Capítulo 55
El sol de la tarde se filtraba por las ventanas de la suite más lujosa de la posada, donde Bárbara preparaba su equipo para la transmisión en vivo. A diferencia de su hermana, ella había elegido evadir las áreas más rústicas de Las Colinas. El huerto, con su aire denso y húmedo, plagado de mosquitos hambrientos al caer la noche, permanecía fuera de su radar. La comodidad del aire acondicionado y las sábanas de algodón egipcio eran más acordes a sus estándares.
Roberto entró a la habitación, y el perfume floral de Bárbara envolvió sus sentidos. Ella, ajustando la iluminación de su cámara con dedos expertos, levantó la mirada hacia él.
-Rober, ¿pudiste ver a mi hermana? -sus labios se curvaron en una sonrisa estudiada-. Me enteré de que los agricultores no quieren trabajar con ella porque subió demasiado los precios. Tiene más de veinte mil pedidos sin poder entregar. Si los cancelan, el Grupo Lobos también se verá afectado, ¿no crees?
Un suspiro de fastidio escapó de los labios de Roberto mientras se dejaba caer en el sofá de
cuero.
-Se metió en esto ella sola, solo para competir contigo. Es su problema. Debió considerar si tenía la capacidad antes de aceptar el proyecto de Las Colinas.
Bárbara se acomodó frente a la cámara, aunque la luz roja que indicaba la transmisión permanecía apagada. La suave luz natural realzaba sus facciones mientras giraba hacia Roberto.
-Rober, ¿crees que Efraín la despida por esto?
La pregunta quedó flotando en el aire mientras Roberto recordaba, con una punzada de inquietud, que Efraín y Anaís ocupaban la habitación justo enfrente de la suya. La coincidencia le provocaba un malestar que no lograba identificar. Entre todas las suites disponibles en la posada, ¿por qué precisamente esa?
Sus pensamientos derivaron hacia el accidente que había dejado a Efraín en silla de ruedas, un sacrificio hecho por Anaís. La duda se instaló en su mente: ¿Mi primo habría mostrado la misma clemencia con cualquier otra persona? Su frialdad característica siempre le había resultado antipática, y ahora esa aversión se intensificaba. Una idea perturbadora comenzó a
Anaís? tomar forma: ¿sería posible que mi primo albergara sentimientos por
La voz de Bárbara interrumpió sus cavilaciones.
-Rober, mi hermana está jugando muy bien sus cartas esta vez. Si te bloqueo y tú cedes, seguramente seguirá usando la misma estrategia.
-No voy a ceder -respondió él con firmeza-. Solo seguí tu consejo de mostrar algo de preocupación, pero ni siquiera estaba allí. Probablemente se asustó por esos más de veinte mil pedidos y huyó a San Fernando del Sol anoche.
-Así es ella, cualquier pequeño obstáculo la derriba -Bárbara moduló su voz con falsa
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Capítulo 55
preocupación-. Espero que se quede aquí unos días más y aprenda a fortalecerse, porque si entra a la empresa, ¿cómo va a imponerse?
Cada palabra suya destilaba crítica bajo el manto de una aparente preocupación fraternal.
Roberto se acercó y posó sus manos sobre los hombros de Bárbara, masajeándolos
suavemente.
-No te preocupes por ella, Barbi. En tres días habrás terminado tu labor de apoyo a los agricultores. Cuando volvamos a San Fernando del Sol, te compraré un auto deportivo.
Los ojos de Bárbara brillaron con genuina alegría.
-¡Me parece perfecto, gracias, Rober!
Mientras ellos intercambiaban palabras dulces en la comodidad de su suite, Anaís había pasado la noche entera trabajando sin descanso. El spray analgésico sobre sus rodillas adoloridas era un testimonio silencioso de su esfuerzo. Todo el pueblo se había movilizado bajo su dirección, y juntos trabajaron hasta las dos de la tarde para empaquetar la totalidad de los pedidos. Veinte mil órdenes completadas, equivalentes a doscientos mil kilos de manzanas, todo en una sola noche.
El agotamiento se manifestaba en cada fibra de su ser. Su estómago vacío protestaba y la cabeza le daba vueltas, pero una sensación de logro compensaba el malestar físico.
Un grupo de jóvenes se acercó a ella, la admiración brillando en sus ojos.
-Anaís, eres una máquina -exclamó uno de ellos con genuino asombro-. Doscientos mil kilos en una noche… ¿Tienes hambre? Ya viene la comida.
En Río Claro, la producción de manzanas era significativamente menor que en Las Colinas, alcanzando apenas los cuatrocientos mil kilos. En una sola noche, Anaís había logrado vender casi la mitad de esa cantidad.
Los agricultores, que inicialmente la habían recibido con escepticismo, ahora la miraban con respeto y gratitud, conquistados por su dedicación durante la noche.
Cuando llegó la comida, Anaís notó que le habían traído varios trozos de cerdo cocido a fuego lento, mientras que los jóvenes tenían simples platos para llevar. Uno de ellos sirvió generosas porciones para Anaís, Inés y él mismo.
-Gracias por su esfuerzo -dijo con sinceridad-. Esto lleva cocinándose desde anoche. Coman rápido para recuperar energías.
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