a hablar, es su naturaleza.
El silencio se instaló entre ellas como un velo transparente, hasta que Inés lo rompió con voz
suave.
-Sabes, tengo una amiga que trabaja en tu departamento. Me contó que antes no te llevabas bien con los demás, pero tenías una buena relación con Roberto. Esto fue hace algunos años, antes de que él se enamorara de Bárbara.
“¿Hace años?” El pensamiento resonó en la mente de Anaís. Sí, todo había cambiado con la llegada de Bárbara a la familia Villagra, como una piedra arrojada a un estanque tranquilo.
-Anaís, tú y Roberto estaban comprometidos, y antes parecía quererte. ¿Cómo llegaron a este punto? ¿De verdad no hay vuelta atrás? En tu departamento dicen que harías cualquier sacrificio por recuperarlo -la voz de Inés estaba cargada de genuina preocupación.
Anaís presionó sus dedos contra las sienes, masajeando suavemente. La amnesia había borrado tantos recuerdos, pero el dolor que sentía al ver a Roberto y a la familia Villagra permanecía como una cicatriz invisible. Quizás, en algún momento, todo aquello había significado el mundo para ella.
“Pero ahora… ahora son solo sombras que ya no pueden lastimarme.”
Inés, percibiendo la introspección de Anaís, optó por sumirse en el silencio.
El crepúsculo pintaba el cielo cuando el auto se detuvo frente a la entrada de Río Claro. Los agricultores persistían en sus labores entre los manzanos, mientras estudiantes de secundaria en vacaciones intentaban transmitir en vivo las ventas con más entusiasmo que experiencia.
La escena revelaba la brecha generacional: agricultores mayores de treinta años ajenos al mundo digital, y jóvenes que, aunque familiarizados con la tecnología, desconocían las complejidades de las plataformas de streaming, cayendo víctimas de estafas que les arrebataban sus ganancias.
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Capítulo 51
Carpas desperdigadas por el terreno atestiguaban largas jornadas de transmisión, pero los chats permanecían desiertos, como pozos sin eco. Al acercarse Anaís, los estudiantes la observaron con recelo.
-¿Eres tú? -la pregunta flotó en el aire, cargada de desconfianza.
Su rostro era conocido; estos días su canal brillaba en la página principal de la plataforma. Además, la proximidad entre Río Claro y Las Colinas -apenas separados por un suspiro de distancia- no hacía más que intensificar la tensión entre ambas comunidades, cuya relación entre agricultores era cualquier cosa menos cordial.
La presencia de la estrella de Las Colinas en su territorio fue recibida como una provocación. Los jóvenes, conteniendo apenas su hostilidad, espetaron:
-¿Qué hacen aquí? ¡Váyanse!
La oscuridad comenzaba a devorar el día, pero las luces de los huertos revelaban las manzanas pendiendo de las ramas como joyas carmesí. La tormenta de la noche anterior auguraba su caída prematura; pronto perderían su frescura contra el suelo.
Mientras Las Colinas prosperaba bajo el Proyecto Manzana Compartida, Río Claro languidecía en el estancamiento, atrapado en viejas costumbres sin señales de progreso.
-¿Cuántas manzanas tienen acumuladas? -preguntó Anaís, dirigiéndose a uno de los
estudiantes.
La indignación encendió el rostro del joven, quien se levantó bruscamente de su asiento.
-¿A qué viniste? ¿Recorriste dos horas solo para burlarte? ¡La gente de Las Colinas no tiene vergüenza! Acordamos hacer famosas primero las manzanas de Las Colinas para después vender juntos, pero cuando La Huerta de Oro se hizo famosa, nos excluyeron y hasta nos
difamaron en internet.
Anaís, que conocía las tensiones entre ambas comunidades, no imaginaba la profundidad del resentimiento. Apenas empezaba a responder cuando la noticia de su llegada se propagó como fuego en paja seca. Los agricultores abandonaron sus herramientas, congregándose con expresiones amenazantes.
Inés y el conductor formaron un escudo humano alrededor de Anaís, pero cuando un rastrillo se dirigió hacia Inés, Anaís reaccionó por instinto, empujándola para protegerla. El impacto contra su espalda le arrancó un gemido ahogado.
La multitud crecía, sus voces alzándose en un coro de rencor acumulado.
-¡Que se larguen los de Las Colinas! ¡Preferimos que nuestras manzanas se pudran antes que aceptar su ayuda! -el grito brotó de una garganta estrangulada por la emoción.
Décadas de rivalidad habían cavado un abismo entre ambas comunidades. El éxito de La Huerta de Oro había traído prosperidad selectiva, beneficios económicos que fluían en una sola dirección, mientras las autoridades ignoraban el desequilibrio, seducidas por las cifras económicas. Al final, lo único que importaba era quién generaba más ingresos.
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Capítulo 51
Río Claro sufría el desprestigio, convertido en objeto de burlas en redes sociales, acusado de parasitar la reputación de La Huerta de Oro.
El dolor palidecía el rostro de Anaís, pero cuando otro agricultor alzó su rastrillo, varios jóvenes lo contuvieron.
-¡Tío, deténgase! Esto solo empeorará las cosas.
Anaís, con su belleza natural realzada por la ausencia de maquillaje, se erguía como un lirio en medio de la tormenta. A pesar del dolor que blanqueaba su rostro, su dignidad permanecía
intacta.
-Estoy aquí para ayudarlos a vender sus manzanas. Conozco la historia entre Las Colinas y Río Claro, y entiendo sus sentimientos. Les pido tres días. Si en ese tiempo no he vendido trescientos mil kilos, pueden hacer lo que consideren necesario.
Los últimos años habían visto desfilar empresas interesadas en el potencial de Río Claro, atraídas por la promesa de esta tierra fértil. Sin embargo, la sombra de Las Colinas era alargada, y los compradores buscaban comercializar las manzanas de Río Claro bajo el sello de La Huerta de Oro, empujando a los agricultores hacia una narrativa de victimización que explotara la compasión pública.