Capítulo 58
El agotamiento había hecho mella en cada fibra de su ser. La fiebre persistía, arrastrándola hacia un sopor profundo que ni siquiera le permitía responder mensajes. Su cuerpo, convertido en un campo de batalla entre la enfermedad y su voluntad, finalmente se rindió al descanso.
Cuando la consciencia regresó a ella, el sol ya había completado su ciclo. La fiebre, obstinada, seguía presente, como un manto pesado sobre sus sentidos. Al menos las manzanas ya estaban vendidas, se consoló mientras se aseaba con movimientos pausados. El espejo le devolvía una imagen diferente a la habitual: sus mejillas habían perdido su color característico y sus ojos reflejaban el cansancio acumulado. Con pasos medidos, abandonó la habitación en
busca de alimento.
El comedor la recibió con una sorpresa: Efraín se encontraba allí, frente a una mesa generosamente servida. El estómago de Anaís protestó ante la vista; había dormido tanto que había perdido el desayuno y el almuerzo, según le informaron los empleados. Solo quedaba
una opción.
-Presidente Lobos -murmuró con voz suave, casi musical.
La respuesta llegó en forma de un sutil golpeteo de dedos sobre la mesa, una invitación silenciosa pero clara.
-Siéntate indicó él.
Un suspiro de alivio escapó de sus labios mientras esbozaba una sonrisa cansada.
-Muchas gracias, la verdad muero de hambre.
La debilidad se manifestaba en cada uno de sus gestos, en la palidez de sus labios, en los kilos perdidos que habían afinado sus facciones. Al terminar la última cucharada de sopa, una sensación inesperada la paralizó: una mano grande y firme se posó sobre su frente, enviando un escalofrío por su columna.
La mano de Efraín transmitía una frescura que contrastaba con el calor de su piel ardiente.
-Tienes fiebre -declaró él, retirando su mano con la misma rapidez con que la había colocado. Anaís llevó sus propios dedos a su frente, como queriendo conservar la sensación del contacto. -Puede ser… Tomé medicina pero no ha funcionado. Tal vez con más descanso se me pase.
Su voz sonaba áspera, cada palabra un esfuerzo visible. La mirada de Efraín se detuvo en su cuello, donde un moretón asomaba desde su espalda como testimonio silencioso de aquella primera noche en Río Claro.
-¿Te lastimaste? -preguntó él.
La pregunta evocó el recuerdo de su reflejo en el espejo durante el baño: su espalda era un lienzo de tonos violáceos que relataban una historia de golpes y caídas.
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Capitulo 58
-Anaís, ve a descansar cuando termines.
-Está bien.
Mientras observaba su silueta alejarse, Anaís reflexionó sobre cómo, tras esa aparente indiferencia, se ocultaban pequeños gestos de preocupación.
La noche anterior no había tenido oportunidad de tomar un baño apropiado, así que después de reposar media hora, tomó la bata proporcionada por el hotel y se dirigió al balneario que el personal le había recomendado efusivamente, prometiendo una experiencia que dejaría su piel suave como pétalos de rosa.
El espacio era imponente: más de cien metros cuadrados envueltos en un vapor aromático que difuminaba los contornos y creaba una atmósfera onírica. Un dulce aroma a flores silvestres flotaba en el ambiente, mezclándose con el vapor.
“Es increíble que este lugar no sea un balneario público“, pensó mientras se deslizaba por agua termal. El potencial comercial era evidente: convertido en un hotel de aguas termales naturales, sin duda sería un éxito rotundo.
el
Después de nadar un rato, se recostó en el borde, dejando que el calor tiñera sus mejillas. El sonido del agua moviéndose la alertó; al girar la cabeza, descubrió a Efraín recostado con los ojos cerrados. Su presencia la sobresaltó tanto que se incorporó de un salto, solo para recordar su desnudez y sumergirse nuevamente con el rostro ardiendo de vergüenza.
Había seguido la sugerencia del personal de bañarse sin ropa, pues le aseguraron que el agua era nueva y nadie la había usado. Pero nadie mencionó la posibilidad de encontrar compañía.
Se cubrió instintivamente con los brazos, evitando mirar en su dirección. La densidad del vapor creaba una cortina natural que limitaba la visibilidad a medio metro, explicando por qué no había notado su presencia antes.
Efraín llevaba el torso desnudo, pero conservaba los pantalones puestos. Junto a la piscina, botellas de licores finos y frutas frescas componían una escena de indulgente sofisticación.
En otras circunstancias, Anaís lo habría saludado con naturalidad, pero su desnudez la mantenía inmóvil. Su bata estaba demasiado lejos, y alcanzarla significaba pasar frente a él.
Las gotas de agua resbalaban por el cabello de Efraín cuando abrió los ojos. Anaís se alejó discretamente, temerosa de incomodarlo. La proximidad entre ambos era tan íntima que podía percibir el calor que emanaba de su cuerpo.
Sus facciones perfectas, realzadas por el ambiente vaporoso, ejercían un magnetismo hipnótico. Anaís se perdió en su contemplación hasta que su voz la devolvió a la realidad.
-¿Ya te cansaste de mirar? -preguntó él.
Paradójicamente, la incomodidad de la situación la hizo sentir más relajada.
-Solo admiro la belleza cuando la veo, presidente Lobos. Sin duda es usted el hombre más apuesto que he conocido -respondió con una sonrisa traviesa.
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Capitulo 58
La conclusión tardía de que se dirigía a su superior inmediato la hizo enmudecer, bajando la mirada hacia el agua cristalina.
Un sonido suave acarició sus oídos: una risa contenida, casi imperceptible. Al levantar la vista, confirmó que no era su imaginación: Efraín sonreía. Era una sonrisa sutil, apenas un movimiento en las comisuras de sus labios, pero sus ojos brillaban con una calidez inusual.
Su contemplación fue interrumpida por una bata de baño que cayó sobre su cabeza.
-Es mía, pero úsala por ahora -su voz resonó con una calidez que envolvió los sentidos de
Anaís.
Por supuesto que había notado su desnudez; después de todo, ella había nadado frente a él sin percatarse de su presencia.
Con las mejillas encendidas, Anaís se apresuró a cubrirse con la bata, asegurando el cinturón con un nudo firme.