Capítulo 52
La tenacidad corría por las venas de los habitantes de Río Claro como una herencia ancestral. Durante generaciones, habían aprendido a sobrevivir por cuenta propia, cargando sus remolques con el fruto de su trabajo para venderlo en la ciudad vecina. Sus ingresos, aunque modestos, les permitían mantener la dignidad a costa de jornadas extenuantes bajo el sol.
La devastación causada por las tormentas recientes había tomado a todos por sorpresa, amenazando con destruir el esfuerzo de meses en cuestión de días.
Anaís mantuvo una actitud serena y respetuosa, a pesar del golpe recibido. Los agricultores se miraron entre sí, evaluando la situación, hasta que algunas voces jóvenes rompieron el silencio. -Démosle una oportunidad -sugirió uno de ellos-. Es una influencer reconocida, tal vez pueda ayudarnos.
A pesar de que la desconfianza aún se reflejaba en los rostros curtidos por el sol, terminaron accediendo a la propuesta.
Inés se acercó preocupada para examinar las lesiones de Anaís, pero ella la detuvo con un gesto suave.
-No te preocupes -murmuró, aunque el dolor pulsaba en su espalda como un recordatorio
constante.
Sin perder tiempo, Anaís entró a la carpa improvisada donde los jóvenes realizaban sus transmisiones y comenzó a dar instrucciones precisas a Inés.
-Necesito que contactes a todos los clientes que han hecho pedidos en nuestra plataforma. Explícales que hice una inspección personal y descubrí que las manzanas de Río Claro tienen un sabor más dulce. Les ofreceremos cambiar su pedido por estas manzanas. Si están de acuerdo, procedemos con el envío; si no, pueden solicitar su reembolso.
Inés frunció el ceño, confundida.
-¿Por qué complicarnos tanto? Tenemos más de veinte mil pedidos pendientes. Podríamos simplemente enviar estas manzanas y nadie notaría la diferencia. Son igual de buenas que las
otras.
La mirada dolida de los jóvenes no pasó desapercibida para Anaís, quien interrumpió a su asistente con firmeza.
-Para la gente de Río Claro, vender sus manzanas bajo el nombre de La Huerta de Oro sería una humillación imperdonable. Las Colinas los expulsó del negocio hace años, destruyendo sus sueños y su dignidad. Como dijeron antes, preferirían ver sus manzanas pudriéndose en el suelo antes que someterse a esa vergüenza.
En este mundo, existían personas que se aferraban a sus principios con la misma tenacidad con que sus manzanos se aferraban a la tierra. Los habitantes de Río Claro eran así: herederos de una generación que jamás se doblegó. Algunos podrían tacharlos de tercos, pero vivir y
morir según las propias convicciones tenía su propia nobleza. Al menos ellos no traicionaban a los suyos, como había hecho la gente de Las Colinas.
Las palabras de Anaís resonaron en los jóvenes como una revelación.
-¡Así es! Mi madre siempre nos recuerda que jamás debemos aprovecharnos del nombre de Las Colinas. Lo que hicieron hace décadas fue atroz. Varias personas perdieron la vida aquí, incluyendo al líder más respetado de nuestra comunidad…
La emoción quebró su voz antes de continuar.
-Mi madre apenas tenía diez años cuando sucedió. Siempre nos cuenta que el líder era un hombre extraordinario. A pesar de tener un título de una universidad prestigiosa, eligió venir a nuestra comunidad para ayudarnos a prosperar. Fue él quien tuvo la visión de convertir estas tierras en huertos de manzanos. En ese entonces, Campo Alegre aún no se había dividido. Pero el líder de Las Colinas se apropió del proyecto, ascendiendo rápidamente en su carrera política. Queríamos denunciar la injusticia, pero nuestro líder insistía en que lo importante era el bienestar de todos. Sin embargo, Las Colinas nos excluyó del negocio, y cuando él fue a defender nuestros derechos en una reunión… lo asesinaron con un rastrillo. El líder de Las Colinas pagó solo trescientos pesos por su vida.
“Trescientos pesos“. La cifra resonó en el silencio como una burla cruel, el precio asignado a la vida de un servidor público que solo había querido hacer el bien.
Anaís comenzó a comprender la profundidad del resentimiento que había perdurado durante tantas décadas.
El joven se limpió una lágrima furtiva antes de continuar.
-El alcalde apenas tenía veinticinco años cuando todo sucedió. Con su educación, podría haber tenido una vida de lujos en la ciudad. Su prometida, al enterarse de su desaparición, vino desesperada a buscarlo. Pero en el camino… alguien arrojó piedras contra su auto. El parabrisas se rompió y ella perdió el control. También murió ese día.
Los dedos de Anaís se hundieron en la manzana que sostenía mientras su respiración se volvía cada vez más pesada.
-¡¿Qué clase de monstruos pueden hacer algo así?! -explotó Inés, temblando de indignación. ¿Los que lanzaron las piedras fueron ejecutados?
El joven bajó la mirada, sus labios formando una línea tensa.
-Eran niños de doce años.
Un silencio sepulcral cayó sobre la carpa. A esa edad, el reformatorio juvenil era el único castigo posible. No había responsabilidad legal.
Inés sintió que la vergüenza la consumía al recordar su sugerencia de vender las manzanas bajo el nombre de Las Colinas.
-Lo siento tanto… no tenía idea.