Capítulo 53
Mientras el sol comenzaba a ocultarse entre las montañas de Río Claro, la determinación brillaba en los ojos de Anaís. Con un gesto reconfortante, posó su mano sobre el hombro de
Inés.
-Primero envía la carta de disculpa. Que se sienta la sinceridad en cada palabra -sus labios se curvaron en una sonrisa al recordar el sabor de la manzana que acababa de probar-. Estas manzanas son verdaderamente extraordinarias, más dulces y crujientes que las de Las
Colinas.
Inés se apresuró a secar sus lágrimas, recuperando el ánimo con renovada energía.
-¡Lo haré ahora mismo!
Anaís se volvió hacia el joven agricultor que permanecía expectante a su lado.
-¿En cuánto venden el kilo?
-Siempre a sesenta pesos.
-Inés, especifica en la carta que, como compensación, incluiremos un kilo extra.
El precio original de noventa pesos por significaba que, incluso con el kilo adicional, el margen seguía siendo favorable al vender la caja de diez kilos.
-Entendido -respondió Inés con decisión.
La tensión era palpable mientras todos observaban el sistema de pedidos. Las cancelaciones comenzaron a llegar una tras otra, como pétalos de cerezo arrastrados por el viento.
“Esto es una pesadilla“, pensó Inés, enterrando el rostro entre sus manos. “Si perdemos los veinte mil pedidos… Todo por culpa de Bárbara y sus acusaciones de fraude. Esta carta de disculpa solo confirmará sus sospechas.”
Anaís volvió a reconfortar a Inés con un suave toque en el hombro, pidiéndole que mantuviera la vigilancia del sistema. Se incorporó para dirigirse al grupo de jóvenes agricultores.
-Conservaremos al menos unos miles de pedidos. Necesitamos más manos para empacar durante toda la noche. La prioridad es que las manzanas lleguen lo antes posible.
La noticia corrió como pólvora por el pueblo. Los jóvenes, que llevaban días trabajando bajo la carpa con apenas unas docenas de ventas, pronto se vieron acompañados por una veintena de voluntarios. El sentimiento inicial de culpa se transformó en esperanza al ver crecer los pedidos, atrayendo a más agricultores de los alrededores.
-¿De verdad conseguimos miles de pedidos tan rápido? -preguntó alguien con asombro.
Para evitar malentendidos, Anaís compartió los acontecimientos previos. La respuesta fue un silencio comprensivo; lo fundamental era que los consumidores supieran que compraban auténticas manzanas de Río Claro, sin conexión alguna con Las Colinas.
19:30
Capítulo 53
Un hombre mayor cruzó los brazos con determinación.
-¡Hay que despertar al pueblo entero! Que anuncien con el megáfono de punta a punta. Todos a empacar, el descanso vendrá después.
Un joven tomó el megáfono y recorrió las calles, su voz resonando en cada rincón del pueblo. La respuesta fue inmediata: todos los mayores de quince años acudieron al llamado, sus manos moviéndose con destreza y precisión en la tarea.
Tras tres intensas horas de trabajo, los miles de pedidos estaban listos para su envío. Anaís dejaba escapar un bostezo cuando el grito emocionado de Inés rompió el silencio.
-¡Anaís! ¡Es increíble! Revisé el sistema y, aunque hubo cancelaciones, más de diez mil personas confirman que mantendrán sus pedidos.
La noticia tomó a Anaís por sorpresa. Sus expectativas de conservar algunos miles de pedidos habían sido superadas con creces.
Las mejillas de Inés resplandecían de emoción.
-Les pregunté el motivo y muchos respondieron que simplemente confían en ti.
La presencia de Anaís frente a las cámaras había dejado una impresión indeleble: segura, cercana y serena, reflejando una educación refinada que inspiraba confianza.
La alegría de Inés era contagiosa.
-Aún hay muchos sin responder, mañana tendremos un panorama más claro. Pero con más de diez mil pedidos, tenemos trabajo hasta el amanecer.
Anaís sintió cómo se aligeraba el peso sobre sus hombros. Contemplando los rostros esperanzados que la rodeaban, alzó la mano en señal de ánimo.
-Será una noche larga, pero aprecio profundamente su dedicación.
El grupo respondió con un grito entusiasta, retornando a su labor con renovado vigor.
Mientras tanto, en Las Colinas, Efraín revisaba documentos con gesto pensativo. Lucas, a su lado, rompió el silencio con un comentario mordaz.
–Disculpe, el señor Lobos comparte habitación con Bárbara esta noche. ¿Deberíamos informar a la familia?
A pesar de su antipatía por Anaís, Roberto mantenía un compromiso formal con ella. La noticia de este encuentro prematuro tendría repercusiones significativas en su círculo social.
La historia de Aurora, madre de Roberto, como la amante que ascendió a esposa legítima, permanecía como una mancha indeleble en el prestigio de los Lobos. En aquellos círculos privilegiados, donde los escándalos eran infrecuentes, el logro de Aurora provocaba miradas de desprecio entre las damas de sociedad.
19:31
Capítulo 53
La noticia de que el hijo de Aurora, aún comprometido, compartía lecho con la hermana de su prometida, sería un escándalo mayúsculo.
Como patriarca de los Lobos, cualquier controversia familiar recaía sobre los hombros de Efraín.
Sin levantar la vista de los documentos, respondió con voz sosegada.
-No será necesario.
Lucas dejó escapar una risa sarcástica.
-De tal palo, tal astilla.
“Un hijo de amante jamás encajaría en la alta sociedad“, pensó. Cualquier persona sensata cuidaría su reputación; las aventuras discretas eran tolerables, pero escandalizar a la sociedad con la hermana de la prometida era una transgresión imperdonable para la verdadera aristocracia.‘
-Silencio.
Efraín cerró el documento y dirigió su silla de ruedas hacia la salida.
Lucas, consciente de su indiscreción, guardó silencio mientras ordenaba los papeles.
La casa de huéspedes de Las Colinas, con su ubicación privilegiada y aire puro, ofrecía el escape perfecto para despejar la mente. Efraín se reclinó en su silla, contemplando la luna que brillaba en el firmamento.
La una de la madrugada marcaba un momento de quietud absoluta, donde solo el murmullo de la fuente del jardín rompía el silencio nocturno.
El suave deslizar de las ruedas resonaba con claridad en aquella noche serena.
Efraín se detuvo frente al patio central, admirando una obra maestra que adornaba la pared, testimonio del refinamiento del lugar.
-¿Le cautiva esta pintura, señor Lobos?
La voz aterciopelada de Bárbara flotó en el aire mientras se aproximaba con pasos medidos.
-Qué sorpresa encontrarlo despierto, señor Lobos. Las noches aquí poseen una magia especial. El aire limpio, la luna que parece estar al alcance de la mano…
Sus ojos destellaban con satisfacción, decidida a cautivar a Efraín con su encanto. La experiencia le había enseñado que un hombre de su posición cedería ante sus encantos, como tantos otros antes. Esta vez, más sabia, lo trataba con la formalidad adecuada: señor Lobos,
no primo.
1931