Capítulo 54
El brillo plateado de la luna bañaba los jardines de Las Colinas, creando sombras danzantes sobre el pasto recién cortado. Efraín intentó maniobrar su silla de ruedas para alejarse, pero Bárbara, con la gracia de una gacela y la determinación de una cazadora, se deslizó tras él.
-Señor Lobos, permítame acompañarlo de regreso -ofreció con voz melosa.
-Retírate la respuesta de Efraín resonó como un trueno distante, cargada de autoridad y desprecio.
Bárbara se quedó paralizada, como si le hubieran arrojado un balde de agua. El sonido de las ruedas sobre el empedrado se fue desvaneciendo en la quietud de la noche, dejándola sola con su humillación. La indignación se apoderó de ella, haciendo que su respiración se volviera pesada y entrecortada. Sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos mientras la rabia bullía en su interior.
“¿Cómo se atreve a tratarme así?“, pensó, temblando de furia. “En una noche tan perfecta, encontrarnos frente al mismo cuadro… ¿no debería haber visto las señales del destino? ¡Ese maldito Efraín! ¡Siempre tan impredecible!”
Con pasos furiosos, Bárbara regresó a su habitación. Apenas cruzó el umbral, Roberto la envolvió en sus brazos, besándola con una pasión desbordante que casi logró disipar su
amargura.
-Rober, ¿por qué sigues despierto? -murmuró Bárbara contra sus labios.
-¿Dónde andabas a estas horas?
-Admirando la luna, está espectacular esta noche.
Roberto la condujo hacia la cama, donde las sábanas aún guardaban el calor de su encuentro anterior. Desde aquella noche hace un año, cuando el alcohol nubló su juicio y los unió en un abrazo prohibido, habían dejado de luchar contra lo inevitable. El recuerdo de sus cuerpos entrelazados minutos antes aún flotaba en el ambiente.
Con voz suave y calculada, Bárbara susurró:
-Estuve paseando por el ala oeste, que está bastante lejos de aquí. Rober, deberías ir a ver a mi hermana mañana. Seguramente vino a Las Colinas porque supo que yo estaría aquí ayudando en la granja.
Un destello de fastidio cruzó el rostro de Roberto, pero las palabras de su primo resonaron en su memoria, provocándole una punzada de culpabilidad. Tiempo atrás, su relación con Anaís había sido genuina. Ella lo amaba, y él correspondía ese sentimiento.
Anaís incluso había arriesgado su vida para salvarlo de ahogarse. La imagen de ella luchando contra las aguas turbulentas permanecía grabada en su memoria. Sin embargo, la historia de Bárbara, con todo su sufrimiento y madurez adquirida en cinco años de ausencia, había tocado fibras más profundas en su corazón.
1/3
Capitulo 54
“Anaís ha vivido cómodamente con los Villagra“, se justificaba Roberto. “Y fue Bárbara quien la salvó del tráfico humano. ¿Dónde está su gratitud?”
Bárbara, percibiendo su conflicto interno, deslizó sus dedos suavemente por el pecho de Roberto.
-Rober, no quiero conflictos con mi hermana. Entiendo su preocupación; cree que le he arrebatado todo. La comprendo, especialmente porque te ama tanto. A veces siento que soy la villana de esta historia.
-Iré a verla mañana -respondió él, estrechándola con fuerza-. No te atormentes más. Yo bebí demasiado aquella noche y provoqué esta situación. La responsabilidad es mía, no fue tu
culpa.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en los labios de Bárbara. Al regresar a la familia Villagra, todos la abrumaban con atenciones mientras Roberto solo tenía ojos para Anaís, tratándola a ella con indiferencia. Naturalmente, eso la había molestado, así que había manipulado cada situación hasta ganarse su simpatía, y poco a poco, él comenzó a inclinarse hacia ella.
“Pero no es suficiente“, pensó mientras fingía dormir entre sus brazos. “Quiero que desprecie completamente a Anaís“. Y lo había logrado. No solo Roberto, sino todos habían llegado a detestar a su hermana. Al volver a casa, se había jurado arrebatarle a Anaís todo lo que
valoraba.
El sabor de la victoria era embriagador. Cada expresión de adoración hacia ella, cada mirada de desprecio hacia Anaís, alimentaba su satisfacción. Cuanto peor le iba a su hermana, más dichosa se sentía. Era su manera de recuperar todo lo que había perdido á lo largo de los años. La mañana siguiente pintaba el cielo con tonos pastel cuando Roberto se dirigió con paso vacilante hacia la habitación de Anaís. Golpeó la puerta una y otra vez, pero después de diez minutos sin respuesta, la impaciencia comenzaba a consumirlo.
El sonido de una puerta abriéndose lo sobresaltó, pero venía del frente.
-¿Primo? ¿Vives aquí? -preguntó sorprendido. Entre todas las habitaciones disponibles en ese inmenso lugar, ¿por qué tenían que ser vecinos?
Una sensación de incomodidad se instaló en su estómago.
-Así es respondió Efraín-. ¿Necesitas algo?
-Vine a ver a Anaís. Con todo este lío de los pedidos sin poder enviarse, quería consolarla un
poco.
La mirada de Efraín se detuvo en las marcas rojizas que decoraban el cuello de Roberto. “¿Realmente viene a consolar o a provocar?“, pensó.
Roberto, ajeno a las evidentes marcas en su cuello, sacó su celular con la intención de llamarla, pero recordó que Anaís lo había bloqueado.
-Primo, ¿podrías llamarla tú?
Capitulo 54
-Antes de buscarla, deberías al menos cubrir las evidencias de tus indiscreciones -señaló
Efraín con voz cortante.
Roberto se llevó la mano al cuello, recordando los apasionados besos de Bárbara la noche anterior. La vergüenza lo invadió momentáneamente, pero la descartó con rapidez.
-Anaís ya lo sabe. De todas formas, no hay futuro entre nosotros.
-¿Entonces por qué la buscas?
La pregunta quedó flotando en el aire. Roberto se quedó sin palabras, incapaz de justificar sus acciones. Si ya había decidido romper el compromiso con Anaís, ¿qué sentido tenía seguir
buscándola?
Efraín giró su silla, enfrentándolo con una mirada penetrante.
-¿0 acaso pretendes revolcarte con Bárbara mientras mantienes a la buena de Anaís como respaldo?
El comentario cayó como una piedra en el estómago de Roberto. Anaís le había entregado todo; cualquier hombre se sentiría afortunado de tener una mujer así a su lado.
-Yo solo… -intentó defenderse.
-Aléjate de ella en adelante. No la mereces.
La autoridad en la voz de Efraín era innegable. Desde el accidente que lo mantuvo en el extranjero durante dos años sin una sola llamada, nunca había intervenido en asuntos de la familia Lobos. Roberto, intimidado desde siempre por su presencia, jamás lo había escuchado hablar así.
La incomodidad se transformó en rabia contenida, pero no se atrevió a responder. Su mano se cerró en un puño mientras se alejaba.
“¿Soy yo quien no la merece?“, pensó con amargura. “¿O es ella quien no me merece a mí?”
Después de todo, todos sabían que Anaís se había entregado a él sin reservas.
19:31