Capítulo 57
Durante los siguientes tres días, Anaís logró la hazaña de vender entre cuatro y cinco mil pedidos diarios, pero la fiebre se aferraba a su cuerpo como un parásito persistente. Al despachar el último pedido, el mundo ante sus ojos se desdibujó en una nebulosa confusa. Sus piernas, agotadas por el esfuerzo continuo, cedieron bajo su peso, obligándola a desplomarse en una silla cercana.
Los montículos de manzanas, antes imponentes, ahora se habían desvanecido por completo. Los agricultores, reunidos para celebrar el éxito de las ventas, enmudecieron al verla dormida. El rostro de Anaís reflejaba el agotamiento: sus mejillas teñidas de un rubor febril, sus labios resecos y agrietados por la deshidratación. Durante todo el día, su voz se había reducido a un débil susurro, forzándola a responder las preguntas de las transmisiones en vivo mediante mensajes escritos.
Los agricultores contemplaban en silencio a la joven que tanto se había esforzado por ellos. La dedicación y el trabajo incansable de esos días habían dejado una profunda huella en sus corazones. Cuando el atardecer comenzaba a teñir el cielo, Anaís finalmente despertó de su
breve descanso.
-Todavía tienes fiebre -murmuró Inés, posando su mano sobre la frente de Anaís-. Regresemos a la posada Las Colinas ahora mismo. Necesitas descansar varios días.
Anaís asintió débilmente, pero su sentido de responsabilidad permaneció intacto.
-Es probable que esta noche surjan problemas en Las Colinas -advirtió a los jóvenes con voz ronca-. Mantengan controlada a su gente y eviten publicar cualquier cosa en internet.
Los presentes intercambiaron miradas confundidas.
-¿Qué clase de problemas podría haber en Las Colinas?
Anaís dirigió su mirada hacia el horizonte, donde el crepúsculo pintaba las montañas con tonos violetas y anaranjados.
-No verificaron las direcciones de los clientes. Han pasado cuatro días desde los primeros pedidos, y quienes viven en zonas alejadas probablemente ya recibieron sus manzanas. Muchas deben estar en mal estado. Aunque aquí la temperatura ha bajado, en el sur el calor sigue siendo intenso. Las manzanas seguramente se echaron a perder durante el transporte.
Los agricultores intercambiaron miradas preocupadas al comprender la gravedad de la situación.
-Señorita Villagra -intervino uno de ellos-, permítanos su número de teléfono. Cuando recibamos el pago, queremos enviarle un presente. Además, no tiene que volver a Las Colinas esta noche, Contamos con una posada aquí mismo, con un excelente ambiente y aguas termales. Estas instalaciones no están abiertas al público; las construyó el antiguo líder del pueblo con sus ahorros para recibir a visitantes distinguidos, aunque últimamente no recibimos muchas visitas.
19:31
La mención de las aguas termales convenció a Anaís de quedarse. Arrastrando su cuerpo exhausto, se dirigió hacia el hotel mencionado. Al llegar, le informaron que esa tarde había arribado un visitante importante y el lugar había sido reservado y desinfectado.
Resignada a que el destino le negara el placer de las aguas termales, se dispuso a marcharse. Sin embargo, al girar, sus ojos se encontraron con una figura familiar: Efraín Lobos. Varios hombres trajeados lo escoltaban. Sus ojos se iluminaron con sorpresa.
-¿Presidente Lobos?
Efraín observó detenidamente el barro que manchaba los bajos de sus pantalones y su aspecto desaliñado.
-Presidente Lobos, ¿qué lo trae a Río Claro? -preguntó Anaís, mientras intentaba adecentar su apariencia.
-Inspección -respondió con tono neutral, mientras Lucas empujaba su silla de ruedas.
Anaís se apresuró a seguirlo.
-¿Reservaste todo el hotel de aguas termales? ¿Podríamos quedarnos aquí?
Inés, quien siempre había sentido un profundo respeto mezclado con temor hacia aquel jefe, observaba asombrada la naturalidad con que Anaís se dirigía a él.
-Como quieras.
Un suspiro de alivio escapó de los labios de Anaís. El agotamiento pesaba sobre cada fibra de su ser, y la idea de un viaje en auto resultaba insoportable. Lo único que anhelaba era sumergirse en las aguas termales y entregarse a un sueño profundo, algo que no había experimentado en días.
Los demás responsables, temerosos de perturbar el descanso de Efraín, encontraron pretextos para retirarse. Lucas también se excusó. Con delicadeza, Anaís se colocó detrás de la silla de ruedas y comenzó a empujarla suavemente.
Desde su posición, contemplaba el cabello perfectamente arreglado de Efraín. Su traje negro impecable contrastaba con su tono de voz, que mantenía su característica neutralidad.
-¿Estás muy cansada?
La pregunta tomó por sorpresa a Anaís. Entre bostezos, respondió:
-Un poco. No he descansado en varios días, pero logré vender todas las manzanas. ¿Eso significa que completé el Proyecto Manzana Compartida?
-Si. Esta noche en la cena, los responsables expresaron su admiración por tu trabajo.
Las palabras de Efraín la detuvieron en séco. Desde que había despertado de su inconsciencia, nadie le había mostrado reconocimiento; al contrario, solo había percibido desprecio. La fatiga que la envolvía pareció evaporarse, y sus ojos se humedecieron instantáneamente.
¿En serio?
10-31
Capitulo 57
Efraín giró su rostro y, al notar su expresión conmovida, frunció el ceño con un atisbo de preocupación.
-Lo hiciste muy bien.
Una sonrisa débil iluminó el rostro de Anaís.
C
-Cuando estaba en Las Colinas, pensaba que si me esforzaba, obtendría resultados. Pero parece que no les agrado. A veces creo que cargo una maldición que hace que la gente me
rechace.
-El problema es de ellos.
La mirada de Efraín se detuvo en su cabello despeinado. Era evidente que Anaís no había tenido tiempo de asearse apropiadamente en días.
Al percatarse de su aspecto descuidado, ella intentó arreglar su cabello con movimientos
nerviosos.
-No he podido lavarme el cabello, ¿se nota mucho, verdad? Iré a darme un baño y a lavármelo.
Por un instante, creyó ver una sonrisa en el rostro de Efraín.
Al intentar confirmarlo, su expresión había vuelto a su habitual impasibilidad.
“Seguramente fue mi imaginación“, pensó. “Este hombre nunca sonríe“.
A pesar de su aparente frialdad, una pregunta rondaba constantemente la mente de Anaís: ¿por qué, si ella era la responsable de su condición en silla de ruedas, no había tomado represalias contra ella?
Sus investigaciones le habían revelado que quienes se atrevían a desafiar a Efraín raramente tenían finales felices.
Sin embargo, la pregunta tendría que esperar; su relación aún no alcanzaba ese nivel de confianza.
Siguiendo las indicaciones del personal, se dirigió a su habitación.
Después de disfrutar de un reconfortante baño, recibió un mensaje de Inés.
[¡Anaís, tengo excelentes noticias! La Huerta de Oro está en problemas; hay muchísimas quejas en línea de gente que recibió manzanas podridas.]
Tal como había previsto, Bárbara solo se había preocupado por los resultados inmediatos.
La Huerta de Oro sin duda vería su reputación destruida por este incidente, pero Anaís no sentia ninguna compasión. Solo podía pensar que era exactamente lo que merecían.
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